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agosto 9, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #33

¡Hemos sufrido nuestro primer robo! ¡Vamos todavía! Nos preguntábamos cuándo iba a pasar. Desde siempre he leído anécdotas  sobre lectores compulsivos que se han llevado libros sin pagar, que visitan librerías sólo para ver qué pueden sacar a escondidas. Es casi un tópico de la literatura eso de robar libros. Incluso creo haberme topado más de una vez con “informes” más o menos en joda sobre los libros qué más se roban, o, esto sí en serio,  con encuestas a  escritores sobre qué libros se robaron en su juventud. A Bolaño una vez le preguntaron no ya qué libros se había robado, sino si se había alguna vez robado uno que no le hubiese gustado… como asumiendo que en su juventud, antes de los premios, quiero decir, se la pasaba robando libros. La respuesta del chileno, la elaboro porque no me la acuerdo exacta, era algo como… “lo bueno de robar libros es que antes de hacerlo se puede saber si vale la pena o no el esfuerzo”. No es de las más ingeniosas de sus respuestas, pero es lo mismo, viene al caso. Yo nunca me he robado un libro. Sí he robado golosinas y sobres de figuritas, pero nunca libros. Convengamos que, literariamente hablando, es mucho mejor un “ladrón de libros” que un “ladrón de golosinas”, o de figuritas, que está un poco mejor, pero es que honestamente nunca me he animado. Los libreros se te quedan mirando fijamente mientras paseás por sus negocios, haciéndose un poco los pavos, acomodando algo que no necesita acomodarse, por caso, sólo para estar cerca de vos. Y ahora, encima, están esas máquinas espantosas, como portales que dividen mundos, que separan exterior -la calle- e interior -el local-, avisándote de lo que va a pasar si osás llevarte algo sin pagar: la vergüenza del pitido infernal. Nosotros, me parece, somos un poco más descuidados. No vamos a poner una de esas máquinas -no tenemos lugar para hacerlo, tampoco, si las ponemos no cabe nadie por la puerta-, y ni siquiera miramos así de fijo al que entra a “chusmear” un rato, para ver qué vendemos. Lo gracioso del asunto es que quien perpetuó el robo tiene unos… ¡dos años! Sí, dos añitos. Fue por la mañana, ayer: una nena había estado revolviéndolo todo, acompañada por su madre. Al final se llevaron unos crayones con formitas. Y por la tarde, entra la madre de la criatura a decirle a mi mujer (yo no estaba al momento del atraco): “Ay mami -sí, “mami”-, mi nena se te llevó un librito hoy”. Yo barría el frente del local (a mí la madre de la nena en cuestión no me registra). Y mi mujer se le queda mirando: “¿Eh?”. “Sí, vos sabés que para ella todo es suyo, viste, así que agarró uno de los libritos de ahí, de un elefantito, se lo puso en la bolsa y se lo llevó”. “Bueno…”, contesta mi mujer. “Pero mañana te lo traigo, ¿sí mami?”. “Bueno…”, siguió diciendo mi mujer, sorprendida. Y yo me quedé ahí, sonriendo, escoba en mano, un poco en pelotas, como quien dice. Todavía no volvieron… ni la nena, ni la madre, ni el libro del elefantito… Colección Pancitas, editorial Sigmar, creo que veinte o veinticinco pesos al público.

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