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julio 8, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #18

No siempre hay cosas que contar si uno trabaja en una librería. Esto a lo mejor ya lo he dicho. O lo dije a propósito de la cuestión de escribir en general. Pero ni siquiera es cierto. La verdad que no escribí el  martes porque no tenía ganas y anoche porque tampoco -lo vi a Messi jugar y me deprimí muchísimo. (Pero es que jugar para Batista debe deprimir a cualquiera: se parece a uno de esos luchadores de catch que adoptan “personalidades” para asustar a los niños y convertirse en el malo de la contienda: Batista, con su pelo larguito peinado hacia atrás, su traje oscuro y su postura adusta vendría a ser “El Sepulturero” o algo por el estilo.) A lo que voy: si uno tiene cosas para decir, igual le da trabajar en una librería que en una cabina de peaje. La vida de uno puede ser una mísera pérdida de tiempo -trabajar en una cabina de peaje, ver un partido de la Selección, etc.-, y ahí está después componiendo grandes narraciones, cuentos o una autobiografía inventada. Pero en los diarios personales no se inventa. Acá se escribe para dejar testimonio de la verdad. Por más cruda que sea. Sé que últimamente he dejado notas acerca de lo infelices que son los niños con padres miserables. Pero es que nada me ha molestado más en estos últimos días. Antes de la librería también lo veía ocurrir, claro, pero no lo notaba. Las palabras ver y notar suenan diferentes, y lo son. Ahora noto a niños que quieren leer y padres que les dicen “cuando cobre”, o “en tu cumpleaños”, o alguna boludez de esas. ¿No escuchan? ¡El niño quiere leer! ¡No está pidiendo un bisturí para abrir la muñeca o el hermanito en dos! Y ojo que estamos hablando de 20, 25, 15 u ocho pesos. Sí, ocho. Nada más. Hoy fue una niña a la librería pidiendo “libritos” de princesas. Le mostré uno bien barato, y sin embargo muy lindo, para leer un largo rato. Y la madre, nada: “Es que gasté doscientos pesos en el dentista recién querida”. No es la primera vez que las vemos, sino la segunda. Ya la nena había entrado antes, hace un par de días, acompañada de la misma rata de su madre, deseando algún “librito” que la rata no le compró. Son de clase media, ojo. Apuesto que la nena va a un colegio privado. Vamos a terminar regalándole alguno, estoy seguro.

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