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julio 19, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #25

Ya antes llevé un diario. Digo, mucho antes. Antes cuando era estudiante, soltero, y no era librero. Mi diario se componía de los gastos del día. Así es. Ponía: “una coca”, y al lado lo que me había salido. Ponía: “el diario”, y al lado lo que me había salido. Ponía: “taxi hasta la terminal”, y así… No sumaba las cantidades al final del día. Tampoco al final de la semana, o al final del mes. Simplemente se trataba de un racconto de gastos, lo que es también un racconto de experiencias. Mirando en qué se me había ido el dinero, me acordaba de lo que había hecho, y más o menos cómo lo había hecho. Así nació una novela. Puse, ese día: “vuelto mal dado”, y lo que me había costado. La novela trata sobre un tipo al que le dan mal el vuelto, después de comprar en un kiosco una coca, y se queda pensando en eso aún cuando al llegar a su casa le dan una noticia terrible. La novela comenzó a escribirse mucho después del episodio en el kiosco. Hace mucho que no la releo, o que no la reescribo, que para el caso es lo mismo. Releer algo que no ha sido publicado es escribirlo otra vez: El asesinato del profesor Carlos F… no ocupó la tapa de los diarios. Relegaron la noticia al final, en la parte de policiales: una columna que no se hizo notar demasiado, con una foto del sitio donde lo encontraron, y las puertas de una ambulancia abiertas, un poco de gente alrededor, policías, hombres de traje. En la radio dieron la noticia un par de veces ese día y después la olvidaron. En la televisión no salió nada. Lo que sí, el nombre de Carlos F… fue recordado con cariño por la directora del instituto. Al reanudarse las clases, nos pidió que hiciéramos un minuto de silencio. Yo mismo tuve que llamar la atención a algunos alumnos, porque hablaban o se reían mientras transcurría el homenaje, demasiado breve, poca cosa, dijeron los colegas, dada la altura intelectual del profesor F… Tan buen hombre, además, dijeron. El crimen ocurrió en diciembre, unos días antes de Navidad, así que no afectó el normal desarrollo de las clases. A él le hubiera preocupado interrumpirlas por eso, nada más que una nimiedad: su propia muerte… Charlando con un amigo por mail acerca de los vaivenes de la escritura, en qué cosas se puede ir transformando a lo largo de los años, me acordé de lo que hacía antes: escribir novelas; y de lo que intenté ya una vez: escribir un diario. Pero ahora soy librero. ¿Escriben novelas los libreros? No sé, no puedo recordar a ninguno que yo haya leído. Sí las escriben los carteros, los borrachos, los apostadores, y los hombres feos. A veces las escriben los poetas. También sé que diarios y novelas, a veces, terminan mezclándose. O que una novela, a fin de cuentas, es eso: un racconto de experiencias que algunos llaman diario. Debería anotar, pues, dejar constancia, digo, que si de estas entradas periódicas sale una novela será un acontecimiento absolutamente involuntario.

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