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agosto 14, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #34

El día que vendimos dos (2) Salingers. Tiene que ser bueno, muy. Al principio la tarde venía lenta. Nadie en las calles, a pesar de un festival de danza que se está desarrollando a la vuelta del local. Chicas de todos lados, peinadas hacia atrás y muy maquilladas, acompañadas de sus madres yendo y viniendo, todo el tiempo, pero sin comprar nada. Vienen de sus ciudades/pueblos con lo justo, se nota, lo suficiente para pasar los tres o cuatro días que dura el festival. Se compran un agua o un sánguche en el súper y vuelven al teatro, a esperar su turno. Pero después la tarde fue mejorando. En principio, porque el despensero de al lado nos alcanzó, de pura onda, un platito con salame fileteado y un poco de pan. Buen tipo, nunca nos compró nada, ni creo que lo haga, pero nos cae simpático. Y ahora más que antes. El salame estaba un poco seco, lo iba a tirar capaz, pero igual vino bien. Después empezó a entrar gente. Se acerca el día del niño y algunos ya empiezan a comprar regalos. Así que, prevenidos, compran de a dos o de a tres. Así fue con la mayoría de los que entraron hoy, se llevaban más de una cosa, regalos para guardar hasta el gran día. Una mujer iba a llevarse La naranja mecánica, para el hijo, un adolescente, a ver si lo engancha de una vez por todas con la lectura. Yo le recomendé El guardián entre el centeno, no por ser más caro, que lo es, sino porque es un buen libro para que alguien comience a leer y ya no abandone nunca pero nunca los libros. Con La naranja mecánica no sé qué puede llegar a pasar. Lo dejaría para más adelante. El guardián entre el centeno es un libro que leo, religiosamente, al menos una vez al año, todos los años. Lo mismo le dije a la mujer que se lo llevó, y eso pareció convencerla. Por la mañana había estado otra que se llevó Nueve cuentos, ese donde está el clásico de clásicos “Un día perfecto para el pez banana”. No recuerdo muy bien qué le dije a ella, pero en todo caso fue de corazón. Ah, sí, ya sé, hablamos sobre esta ocurrencia que tuvo Salinger de dejar de escribir, o de publicar, de encerrarse en una casita perdida en algún rincón del profundo sur o profundo oeste (lo mismo da) de Estados Unidos y hacerse el que se olvidó del mundo. Como quien dice Ya está, total ya está. Y sí. Si uno escribe algo tan bueno como los dos o tres libros que se le ocurrió publicar, bueno… ¿para qué más? Ninguna de las mujeres que se llevaron a Salinger había oído hablar de él antes, cosa que me extrañó, en parte, y que me alegró después, pues sentí que acababa de convertir a un par de infieles. Hubiera disfrutado más del momento de no ser por una muela, que me está matando. El miércoles -luego de dos días de dolor intenso- fui al dentista, después de unos tres (3) años de no. Dijo que estaba todo bien, que ese dolor que sentía se debía -dijo- a una “pulpitis”. Qué palabra más fea, pulpitis. Esto se produce, dijo, por un accionar involuntario e imperceptible de la mandíbula. Lo cual sucede, siguió diciendo, cuando uno está sometido a cierto nivel de estrés, o nerviosismo… Está siendo muy común, continuó, en el consultorio: hay muchos casos donde los dientes del paciente no padecen filtraciones ni caries de ninguna clase, pero sin embargo provocan dolor. Así que, sin tocarme la muela, me recomendó Actron. Desde el miércoles vengo dándole y dándole al Actron. (Por la noche me pongo hielo, duermo, de hecho, sosteniendo una bolsa de hielo contra la mejilla.) Creo que me hice medio adicto ya. Tomo uno cada seis horas, a veces intercalado con otro calmante, Dioxaflex -no sé cómo se escribe-, o el otro, que empieza con “p” y ahora no me acuerdo. Como –mastico– de un solo lado, lo que me provoca indigestión -la comida se traga en pedazos más grandes- y, lo peor de todo, no disfruto de la comida. Ya lo decía mi padre, y yo nunca le creí: “Lo más importante de una persona son los dientes. Sin buenos dientes, no hay salud”. Siempre creí que exageraba, y ahora sé que no. No heredé, al parecer, los dientes de mi abuelo paterno, que murió a los noventa con todos -sí, todos– sus dientes. Hasta no hace mucho, cada vez que un viejo me reconocía en el pueblo, me mentaba la anécdota de aquella vez en que mi abuelo, en medio de un asado, en sus años mozos, seguramente pasado de vino, como acostumbraba, apostó a los concurrentes que era capaz de romper un cuello de damajuana con los dientes. Esa noche, según comentaban los viejos con los que me cruzaba, mi abuelo volvió a su casa con varios billetes en el bolsillo.

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