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octubre 28, 2011 / Roberto Giaccaglia

Seguimos cerrados, no insista

Llueve a cántaros, así que nada de abrir la librería. La gente, alguna por lo menos, lee cuando llueve, pero no compra libros cuando llueve. La gente cuando llueve compra paraguas. Paraguas o esas horribles capas de nailon que venden en los recitales al aire libre. Siempre es preferible mojarse.
Fui con el auto hasta la librería, todos los negocios vecinos estaban vacíos. Claro, no venden paraguas. Sus dueños charlaban entre sí bajo el alero que cobija a todos los negocios, miraban la lluvia, se sorprendían, me imagino, de cuánto llovía.
Para lo único que hubiera necesitado entrar es para ver cuánto estaba lloviendo dentro. No sé si es por una rajadura en el techo o qué, pero la lluvia pasada, de unas semanas atrás, que tampoco fue la gran lluvia, hizo estragos en el fondo del local, al que, además, le entró agua por la puerta trasera, que da a un patio con pendiente.
En fin. Quizá me iba a encontrar con demasiados problemas, agua por aquí, agua por allá, así que puse en marcha el auto y me volví a casa, qué tanto. Ya veremos cuando escampe.
No hay mayores novedades en la librería, a no ser la del agua. Septiembre fue un mes lento y octubre apenitas más ligero. No es que, por otro lado, no haya habido nada que contar, y que por ello se haya resentido tanto el diario del librero. Siempre hay algo que contar. Lo que pasa, simplemente, es que el librero no tuvo (no tiene) ganas. El librero a veces quiere ser escritor, entonces no escribe un diario, escribe una novela, u otra cosa. O no escribe nada.
El otro día nomás, antes de que la lluvia lo lavara todo, mientras caía una ceniza horrible culpa de no sé qué volcán de mierda del sur, me puse a escribir en la computadora del local -que no tiene Internet, lo cual es buenísimo, porque, como dijo Jonathan Franzen, “nadie con una conexión a Internet en su mesa de trabajo puede hacer buena ficción”, cosa que debería aprender el farsante de Houellebecq, el más sobrevalorado, estúpido y ya dije farsante de todos los escritores de su generación, que no hace más que copiar y pegar información y más información para hacer las novelitas de mierda que hace. Todo se cubría de gris y yo escribía. Pero no se trata de un diario, menos que menos del diario de un librero. En realidad, no sé de qué se trata, me puse a escribir simplemente y tal vez sea una novela, siendo, como es, que no tenemos la menor idea de qué cosa es una novela todavía.
No es mi caso, ni lo pretendo, pero el escritor que no escribe nada merece cierto respeto -siempre y cuando no ande por ahí trabajando de escritor, o sea dando entrevistas o presentándose a un premio o sacando notas en la Ñ o llenando formularios para una beca o defendiendo al gobierno. En realidad, el escritor que no escribe y que es olvidado y que incluso se olvida de que alguna vez escribió es el único, tal vez, que merezca nuestro respeto.
Ya lo dijo o lo pensó Benno Von Archimboldi: la fama está reñida a muerte con la literatura. Una cosa quita la otra. Más bien creo que se lo contaron. Sí, se lo debe de haber contado un escritor o más bien un ex-escritor, viejo, fracasado y amargado, que son quienes con más seguridad reniegan de la fama. Aunque es muy fácil renegar de algo que no se ha tenido nunca. O señalar a los demás como culpables por alguna vez disfrutarlo… Pero así y todo, qué duda cabe, es la clase de escritor que más simpática me parece, y es la clase de escritor con la que se hacen novelas de escritores, aka: Bolaño, aka: Bukowski, por la sencilla razón de que no se escriben novelas basadas en literatos exitosos, seres de cualquier modo despreciables donde los haya (cuando al otro le va bien siempre es aburrido, y por supuesto sospechoso).
Los personajes que en las novelas de Bolaño y de Bukowski escriben quieren al parecer sólo escribir, aunque también hacen el amor (follan), chupan (beben), juegan (apuestan), y leen, sí, también, sobre otros personajes que intentan hacer lo mismo que ellos o que directamente se pasaron la vida haciéndolo. Es como si nada más les importara, como si les bastara con mantenerse más o menos a flote, sacar la nariz lo suficiente fuera del barro en el que se hunden sin remedio, la nariz y una mano, claro, la que agarra el lápiz, y con eso, solamente eso, ir pasando los días. Casi que uno querría ser como ellos. A veces me parece que es fácil, que basta con no mirar la televisión, no mirar la tapa de los diarios, no estar al tanto de la tabla de posiciones del torneo nacional de fútbol, ni a cuánto está el dólar ni que mañana se vota o que se votó el otro día, no participar en debates idiotas ni persecuciones efímeras, y mientras tanto leer, tratar de escribir, poner en orden el propio mundo. El compromiso del escritor es con su biblioteca.
Creo que esto lo dijo alguna vez Fresán, un escritor que antes me caía muy bien y que con el correr de los años fue pareciéndome más y más prescindible.
A algunos es como que resulta fácil aprenderles las mañas, saber hacia dónde están yendo y para qué. Fresán, como muchos de los que alguna vez nos impresionaron cuando empezábamos a leer en serio, cae en esta categoría. Hace mucho que no leo algo de él, ya que estamos. Creo que redactaba prólogos interesantes, buenas reseñas, y que tenía varios héroes que puedo considerar como propios, algunos escritores y algunos músicos. Me resulta extraño, eso sí, que lo mejor de su producción, creo yo, haya sido escrita por encargo, mientras que su ficción es meramente pasable.
Siempre he tenido problemas para definir qué es lo que debe hacer el escritor al respecto de su tarea principal -es decir no la de dar entrevistas, presentarse a un premio, sacar notas en la Ñ, llenar formularios para una beca o defender al gobierno-, o sea la de escribir. El ¿para qué? o el ¿por qué? no me dejan de molestar cada vez que me sucede el bloqueo. ¡El famoso bloqueo del escritor! ¡El angustiante bloqueo del escritor! ¿A quién le importa? O sea, no se me ocurre nada, bien, ¿pero para qué molestarme? o ¿por qué hacer algo al respecto? No escribo y chau. Total, nadie depende de lo que a mí se me ocurra. Ni siquiera yo. Me imagino que esto es muy fácil de decir para quien no vive de la escritura. ¿Pero qué podría hacer Fresán ante ello? O mejor dicho, ¿qué hace?
Pero eso no es nada. Lo peor a enfrentar es el vacío, aquello que sucede cuando se deja de escribir. La escritura es una aventura personal, un viaje hacia el miedo o hacia lo desconocido, no peligroso tal vez a la manera de un safari en soledad, por tierras desconocidas y cargando un arma de corto alcance, pero sí un viaje por lo menos emocionante, algo que de cualquier manera no conviene perderse si uno quiere terminar el día completo.
Bah, siempre me resultó pedante el escritor que frente a su audiencia -no importa el número, si lo están oyendo dos borrachos o 300 alumnos de letras modernas- dice que no puede vivir sin escribir. Ja ja. Lo que no se puede hacer es vivir sin comer. Pero vivir sin escribir es perfectamente posible, aún para un escritor. Es más, muchos deberían intentarlo.
La explicación acerca de por qué hay que escribir sí o sí viene dada por la extirpación de fantasmas. Nada que no pueda resolver un par de visitas al psicólogo o acaso una buena borrachera, ambas cuestiones, si bien no carentes de peligros cada una de ellas, a veces más fructíferas que el ponerlo todo por escrito, esperando con eso sacarse traumas de juventud. Es que la cuestión no queda ahí casi nunca, sino que después se quiere publicar. Es cuando aparece el problema, el verdadero problema diría yo. Se reniega demasiado, es muy duro, no hay nada peor que esperar el bendito llamado del editor a quien con tanto entusiasmo se le entregó el manuscrito.
Siempre me pregunto qué habría sido de John Kennedy Toole si alguno de los ignorantes a los que mandó su novela se la hubieran publicado. ¿Habría terminado igualmente poniendo una manguera en el escape de su auto, llevando el otro extremo a la ventana del conductor? Tal vez, pero seguramente el asunto, por lo menos, se habría dilatado un poco. La suma de fracasos terminó de empujar al pobre tipo al abismo que había estado mirando quizá desde siempre, dando un pasito hacia adelante cada día, hasta llegar al borde del que quizá, sólo quizá, lo habría rescatado algún editor con coraje y algo de amor por la literatura.
En esto, al menos para no matarse joven, conviene ser russelliano a full. El bueno de Bertrand decía que una de las causas de desgracia más frecuentes en hombres de cierta posición social, que tienen por lo menos las necesidades básicas cubiertas y aún más, es que nunca consiguen “deslumbrar” a los otros, por lo cual jamás se sienten realizados, como si la vida fuera una especie de competencia de talentos constante. Yo creo que para el bueno de Bertrand la felicidad estribaba en entender el mundo, lo que se consigue con la contemplación dedicada, algo que, por supuesto, se consigue más bien leyendo que escribiendo.
Así que por el momento, siguiendo a Bertrand, continuamos cerrados. No insista.

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