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junio 23, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #6

Hoy fue la televisión. No la llamamos, simplemente apareció una chica por la puerta y preguntó si podía hacernos una nota. Tal vez nos venga bien, quién sabe. No hemos hecho otra publicidad que las tarjetas y los señaladores que repartimos o dejamos por ahí. Parece ser una buena estrategia, y barata. Por la tarde vino una nena con su madre porque había visto las tarjetas en una inmobiliaria, por ejemplo. Se llevaron un lindo libro, Ottoline y la gata amarilla, del ilustrador y escritor Chris Riddell. El libro ganó muchos premios, pero no le hicieron falta como argumento de venta. Es una de esas obras que se venden solas, atractivas, divertidas, con brillantes ilustraciones. “¿Tan rápido te decidiste?”, preguntó la madre, tal vez deseando que llevara algo más barato. Algunos niños saben, no hay nada que hacerle. Es, más o menos, lo que dije a la chica de la televisión: no son los niños los que han dejado de leer, como se dice por ahí, sino en todo caso los adultos. Los viejos, bah. No hay chico que pase frente a nuestra librería y no quiera entrar -pobre, rico o de clase media. El problema es que los padres los tironean para otro lado -sobre todo los de clase media. Vamos, vamos, se hace tarde… tenés que ver la televisión. Y los chicos se van llorando, a ver la televisión. Hay cierta desconfianza hacia el libro que los chicos desconocen. No hace falta, como dicen por ahí, que los libros muestren determinadas realidades para que los chicos (o los jóvenes) lean: pobreza, violencia, marginación, sexo, etc., como para “garantizar” la permanencia de los niños frente al libro. Ese es un argumento viejo, de viejos. El libro no tiene por qué competir con nada para ver qué cosa es capaz de mostrar más miseria, si el libro o por ejemplo la televisión o ya que estamos la vida diaria. Para que lean (niños y jóvenes), lo único que les hace falta es que alguien les acerque un libro, nada  más. Estoy más que seguro que la vida que imaginó Chris Riddell para su personaje no tiene nada, pero nada, que ver con la vida de la nena que se llevó Ottoline… Y sin embargo.

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