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agosto 19, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #36

La tarde vino y se fue lentamente. Agarré Los culpables, de Juan Villoro, recién llegado. Se parece a Rodrigo Fresán: a ambos les gusta México, los aviones, hablar de México y de los aviones, y mechar como quien no quiere la cosa comentarios ingeniosos sobre asuntos sin importancia. Etc. En todo caso, creen que México y los aeropuertos son lugares metafísicos, muy aptos para esa literatura que no lee cualquiera, sino, por lo menos, los coleccionistas de Anagrama y de Página 12. Tienen esa clase de humor que estiman puede pasar por inteligencia: “Los narcos son tan poderosos que pueden actuar como narcos. Ninguno de ellos parece maestro de geografía”. Apenas mejor que Fresán, el peor humorista de la lengua castellana actual. Villoro también podría parecerse a Loriga: “Me vio de una manera que no puedo olvidar, como si fuéramos a cruzar un río”, por caso, o: “… en las entrevistas hablaba como si esa mañana hubiera desayunado con Dios”. Me encantan esas comparaciones inesperadas, y sin embargo tan precisas. Loriga las usa mucho, hasta abusar. Su libro Tokio ya no nos quiere sería mucho mejor si no se la pasara tratando de demostrar cuán inteligente es. Al tipo se le ocurren dos chistes -o analogías- por renglón. Villoro es un poco más medido (“Soy el único mariachi que nunca se ha subido a un caballo. No me gustan los transportes que cagan”), pero igual escribe con el empeño de esos tipos que en el café concert hacen de todo para sacarte una sonrisa. El primer cuento del libro, “Mariachi”, me gustó mucho -de pronto, la tarde pareció correr o por lo menos andar a paso firme. El segundo, sobre aeropuertos, es absolutamente intrascendente. Y las frases del final, para colmo, parecen robadas a Fresán: “Tocamos pista, siento el cuerpo entumecido, consciente de pasar a otra lógica. Lo que sucede en Tierra. La geometría del cielo”. Ahora creo que son de Fresán. No sé cómo han terminado en un libro de Villoro. Quizás se presten frases uno con otro, y compongan cuentos y aun novelas por mail, a cuatro manos. A veces se les une Loriga, y hace un chiste. Antes seguramente se les unía Bolaño… A propósito, ¡qué poco me gustó encontrarme a Fresán en las páginas de 2666! Un guiño de Bolaño, no sé a quién, si a su amigo Rodrigo -una especie de saludo- o a los lectores de ambos, coleccionistas de Anagrama y de Página 12 algunos de ellos, supongo. Un guiño, en todo caso, absolutamente innecesario, metido a los empujones, poco digno de una novela como 2666, pero con algo hay que llenar tantas páginas. Vuelvo a Villoro: ya estoy en casa, la tarde terminó hace rato, y ahora voy por la mitad del tercer cuento: ya me está pareciendo el peor de los tres. Es de un futbolista que todavía no sé si está muerto o no. Si llega a ser un fantasma, y lo cuenta todo desde el cielo, o desde alguna especie de limbo, sonamos.

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