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junio 28, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #11

Venderle libros a gente que sabe es otra cosa. La señora docente llevó El dueño del sueño y Colección de mentiras ilustradas, poético el primero, ingenioso el segundo, hasta se podría decir cínico y algo peligroso… sobre todo para los grandes, porque avisa a los más pequeños sobre ciertas hipocresías a las que los someten los padres y otros seres de igual calaña. El dueño del sueño está, simplemente, dibujado en negro y azul, como la noche, claro, y al igual que la noche semeja ser lo que no es: precisamente algo simple. Ambos, muy distintos (uno desde la emoción y otro desde el humor), engalanan cualquier biblioteca y nutren al que los lee. Y digo que venderle libros a gente que sabe es otra cosa porque en lo que hace a literatura para niños son pocos los que se fijan en los detalles, en las menudencias, en pormenores tales como historias fantásticas bien contadas, dibujos asombrosos y esas cosas que suelen pasar desapercibidas para la gente insensible, como por ejemplo la inteligencia y la creatividad. Que el insensible sea un padre amarrete o una tía desaprensiva que quiera salir del paso con un librito baratón para quedar “bien” con el hijo/sobrino vaye y pase. Pero es una lástima que la gente insensible sea a veces la encargada de educar a los chicos. Ya vimos a varios en estos días. Se dicen maestros, visten, al menos, delantales, pero leen menos que un perro por el culo. Hoy, por suerte, entró al local una docente distinta. Es decir, entró al local una verdadera maestra.

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