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septiembre 14, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #41

Bueno, al fin conseguí un dentista para mi muela. Es increíble, pero vivo en una ciudad sin dentistas. Digo, tienen diplomas en la pared, y visten de blanco, tienen sillones con brazos mecánicos, luces que te dan en la cara, y todo tipo de aparatos, pero son otra cosa. Este que conseguí es esta en realidad, una mujer, no muy simpática, callada, seria, aunque no afectada, muy profesional al parecer. Todo el tiempo se escuchó una radio de fondo, una FM con una locutora de mal gusto musical y que se indignaba a cada rato. No atendí mucho a las noticias que estaba comentando, pero todas parecían caerle muy mal y aprovechaba para sacar a relucir su buena conciencia. Yo cerré los ojos. El tratamiento de conducto cambió mucho con los años. Me lo había hecho una sola vez, a los trece o catorce, y lo recuerdo de manera muy diferente. Ahora esta chica me puso un montón de cositas dentro de la boca, limas que a mí me parecieron agujas y elementos así, que no podía ver pero sí sentir. También una especie de tela suave, como goma eva, que se me pegaba en los labios y que servía, entre otras cosas, para no enterarme de qué estaba haciendo, cosa que de cualquier manera no me interesaba. A veces sentía olor a quemado, luego de creer sentir cómo encendía a mi lado alguna llamita para darle fuego a vaya uno a saber qué. Y siempre muy callada. El dentista de entonces sí que hablaba. Era un hombre extraño, que se quedaba mirando las cosas como queriendo sacar de ellas alguna conclusión oculta. El también había puesto la radio. Mientras hacía lo suyo, recuerdo, empezó a sonar una canción de Soda Stereo. Ah, estarás bien ahora, ¿no?, me dijo, que pasan la música que te gusta. En realidad no me gustaba Soda Stereo, sino Riff, pero no dije nada, y sólo asentí, en parte porque no podía articular palabra. Hoy escuché música peor incluso. Tal vez la odontología haya cambiado para bien y la música para mal, junto con los locutores. El turno de hoy era a las 8:30, así que no fui a la librería. Después del tratamiento, medio tambaleando, y con una pastillita sublingual en la boca, recomendación de la propia dentista, pastillita que según parece es un potente calmante, me fui a la verdulería a comprar verduras para un puchero y volví a casa. Atendió toda la mañana mi mujer. No sé si hubo muchas novedades en cuanto a ventas. Septiembre está transcurriendo mansamente, muy mansamente, y no esperamos mejora hasta que termine -vaya uno a saber por qué, pero luego de cada mes que termina, como si el espacio temporal significara además un cambio, un tránsito hacia otro lado, uno espera que su suerte mejore, que la vuelta de calendario sea terminante. En casa, después de cocinar, el dolor fue apareciendo de a poco, a medida que se disipaba el efecto de la anestesia y de la pastilla sublingual, que quizá sea sólo un placebo. El primer dolor que aparece es como el recuerdo de dónde se insertó la aguja de la anestesia. Luego se hace real, bien real, y se va ampliando a otras zonas, como una mancha de agua, inundando de a poco sector por sector, sin dejar, en un radio que parece enorme como un campo de fútbol, y que ni siquiera debe tener en realidad un centímetro, sin dejar, digo, nada sin tocar: como si fuese un manto que pudiera abarcarlo todo. “Vas a sentir esa zona muy sensible en estos días”, me dijo la dentista. Fue una de las pocas frases que le escuché decir en toda la operación, que duró algo más de hora y media. Tal vez lo de la sensibilidad no ayude del todo en el negocio. A veces entran clientes terribles, como si se propusieran servir ellos mismos de excusa para que uno se descargara, o los culpara de tensiones propias, de fracasos y penas y al fin de dolores. “Sobre que me duele la muela venís a pedirme semejante libro… por qué no te vas un poquito a la…”. Y cosas así, que espero no pasen.

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