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agosto 22, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #37

No pusimos ninguna clase de cartel o anuncio, no avisamos ni notificamos ni salimos a pregonar, no decoramos especialmente nuestra vidriera o agregamos alguna cosa que lo dijera a los cuatro vientos, no lo anticipamos, no avisamos sobre su eventual arribo, no elaboramos pancartas, ni pasquines, o pusimos fuera del local algún letrero, ni prometimos descuentos ni llegamos a creer, por un momento, que hubiera algo para hacer: hoy fue el día del niño y nosotros, los días previos, como si tal cosa. Distinto fue en el resto de la ciudad: los negocios invitaban a comprar, se llenó de globos, de palabras escritas con letras gigantes, se instalaron peloteros, se inflaron muñecos, se ofrecían ventajas del diez, del quince, del veinte por ciento por pago en efectivo. Nosotros no. Nos contentamos con mantener nuestro negocio limpio, y lleno de cosas que nos gustan. A veces es suficiente. Eso y cierto afecto. No por los clientes, sino, precisamente, por las cosas que nos gustan, aquello que vendemos. Nos detenemos mucho, pero mucho, en asuntos a los que no todos les dan importancia. Cuando tenemos que hablar de un libro, por caso, o de un autor, o de un juego de ingenio, no mencionamos el precio y nada más. Pero, repito, no es un servicio al cliente, es un servicio a “la cosa” que vendemos: para que sea aprovechada como se merece. A veces, cuando una abuela tacaña viene en busca de un “librito barato”, rogamos internamente que no se lleve, de casualidad, algo demasiado bueno. Después pensamos en el niño/niña al que está destinado y tratamos de dejar nuestro egoísmo de lado. Quizá él/ella sí se lo merezca, quién sabe. Se han dado casos en los que luego de dos generaciones frustradas, una tercera se recupera y levanta nuevas banderas, es capaz de abrazar la felicidad, enfrentar la vida de otra manera, pensar distinto, no dejarse llevar por la apatía y la malaria, etc. Tenemos, claro que sí, un sector de libros malos, o por lo menos mediocres. La mayoría de las veces avisamos sobre ellos, pero no nos prestan demasiada atención. ¿Creerán, acaso, que a las cosas basta con ponerles un moño para que pasen a ser bellas? Imaginé varias veces, hablando de carteles y de avisos, repartir letreros por el local conforme nuestros gustos: “Regalos para quedar bien”; “Regalos para no ser invitado de nuevo”; “Regalos que nos gustaría recibir a nosotros”; “Regalos para dar si usted cree que el otro es gil”; “Regalos para ser considerado el mejor tío por décadas”; “Regalos para demostrar su desprecio”; “Regalos para salir del paso”; etc. Pero no, es una apuesta, me parece, demasiado osada: no faltará el infeliz que se sienta ofendido. Por otro lado, no nos gustan demasiado los carteles. En la vidriera no hay ni siquiera un cartel de abierto/cerrado. Nada. El que vuelve, no lo hace por carteles o notificaciones de alguna clase. Antes de ayer, ayer y hoy mismo, por la mañana, nos tuvieron al trote. Probablemente las ventas decaigan mucho en los días que siguen, así que los vamos a aprovechar para descansar. Lamernos las heridas, como quien dice, y ponernos a pensar, tal vez como para matar el tiempo, por qué sólo en días que presumiblemente significan algo, como “el día del niño”, las ventas de negocios como el nuestro suben, para decaer estrepitosamente durante los días que siguen. ¿No es que todos los días son el día del niño? ¿Para qué esperar a demostrar nuestro cariño? En fin. Hoy fue el primer día que abrimos un domingo. Hoy fue el primer domingo en que abrimos. Sí: nos aprovechamos de la creencia de que el día del niño significa algo y de que algo hay que llevarle al niño… El cargo de conciencia que generan estos días es increíble. Qué le vamos a hacer, somos humanos. Pero al menos, como digo, no pusimos ningún cartel incitando a comprar nada. Igualmente, no es que nos hayamos gastado mucho: abrimos de once de la mañana a trece y treinta. Y a la tarde nos quedamos en casa.

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