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julio 28, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #31

Entraron dos novios. Quiero decir, uno era el novio del otro y el otro también era el novio. A mucha gente le revientan los gays, pero a mí me da igual. (Ya sé en qué año estamos y todo eso, pero la gente sigue siendo muy reacia a ciertas cosas. Un escritor que se la da de progre se abstuvo de ponerle “Bruno” al hijo cuando le comenté que ese era el nombre de una película muy buena que había visto hacía poco, sobre un gay que… en fin.) El primero era gordo, y tenía la cara lisa, brillante como la tapa de una revista; buscaba un libro para su sobrino. El otro, que entró después, olía a cigarrillo, pero no como si se hubiera fumado uno, sino como si se hubiera bañado en tabaco. Era un perfume que lo acompañaba, y que quedó después de que se fueron. El del libro para el sobrino, quería uno de terror, porque el género le encanta… creo que usó esa palabra, pero ya no estoy tan seguro. Le mostramos varios, baratos, para chicos más grandes que su sobrino, que tiene 8. Ay, dijo, no importa, me lee los libros a mí, así que imaginate. Hay unos especialmente recomendables, le dijimos: Planeta miedo y Los devoradores, de Ana María Shua. El gordo asintió, pero no los conocía. El otro, el flaco del olor a pucho, preguntó, como si hiciera falta preguntar por un libro, ya que estaba, quiero decir (ya que estaba al pedo, me refiero), si teníamos Los cuentos de Canterbury… Por supuesto que no. ¿Quién carajo podría tener semejante título? Lo dijo como quien dice que ha leído el poema “Instantes”… de Borges. Dejaron los libros de Shua donde estaban, y se despidieron con la promesa de volver para el cumpleaños del nene… Es una excusa recurrente: volvemos para el cumpleaños del nene. ¿Y por qué no vienen directamente para el puto cumpleaños del nene en vez de hacernos perder tiempo ahora? ¿O por qué no le llevan el regalo ahora y se lo dan para el puto cumpleaños? Bueno, a veces la vida es difícil. Por lo menos se fueron rápido. Peor la señora que estuvo por la mañana. ¿Puedo entrar a ver? Sí, puede. No creo que haya muchos negocios donde la gente pida permiso para entrar. Sin embargo, parece que el nuestro causa, desde afuera, cierta impresión. Acompañé a la señora, entonces, en su recorrido. No buscaba libros, sino una pizarra imantada que sirviera también para dibujar. Y se puso a contarme sobre la fantástica pizarra que se había traído de no sé dónde y que le había costado un dineral, y que le servía como ayuda memoria en su cocina: le pegaba cosas imantadas que sostenían papelitos… y así. Su vida, me dijo, dependía mucho de esa pizarra (parecía estar hablando de un hijo). Le estuve por preguntar si una heladera no le hubiera servido a tal efecto, pero me contuve. Mi mujer dice que hay que tratar bien a la gente, que hay que ser paciente, que el que entra al pedo hoy puede gastar mañana. Tal vez. Pero es una filosofía que se lleva muy mal con mi forma de ser. Aunque tengo que reconocer que puede tener razón (a veces). Por ejemplo, alguien que vino  ayer y que al final se llevó algo y que ya había estado molestando dos veces (largas las dos). Una chica que aún no sabemos si es brasileña, venezolana o colombiana… ¡no lo quiere decir! Está escribiendo un libro para niños, que según ella será un bum… Por supuesto, no quiere decir de qué se trata, ni cómo se llama, ni cómo lo va a editar, ni dónde. La primera vez que entró estuvo una hora viéndolo todo y preguntando por todo y riéndose de cualquier cosa. La segunda no sé, porque gracias al cielo yo no estaba, y tuvo que soportarla mi mujer. Y ayer, entró por fin a comprar algo… para un nene, dijo, de un año, que vive en… ¡no lo dijo, no lo quiso decir! Estuvo a punto, se ve que viajaba a verlo, pero no lo dijo. No hay nada más extraño que la gente.

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