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julio 2, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #15

El otro día me faltó decir que vendimos nuestro primer Harry Potter (nos llevó algo más de una semana -aunque no vendimos nuestro primer Eclipse todavía, o nuestro primer Luna nueva), y tal vez no lo dije anoche mismo cuando llegamos a casa porque apenas lo hicimos (llegar a casa), pusimos el tele para ver el acto inaugural de la Copa América, y después el partido que le siguió, todo mientras pedíamos por teléfono una pizza de cebolla con panceta, que no llegó a tiempo -yo terminé comiendo una mezcla de lasagna y locro que había en la heladera (ambos restos por separado, que junté en un plato), mezcla calentada en el microondas y que comí con cuchara, mientras mi mujer, más perseverante, seguía esperando la pizza-, partido que no disfruté demasiado, no sólo porque no soporto a Batista ni cómo juega su equipo, tampoco soporto a Lavezzi o a Mascherano, sino porque estoy acostumbrado a mirar los partidos con música de fondo (The Clash, hubiera sido el caso de anoche) y el volumen del tele apagado, pero mi mujer insistió en dejarlo (para “enterarse” de lo que ocurría, según ella), así que me tuve que bancar al pelotudísimo de Marcelo Araujo (tal vez, de paso, uno de los peores relatores del mundo), y los comentarios no menos pelotudos de su compañero, por suerte, eso sí, la casa estaba calentita, no como nuestro negocio, sobre todo si uno se deja estar cerca de la puerta, que por más que permanezca cerrada deja pasar el frío, propiedad física del vidrio, me imagino, esto de dejar pasar el frío, y después del aburrídisimo partido en vez de ponerme a anotar cómo nos había ido, me acosté, un poco pesado, culpa de la mezcla de lasagana y locro, seguramente, que me cayó como una bomba -aunque mi mujer no la tuvo mejor con su pizza fría y toda aplastada, que llegó tardísimo-, por lo cual no pude conciliar del todo el sueño, me atacó un dolor de nuca bastante jodido -sonamos, el hígado-, y encima un perrito de mierda salido de quién sabe dónde se la pasó ladrando toda la puta noche, como si hubiera hecho falta algo más para que no pudiera dormir decentemente. Son las ocho de la mañana. Vamos a ver cómo nos va hoy.

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