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junio 30, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #13

Hay gente a la que no le vendés un libro ni que le pongas una pistola en la nuca. Menos mal que no estaba yo, si no se armaba. Alguna vez voy a salir con algo… Me cuenta mi mujer que hoy entró una con todo el aire de superada que podía aspirar desde cuadras atrás, y empezó a preguntar precios. No de libros, sino de rompecabezas, que también tenemos. (Algún día habría que hablar sobre el arte de armar rompecabezas… bueno, a lo que voy, antes de que se me pase la bronca:) Entonces esta mujer, que se dice docente (cuándo no), va y le dice a la patrona del local: Mirá, ando buscando un rompecabezas especial, viste, que tenga piezas rectas, pero no muchas, ay… no, ese no, porque es redondeado acá, viste… sí, no, a ver ese otro… ay, no, es recto pero tiene muchas piezas… y ese, no, es como muy simple, te parece… y ese, ah, no, ese no, si te fijás el diseño no es como para un nene… Y así. Después de que mi mujer le mostrara ciento veinte rompecabezas, la “docente” olvida de pronto los rompecabezas y le dice… ¿Y libros? ¿Qué libros tenés para un nene? Mil quinientos, señora, le hubiera dicho yo. Sírvase a su gusto. Y si no, pregunte en el quiosco de acá a la vuelta a ver si no quedó algún diario del domingo… que traía un librito gratis de Doki, con dinosaurios y todo. Pero yo no estaba. Ya tendré mi oportunidad de cruzarme, mal, con alguna. Y se fue sin comprar nada, por supuesto.

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