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septiembre 7, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #39

Por algún motivo que se me escapa mi mujer no quería por nada del mundo que yo anotara en esta humilde bitácora que hoy -6 de sept. de 2011- la librería sólo vendió por diez pesos (5 libritos pedorros para pintar, que se venden juntos). Bueno, ahí está, para dejarla conforme no lo digo y listo, así nadie se entera. Con lo cual empezó toda una larga discusión acerca de lo que se debe o no escribir, o lo que se debe o no contar, tarea esta, claro, que lleva a discusiones más interesantes, como ser, por caso, qué convierte a uno en escritor: ¿escribir? ¿Sólo escribir? Y si fuera así, ¿escribir qué? ¿Lo que quiere otro? Por ejemplo, mi mujer. Bueno, no, mi mujer o cualquier otro. Pongamos por caso, un editor, que funciona como un adelantado que trae en sus propuestas de escritura la verdad: El público quiere esto, así que ponete a escribir sobre esto. Pero la verdad es que el público no sabe una mierda, el cliente nunca tiene la razón. Uno le vende lo que se le antoja. Ahí tienen a todos esos escritores, por ejemplo, y también a esos libreros insensibles, que se la pasan vendiendo porquerías para sacárselas de encima, o porque el negocio les queda chico o de puro ambiciosos que son. Entonces… ¿en qué estábamos? Ah, sí, qué hace de uno un escritor. Justamente ayer fue a visitarme uno. A la librería, sí. Está muy contento porque una novela suya ha renacido entre las cenizas gracias al empeño de un librero amigo -no yo, sino uno con visión comercial- que la  ha colado en colegios secundarios. Ha hecho que se agotara la única edición de la obra, y ahora tiene ganas de editarla otra vez. No con el mismo editor, un tipo sin escrúpulos, al que conozco bien, sino con otro. Pero éste le ha dicho que debe retocar un poco la novela, “trabajarla”, lo que quiere decir que le saque unas cuantas páginas. Y a eso se ha puesto el escritor, a sacarle páginas a la novela a ver si se la aceptan en esta editorial mejor. Pues le han dicho ni más ni menos que lo que mi mujer a mí: No escribas sobre esto, no conviene, sacalo, ahorrale al lector tal o cual cosa. Pero… ¿y si yo quería escribir justamente sobre eso que me dicen que no va, que no interesa, que no tiene cabida ni abre las puertas del éxito? Pues me jodo, porque una autoridad me lo está pidiendo. Es así. A algunos los dirigen editores, y a otros sus mujeres. Pero vamos a lo serio: pareciera ser que el escritor es a fin de cuentas un tipo que cumple órdenes. Yo antes pensaba otra cosa, de verdad, pero el tiempo, el comercio, las facturas de la luz y mi mujer me han abierto los ojos: ser escritor es trabajar de tal cosa. O sea, no tiene que ver con escribir, sino con publicar y vender lo publicado. Gustar. Yo mismo se lo estuve diciendo ayer a mi amigo el escritor: Vas a hacer carrera. Eso le dije. Ahora me parece increíble, como si otro y no yo hubiese estado hablándole. Si te va bien con este nuevo editor, le dije, si cumples con lo que pretende, si le entregas una novela que le guste, vas a hacer carrera. Carrera de escritor. Hasta hacía poco, yo pensaba que los que hacían carrera eran doctores, abogados, etc., o sea toda esa gente que estudia para llegado el caso currarte haciendo como que te están salvando de algo. Pues no, ¡el escritor también puede hacer carrera! Y no sólo eso, sino que tiene que hacerla para ser considerado eso: escritor. Los doctores hacen carrera con la salud, los abogados con la ley y los escritores con el entretenimiento, como los boxeadores y los malabaristas callejeros. Y para entretener, ahí está el quit de la cuestión, deben hacerlo bien: lo que digo: que no es darle a la gente lo que quiere, sino al editor lo que dice que hay que darle a la gente. El se lo vende, y la gente lo compra. Como ser: No escribas sobre que hoy vendimos por diez pesos, que a nadie le interesa lo mal que nos fue hoy, sino cuenta alguna anécdota divertida, qué sé yo, como la de la vieja que no podía abrir un paquete de galletitas y entró preguntando por El Principito para después pedirnos una tijera… ¿me entendés? Cosas así, divertidas, amenas, que le metan a la gente algo de ánimo, de optimismo. A Paulo Cojelo se la pasan diciéndole más o menos lo mismo, y lo bien que le va. A propósito, el otro día mi hija me pregunta: ¿Este Paulo Cojelo no sacó un libro que ya escribió Borges? El Aleph… No sé, le dije, tal vez sí, pero no me atrevo a comprobarlo. En eso nos quedamos entonces, escritor es quien publica y vende lo que publica y logra gustar y si acaso hacer de eso un trabajo. Complacer… Me alegro muchísimo por mi amigo, que al fin de cuentas va camino a convertirse en lo que siempre deseó. Yo ya no lo intento porque se ve que no me sale.

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