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julio 31, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #32

¿Cómo hace uno para vender un libro en el que no cree -un libro, quiero decir, que no recomendaría nunca– ante la pregunta del cliente “¿Es bueno?”? Es una cuestión ética. Sirve para ver hasta dónde se llega. Yo llego hasta por ahí nomás -quiero decir, si hay que vender algo, lo vendo, mi valentía tiene un límite, pero al menos no me permito hacer cualquier cosa… Viene un cliente y quiere un libro para su mujer, “que la distraiga”. Carecer de mayores pretensiones no habilita al librero a venderle al pobre tipo cualquier verdura. Entonces le muestro al señor las posibilidades que tiene su mujer de entretenerse… No tenemos mucho en la librería del género que, supongo, quería comprar el tipo, que es el del best seller. Igual, le muestro un par de novelas buenas, de velocidad media, digamos, y le muestro, además, las tres o cuatro romanticonas-histórico-reconstructivas… que tan buenas mieses han proporcionado al campo de las alicaídas editoriales en los últimos años, todas ellas, al menos las que nosotros poseemos, escritas por mujeres que de la noche a la mañana se han hecho famosas.  A lo que escriben se le suele llamar “literatura femenina”, lo cual, apuesto, a las feministas les debe de revolver el estómago. Los ingredientes de cada novela son parecidos: intriga, escenario histórico, espionaje -si cabe-, traición -si amerita-, erotismo soft -si calienta-, y un final feliz. Y la mezcla de los ingredientes, también es similar: estas chicas baten igual –batir: o sea, “revolver” alguna cosa para que se disuelva y quede bien integrada… en este caso, la falta de talento literario. Muchas de estas autoras han salido de Córdoba, lo cual probablemente no tenga que ver con nada. Y hablando de Córdoba, la novela que le vendí al señor sucede en La Falda, más precisamente en el marco del hotel Edén -década del 40-, donde una judía próspera -a dicho hotel no iba cualquiera- conoce a un miembro del partido nazi… ¿Nacerá el amor a pesar de las diferencias? Uyyy… ¡Qué emoción! ¡Qué suspenso! Pero yo al tipo le avisé: Mirá, estas novelas son facilonas, rápidas, ligeras, para pasar el rato están bien… Y entonces me corta y señalando uno pregunta: “¿Y este es bueno?” Y…., le digo yo, tratando de alargar los puntos suspensivos lo más posible, sin saber qué decirle… “Bueno, dámelo igual”, interviene él. Le preparo la bolsita, el moño y se va muy contento con su regalo. Si me cabe alguna culpa, pido perdón.

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