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julio 13, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #22

¡Vendimos nuestro primer Eclipse! ¿O fue Crepúsculo? Whatever, son unos vampiros (lindos) que persiguen o se enamoran de chicas (lindas) para o bien morfarles el cuello o convencerlas de que se queden con ellos por el resto de la eternidad. Ahora están de moda, tenemos un montón de esos libros, la tapa es invariablemente negra e invariablemente hay algo rojo en ellas, que sin serlo a veces remite siempre (por supuesto) a la sangre: una flor abierta, una manzana, una capa al vuelo, unos labios pintados de más. La chica que vino a comprarlo es fanática, así se definió, fanática, se vio tooodas las películas y ahora quiere leer tooodos los libros. Después se fue y entró el novio. Lo terminó pagando él y no estaba muy convencido del regalo. Bueno, es un libro caro. Se quejó (en joda) de que el último fin de semana le había hecho gastar en unos borcegos. El amor es pura materia. Apenas se fue, con la bolsita del local, más un moño, más el libro dentro, más algo de perfume -que sugirió una amiga de mi hija-, llamó alguien para pedir El amor inteligente. Tal vez no tenga nada que ver. O sí. Pero es fácil encontrar cierta coincidencia entre el pedido de semejante libro (para lograr lo imposible: entender el amor), y este muchacho que compra cosas para seguir siendo querido. Yo elijo la estrategia del muchacho. Si hay algo que siempre me reventó son esas viejas que dicen “lo quiere por la plata”, o algo por el estilo. ¿Y? Cada cual con sus cualidades. Algunos son buenos, otros son lindos, otros son divertidos y otros tienen un auto importado. “Comprame cosas y soy tuya”, por ejemplo, vendría a equivaler a “sé siempre bueno y soy tuya”, o “divertime siempre y soy tuya”, o “no envejezcas nunca y soy tuya” -de esto saben bastante los vampiros, ya que estamos. Uno se enamora de cualidades, y después de todo exige cosas que deben mantenerse en el tiempo, sean la bondad, el dinero, la simpatía o la belleza. Cuando todo eso se va al demonio, viene el acostumbramiento, que ya no es amor, sino en todo caso espanto a la soledad. ¿Qué es “quererte por lo que sos”? Si sos feo, malo, aburrido y un rata que no le compra un par de borcegos o un libro de moda a tu mujer, ¿qué carajo sos? Nunca entendí la supuesta “influencia superficial” a la que sucumben nuestros sentimientos. ¿Qué hay de “artificial” en el “tener”? ¿Está realmente escindido del “ser”? ¿Tener más bondad no es a la larga ser más bueno? ¿Y qué ocurre con la belleza? ¿O con la inteligencia? No sé, pero para mí que Erich Fromm estaba errado. Y desde ya Enrique Rojas, por supuesto.

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