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agosto 15, 2011 / Roberto Giaccaglia

El Tercer Reich

Una lectura de las últimas elecciones

El otro día estaba leyendo 2666, de Bolaño, y me detuve en la descripción de una de las prostitutas que consigue enamorar a Pelletier, uno de los personajes: “Vanessa estaba perfectamente preparada, tanto anímica como físicamente, para vivir en la Edad Media. Para ella el concepto de «vida moderna» no tenía sentido. Confiaba mucho más en lo que veía que en los medios de comunicación. Era desconfiada y valiente, aunque su valor, contradictoriamente, la hacía confiar, por ejemplo, en un camarero, un revisor de tren, una colega en apuros, los cuales casi siempre traicionaban o defraudaban la confianza depositada en ellos. Estas traiciones la ponían fuera de sí y podían llevarla a situaciones de violencia impensables. También era rencorosa y se jactaba de decir las cosas a la cara, sin tapujos. Se consideraba a sí misma una mujer libre y tenía respuesta para todo. Lo que no entendía, no le interesaba. No pensaba en el futuro, ni siquiera en el futuro de su hijo, sino en el presente, un presente perpetuo….”. Impecable definición de la Argentina, recuerdo haber pensado. Y es algo que ahora mismo, ante el resultado de las elecciones primarias, vuelve a ponerse en evidencia: la Argentina es así, es Vanessa. Que los perdedores de la votación no se hayan enterado todavía es otra cuestión. En realidad, no se enteran porque no quieren. A la Argentina no le importa el Indec, Moreno, Schoklender, la conducción de la AFA, la muerte de Mariano Ferreyra, la mafia de los medicamentos… como en otra época no le importó el indulto, el deterioro de la industria nacional, el desmantelamiento de las líneas férreas o la corrupción galopante. A la Argentina lo que le importa es el presente puro, al cual si pudiera lo eternizaría, en parte para no ponerse a sí misma en la tesitura de tener que elegir de nuevo. Es un país sin dudas, la Argentina, un país sin ganas de considerar alternativas al menos hasta que el presente se le arruine por completo, de allí sus deseos de continuidad, de perpetuidad inclusive, palabra esta que no le molesta en absoluto, sino más bien que la reconforta. De allí también su ninguneo a la ética, a la moral, incluso a la justicia, elementos que han probado ser muy poco efectivos en la vida diaria, por lo menos si es una vida regida por el pragmatismo, el ánimo de sacar ventaja, el resultado pronto, la apuesta segura, el amiguismo. Lo que hoy demanda el “presente puro” es soportar la inflación -no ya anularla, fantasía en la que ni se piensa un segundo-, como en otra época lo fue sostener la convertibilidad. ¿Y quién de los candidatos que perdieron por paliza el domingo se ocupó en mostrar maneras efectivas de, por lo menos, “soportar la inflación”? Ninguno. Hablaban de otra cosa. Hablaban de ética, de conducta, de buenos modales, etc. ¿Cuándo a la Argentina le interesó eso? “Nos han robado la posibilidad de ser buenas personas”, decía una campaña. No estoy tan seguro. Más bien pareciera que se han aprovechado de que no somos buenas personas, que es distinto. Pero robar, no sé si nos han robado algo. ¿Nos pueden robar algo que nunca tuvimos? No nos interesa “la posibilidad” de ser buenos porque nos traería demasiados problemas, es decir trabajo. Vuelvo a decirlo: ¿quién pensaba en el creciente número de despidos a lo largo y a lo ancho del país cuando le votaba a Menem? Nadie. Se votaba por un modelo que utilizaba a los trabajadores como moneda de cambio, o como válvula de escape, lo mismo da. Se podrá esgrimir que la enorme mayoría de los votantes desconocía lo que ese modelo escondía… pero todos intuimos que de haberlo sabido igualmente se habría votado por el turco desmantelador. Primaba entonces cierto orden aparente, y eso bastaba para seguir eligiendo lo mismo, hasta el momento en que la fachada se vino abajo. Tal como ahora, donde todo es, así mismo, aparente, y por el momento también suficiente, más que suficiente.

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