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julio 5, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #17

Yo sabía. Desde lo más hondo de mi corazón de malpensado lo supe: esa gente mentía. Nadie que entre a un negocio con un caniche en brazos puede decir la verdad. Las botas de María Eugenia tendrán que esperar. El Jim Beam, no: gané la apuesta. Lo único que me da pena es que la nena se quedó sin su libro. ¿Cómo crecerá? ¿Qué será de ella? No por el libro que perdió -un poquito eso también-, sino por los padres que le tocaron en suerte: mentirosos y andando por ahí con un caniche en brazos. Espero que se convierta en otra cosa.

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