Skip to content
julio 12, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #21

Tengo a las chicas acá a unos metros gritando los goles de Argentina. Yo estoy escuchando Blood on the Tracks, uno de los mejores de Dylan, y mandando mails a editoriales y distribuidores, pidiendo esto o aquello, o rogando por favor que no lo manden más. Hoy comencé a leer lo que parece un gran libro: El niño que se cayó en un agujero. Es de un tal Jordi Sierra i Fabra, y lo ilustra otro desconocido para mí: Riki Blanco, en absolutos negros, blancos y azules. Es un libro sobre la indiferencia. Cínico, gracioso, y por el momento desesperanzado, pero apenas llevo unas páginas. Como le sucede al tipo de 127 Hours, de pronto el pibe del cuento (es una novela, en realidad) queda atrapado en una “depresión” del terreno, por así decir, y va desesperándose poco a poco al ver que se le hará imposible salir de allí sin ayuda… En el caso del pibe, el problema le ocurre en medio de la vereda, mientras pasea, solo, preguntándose si ir a la casa de su padre o de su madre (están separados): se cae en un agujero que no había visto y ahí se queda, con el torso (y los brazos) afuera, clamando por auxilio, cosa que no recibe, por más que pasan a su lado varias personas, de toda edad y condición. Lo ven como a un objeto raro, o molesto, o algo, en todo caso, de lo que sacar provecho, pero todos terminan siguiendo de largo… Por lo general, no me gustan los libros con “enseñanzas”, de esos que te quieren dejar algo. Pero bueno, esto es literatura infantil. Supongo que si la maestra lo cuenta a los chicos del aula, todos tendrán algo para decir, o lo imaginarán al menos: lo que le sucede al chico del agujero es lo que le sucede a los chicos que tienen hambre en la esquinas de las grandes ciudades: no lo vemos. Artistas varios han hecho reflexionar a la gente con imágenes como esta, la de los niños en un agujero. Ahora mismo recuerdo a Liniers, por ejemplo, que lo intentó en una de las tiras de su Macanudo: las personas que viven en la calle se convertían para los paseantes en formas extrañas, como las esculturas que hay en los museos de arte moderno. La gente se sorprende la primera vez, e intenta explicarse qué hacen allí, les busca la vuelta… pero luego deja de mirarlos, abandonando toda explicación y de ahí cualquier solución.  El niño que se cayó en un agujero intenta, tal vez, alguna enseñanza, pero lo hace desde la acidez, el humor áspero, sin vergüenza, utilizando incluso estereotipos, como los de la pareja de gordos yanquis que ante la sorpresa de encontrarse a un niño en un agujero le piden que sonría para la cámara y luego siguen de largo, sin ayudarlo, buscando la plaza de la ciudad… Lo dejé en el punto en que se le acerca un perro y está por levantar la pata para hacerle pis encima… En ese momento decidimos cerrar, así que dejé el libro, apagamos las luces y bajamos las cortinas. Se acercaba la hora del partido y todavía no habíamos comprado nada para comer.

A %d blogueros les gusta esto: