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julio 27, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #30

Día espléndido. No por las ventas, magras, sino por los libros que llegaron. Así es, no hay como recibir libros buenos. El negocio tendría que ser ese: recibir libros. No venderlos. ¿Para qué? ¿Vale la pena un poco de plata si a uno le llevan libros que le gustan? Mañana, me avisan, va ir alguien a llevarse El arte, de Juanjo Sáez. La pucha. ¡Ese libro es mío, mío! Pero bueno, hablemos de lo que todavía tenemos. El niño con bigote, por ejemplo, que llegó hoy. Un libro fantástico. Un niño se despierta una mañana con bigotes en la cara. Así, de buenas a primeras. (La idea de Kafka sigue produciendo nuevas ideas.) Al principio está feliz: ¡va a poder ir a ver películas de adultos! La escena en la que el niño se figura en el cine, comiendo pochoclos y viendo películas para mayores, es increíble: los personajes que hay allí, compañeros de butaca, son tremendos. (Por ejemplo, la pareja a los besos -una pinta de zalameros insoportables. Por ejemplo, el tipo de barba apenas crecida en la perilla y remera de Star Wars: un nerd clásico, uno de esos gigantones que no crecen nunca.) Y lo que viene después es mucho mejor. El niño se figura en la calle, donde todos los adultos tienen bigotes:  ¡las mujeres también! -lo cual, je, suele ser cierto. Allí la cosa ya no le gusta tanto: sabe que con la adultez vienen las responsabilidades. No quiere ser uno de esos seres grises cargados de papeles todo el día, con portafolios y cara larga. O simplemente un ser de cara larga. Es un libro sobre el crecimiento, sí, pero también sobre las ganas de aferrarse con todo a los sueños, a la vida… esa cosa que a veces, tristemente, se queda atrás. Dan ganas de afeitarse.

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