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agosto 23, 2011 / Roberto Giaccaglia

Proyecto canción #2

“Tired of Being Alive”, del disco Danzig II: Lucifuge (Danzig, 1990)

Este compact estaba en la casa de un gordo amigo. Bueno, ahora que lo pienso tal vez se haya tratado sólo de un gordo. Nos juntábamos en su casa más que nada por la cantidad de discos que tenía. No abundaba el hard rock en su discoteca, ni mucho menos, sino el pop, el soul -y otras cosas que entonces considerada despreciables-, pero un buen día apareció con este disco. O mejor dicho aparecimos nosotros y él lo estaba escuchando. La tapa era algo serio: un tipo grandote con una cruz sobre el pecho y sobre la cruz la calavera de algún animal con cuernos. El compact era yanqui, de la primera edición, y venía con un booklet al que si uno lo abría, para verlo como corresponde, es decir derecho, descubría una cruz invertida. Tenía un pasaje bíblico que nunca nos pusimos a traducir, o quizá sí, pero no lo logramos. Mencionaba al diablo, eso seguro. A todos nos hacía gracia el intento satánico de Glenn y sus muchachos, todos muy serios mirándonos desde la cruz invertida, con el pelo recién lavado y los músculos hace un rato entrenados. El cantante sonaba a Jim Morrison, un Jim Morrison con esteroides, digamos, y la música no me enganchó enseguida, en parte porque estaba hasta las pelotas de Jim Morrison, gracias la absurda película de Oliver Stone sobre los Doors que se estrenaba por aquellos años. Pocas cosas me resultan tan insoportable como los Doors, y entonces los veía hasta en la sopa. Es más, llegué a pensar que este tipo, Glenn Danzig, era un imitador hecho y derecho de Morrison y que aprovechaba el tren de la fama en el que el nombre se había subido gracias al cine. Se veía parecido, sonaba parecido y su actitud en el escenario destilaba una furia hormonal de similar calaña. Y los pantalones de cuero, claro. La única diferencia era que Glenn se cuidaba mucho, hacía pesas… bueno, y no era la poesía lo que lo seducía, como a Morrison, sino el ocultismo, o por lo menos sus señas eran macabras, oscuras, y sus letras y el arte de tapa de sus discos y los títulos de las canciones iban por ese lado. Una de ellas, la que terminó de convencerme de que no era un grupo tan malo, tenía el sugerente título de “Tired of Being Alive”. A mí me pareció una tontería. ¿Cómo un tipo que hace físicoculturismo va a decir que está “cansado de seguir vivo”? Vos lo escuchabas cantar y era claro que Glenn era sólo un intérprete, un performer, nada más, que cantaba con ganas, y bien, muy bien, pero que no creía en lo que cantaba. No era algo como, por poner un ejemplo, la canción “We Die Young”, de Alice in Chains: Staley te prometía que se iba a morir joven -cosa que cumplió- y vos le creías, o, por caso, “I Hate Myself and I Wanna Die”, de Cobain: se notaba, sí, efectivamente, que el tipo se odiaba a sí mismo, que quería morirse y que hacía de todo para lograrlo. Pero no Gleen. Glenn desayunaba cereales con leche, iba al gimnasio todos los días, se tatuaba, mostraba el pecho en los recitales, se vestía con redes seductoras, se lavaba el pelo y obligaba a que sus músicos hicieran algo parecido si querían salir en las fotos. Glenn calculaba cómo habrían de salirle las cosas con un título así: ¡Uy, me quiero morir!… no fue un hit, pero le salió bastante bien. Igualmente, la canción es hermosa -la mejor, por lejos, de las que fue capaz. Conjuga en una forma extraña la pasión del blues -género al que Glenn es adepto-, y la furia del metal. La forma de cantar de Glenn tiene más que ver con lo primero, y es eso lo que le da a la canción su impronta lastimera, su congoja -tal vez es la canción que hubiese compuesto Robert Johnson si efectivamente hubiera hecho un pacto con el diablo y se hubiese hartado del éxito y de la vida-, una sensación de pérdida, de algo que ya no está… las ganas de vivir, serán, por lo que, bien mirado, el performer logró su objetivo, que calculado o no hace mella en la sensibilidad del oyente. No sé cuánto ayudan a esto los músicos con los que se unió. Para mí, unos mediocres totales. Dicen que John Christ ocupa un número importante en la lista de los 100 mejores guitarristas metálicos elegidos por la revista Guitar World, pero eso no significa nada. Es un músico impersonal, básico, que no solamente nunca aprendió mucho más que lo que logra un amateur en un par de meses, sino que nunca incorporó al instrumento nada original o distintivo -a no ser que Christ esté convencido que hacer tantos armónicos en cada solo es revolucionario o prueba de destreza. Lo mismo opino del baterista y del bajista, meros acompañantes, duros, esquemáticos, predecibles… De más está decir que es muy pero muy probable que el guapo de Glenn los haya elegido adrede, es decir por sus pocas dotes. Era la única manera de que no lo opacaran -de que no opacaran su voz, me refiero (cosa de cualquier manera poco imaginable, por más buenos que hubiesen resultado)-, a no ser que creamos, como alguna vez dejó traslucir, que los haya elegido por su “crudeza”… rasgo identificable en la música de Danzig, e identificable también en cualquier blusero que se precie de tal, pero rasgo, al fin y al cabo, que no hay por qué confundir con el de “pocas ideas”.

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