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junio 22, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #5

Hoy visité proveedores. Cuando el negocio es chico, los proveedores no se molestan en acudir a uno. Lo mismo le pasaba a cierto profeta con una montaña, un cascote enorme que no le prestaba atención y se quedaba quietecita, por más órdenes que el profeta le diera. Los proveedores de libros se dividen básicamente en dos clases: distribuidores  (meros distribuidores, podría agregar) y editoriales. Ambos son lobos hambrientos. Con las editoriales, más si son pequeñas, es más fácil tratar. Aunque hoy me tocó una especialmente quisquillosa. Dentro de sus oficinas había gente muy nerviosa, corriendo de acá para allá, molestándose entre sí, con caras amargadas y sin pedir disculpas. La chica de la limpieza, ocupando tal vez el escalafón más bajo del edificio, sufrió la reprimenda de la chica de cobranzas -que debe de ocupar el inmediatamente superior-, porque justo se le había ocurrido limpiar donde ella debía ir a buscar el dinero para darme el vuelto. Hay gente así, que trabaja sin amor. Noto que a pocos de todos estos mercaderes les importan los libros. A nosotros, en cambio, nos ocurre que cada vez que vendemos un libro lo extrañamos. Por lo general, los proveedores sólo entienden de dinero. Cuentan las monedas, y no se olvidan de ningún centavo. Hay uno que llega a tales extremos que me hace reír. Es capaz de cambiarme un billete de cien pesos para cobrarse veinte centavos. Juro que no exagero. Casualmente, volviendo de mis tareas empresariales (sí, empresariales), en el colectivo fui leyendo El nuevo paraíso de los tontos, de Hernán Casciari. Y digo casualmente porque Casciari se quejó amargamente de la industria editorial, a la que abandonó, para bancarse él solito sus antojos de publicación. Es otra cosa, ya sé. Nosotros los libreros no sé qué haríamos sin estos lobos hambrientos.

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