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julio 26, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #29

Señora que entra con cara de estar oliendo caca (sí, caca):
-Ay, vengo a devolver este librito porque me parece que a mi nieto no le va a gustar.
Hacía cuatro (¡4!) días que se lo había llevado.
-Señora, los libros no tienen devolución…
-Ay, pero si la chica me dijo que podía…
“La chica”, por supuesto, es mi mujer. Y no le había dicho nada.
Pero “la chica” terminó acercándose y, benévola, indulgente, todo sonrisas, me convenció de que le cambiara el “librito” a la señora.
Yo echaba chispas.
Le clavé la vista a la señora, mientras elegía un nuevo “librito”. Pero como no se daba cuenta, como no se daba vuelta, como no parecía dolerle la nuca o alguna parte de la cabeza, como las orejas no se le ponían coloradas, salí del mostrador y fui hasta ella (ay dios, si tuviera poderes…).
-¿Sabe? Yo tengo unos doscientos libros en mi biblioteca que no me gustan… Y nunca se me ocurrió ir a cambiar alguno de ellos.
-Ay, pero ella me dijo…
-¿En serio? ¿No habrá entendido usted mal?
-No quiero causar problemas…
-…
En este punto, miré a mi mujer (“la chica”).
Y por supuesto, la señora iba a causar problemas.
Y por supuesto se fue con el “librito” nuevo.
Diez pesos de diferencia en la caja (a favor) no alcanzan para soportar “clientes” semejantes. Nada alcanza, en realidad (¡ay dios, si tuviera poderes!).
Desde hoy, en la librería habrá un cartel: LOS LIBROS NO TIENEN DEVOLUCION. NO SEA ESTUPIDO.

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