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noviembre 3, 2011 / Roberto Giaccaglia

Una lectura kafkiana

En la colonia penitenciaria

Por Mirtha Lucía Makianich

Motivos previos
Al  omitir el nombre de Franz Kafka y elegir el adjetivo -ya  insustituible- se intenta un doble objetivo.  El primero, rendir un homenaje a la universalidad del autor. El segundo -más egoísta- pretende  escudarse  en el mismo, usufructuando la sensación de incertidumbre, de imposibilidad de arribar a la meta, de errar.
A la vez, hay una motivación que se impone como cierta: es el deseo de contribuir a difundir un texto que, siendo inagotable, acepta tanto la lectura que nos reenvía a nuestra condición humana, cuanto la lectura política vigente para nuestra sociedad concreta y actual.

Breve reseña
Corre el año 1914, año de una febril actividad literaria para Kafka: inicia su novela El Proceso y hacia fines de octubre termina “En la colonia penitenciaria”, cuento o “nouvelle”, según diferentes clasificaciones. La ofrece a su editor Kurt Wolff, quien la desestima. La publicaría recién en 1919. Antes, en 1916 y en Munich, Kafka realiza con este texto su segunda y última lectura pública.

Una síntesis del cuento podría ser la que sigue:
Un explorador viajero (francés, tal vez) visita una colonia penitenciaria ubicada en una isla, lejos de los centros de la civilización.  Lo acogen con todos los honores y lo invitan a ser testigo de una ejecución, de acuerdo con la antigua usanza y según las normas impuestas por el anterior comandante, quien, además de legislador había sido simultáneamente soldado, juez, constructor, químico, dibujante. Un hombre todopoderoso que supo imponer una férrea disciplina a sus subordinados.  Su espíritu está todavía vivo, aunque el nuevo comandante intenta suavizar las cosas mediante la aplicación de un criterio más humano y acorde con los tiempos. El explorador concurre con el oficial a cargo de los procedimientos de ejecución, el condenado  y un soldado encargado de custodiar a éste, también soldado. Se trata de un lugar desierto y arenoso donde los aguarda una complicada maquinaria encargada de dar muerte al condenado. El oficial ejecutor, partidario del viejo orden, explica que la condena ha sido dictada según la ley, pero que la ley no instruye ningún proceso, ni existe derecho de defensa alguna. La máquina consta de tres partes, y durante seis horas el condenado, que yace sobre una especie de cama, siente cómo una aguja le va escribiendo y clavando en el cuerpo el texto de la condena. A la sexta hora, cuenta el oficial, el condenado atraviesa por una especie de éxtasis y finalmente muere.  Los planos e instrucciones de la máquina infernal son de carácter sagrado y el oficial brinda minuciosas explicaciones  al viajero. El oficial se muestra interesado en lograr la adhesión del viajero, a fin de que éste influencie en el nuevo poder y se  continúe con el método.  La máquina, sin embargo, luego de puesta en funcionamiento según todos los pasos falla, pues el nuevo comandante, poco interesado en su funcionamient, no no ha provisto lo necesario para reemplazar las piezas usadas.  El oficial  ejecutor libera al condenado y se pone en su lugar, tras haber hecho los ajustes del caso ya que la escritura en su cuerpo debe ser diferente. La muerte del oficial se cumple, con una tortura y procedimientos  que no resultan ser la de los cálculos. En tanto, las distintas partes de la maquinaria se desintegran y quedan enterradas en la arena. El explorador abandona el lugar con el presunto culpable, y el otro soldado, no sin antes visitar una miserable taberna para ver la tumba del viejo comandante.

La síntesis traiciona y, de ninguna manera, debería obviarse la lectura de un texto que, reiteramos, es realmente inagotable. Baste señalar que la sola composición de la máquina y su lógica de trabajo, ha merecido innumerables páginas interpretativas [1]. Así,  mientras algunos han hecho notar que ésta es,  quizás, la única obra de Kafka donde manifiesta, aunque sea oblicuamente, una crítica a los horrores que sobrevendrían con la guerra y los campos de concentración, otros destacan el carácter ahistórico como lo siempre predominante en cualquiera de sus obras. Sea anticipación o no, lo cierto es esa mirada distanciada, fría, objetiva; así como sobria, fría  y carente de acento declamatorio fue su propia lectura en Munich.

La  escritura
En general, hay coincidencia en que la escritura de Kafka busca la alegoría más que el símbolo y constituye una parábola. Lo textual lingüístico vale literalmente y  las proposiciones se distinguen por su determinación antes que por su indeterminación.
Esto redunda en un efecto de contundencia para el lector. “El texto se echa encima del lector” [2]. Y este echarse encima del lector tiene que ver con la literalidad de los enunciados, no con conceptos previos que se antepusieran.

El lenguaje se despoja de ornamentos e ignora los sentimientos, lo que resulta en una negatividad expresiva.  El perfil que se busca y que se alcanza es deliberadamente objetivo. Una neutralidad que nos habla desde la distancia. Y esta  distancia se da aún a través de afirmaciones, de explicaciones, de detalles aparentemente específicos. Porque afirmaciones, explicaciones,  detalles subvierten  lo representativo y se instalan como un vacío de sentido. Todo el discurso del oficial es un ejemplo, entre muchos otros. Sin embargo, ya no quedan dudas que es en torno de ese vacío donde se construye el sentido de la escritura kafkiana. Todo se expone sin ninguna preocupación didáctica en una subversión del contar que es a la vez  un contar  como desde afuera; un contar que no es contar. Entonces se da un no representativo que abre otras posibilidades, posibilidades que hacen la diferencia cuando de Kafka se trata.
Sabemos por sus cartas, por entrevistas, por aforismos publicados posteriormente, la pasión profana -pero posiblemente también religiosa- que era para él la escritura. La escritura como error esencial, error de vida y obsesión de muerte, sin la cual no se puede vivir. La escritura como trampa ineludible de la que no se puede prescindir.

La Máquina
Las tres partes de la Máquina llevan el sobrenombre  que les asignó el pueblo: la Cama, en la parte inferior; el Diseñador , arriba,  y, en el medio,  la Rastra. En la Cama, el condenado, boca abajo, sujetado con cadenas y desnudo, debe morder una pequeña mordaza de fieltro, para impedir que grite o se muerda la lengua. El Diseñador es la construcción más elevada,  tiene una caja de engranajes  y se une a la Cama por cuatro barras de bronce. Entre ellos oscila la Rastra en movimientos que están calculados con los de la Cama. Construida en vidrio, tiene agujas de acero que son las que horadan la superficie del cuerpo, con la inscripción de la sentencia que corresponde. Son dos tipos de agujas: una larga que es la que escribe y otra corta que arroja agua para lavar la sangre.
La Máquina ejecuta ciegamente el programa  de la sentencia que se ha colocado en la caja de engranajes.  El oficial guarda los papeles donde están dibujados los esquemas de las prescripciones y que no pueden ser descifradas en cuanto  “no es justamente caligrafía para escolares”. El antiguo comandante ha dejado todos los gráficos reguladores que programan los movimientos de la Rastra. Una concepción maquínica como instrumento  performativo  social. Un ejemplo o protocolo de experimentación.
Una triangulación en la composición misma de la Máquina. Temática obsesiva la de esta última  y  motivo  de  exhaustivos análisis, como el hecho de la que la misma se desintegre, eyecte sus piezas, no sin antes haber cumplido con su trabajo de dar muerte.
La Máquina se vuelve contra el que la maneja en un ejemplo de estrecha ligadura de la que no se sale. Una lógica de acuerdo  perverso entre la víctima y el verdugo. Lógica cuya complejidad  no ha pasado inadvertida al pensamiento posterior  que la interpreta de maneras disímiles:
«La noción de máquina, tomada de “En la colonia penitenciaria”, es uno de los hilos conductores de El Anti-Edipo y de Kafka. Algo similar se encuentra en la etapa genealógica de Foucault . (…) En El anti-Edipo la palabra clave es “maquinaria”. En Vigilar y Castigar y en La voluntad de saber, “dispositivo” [3].»

El Cuerpo y la Escritura
El cuerpo es la superficie en la que se escribe. Sobre el cuerpo se ejecuta la sentencia en forma lenta, cruel, inhumana. La Máquina siniestra escribe y en el cuerpo se inscribe la culpa. Con el cuerpo se paga. Y se da entonces una relación del cuerpo como tema y a la vez como una página más para la escritura.
El lenguaje al grabarse sobre el cuerpo tiene valor performativo: hace pagar. Cuando dice, hace muerte. La aguja larga al escribir produce sangre y la aguja  corta arroja agua para lavar  la sangre, porque se trata de mantener  legible la inscripción. Imprescindible la legibilidad de lo que se graba, aun cuando no era para nada necesaria la legibilidad de los programas de muerte.  Esos diseños, variables según la sentencia, regulan los engranajes de la Rastra y “no son caligrafía para escolares”. Aquí sí, el condenado descifra con sus heridas, al cabo de seis horas, lo que se ha inscripto en su cuerpo. El condenado “sabe”, “debe comprender” y, en la totalidad de 12 horas,  la Rastra lo atraviesa completamente. Cuando la sentencia se cumple, el cuerpo es arrojado a un hoyo previamente preparado al lado de la Máquina.
Kafka escribe y  duplica la estética de la crueldad. Una doble materialización para la escritura: página y cuerpo. Y aún más, hay multiplicación de escritura en el cuerpo, ya que se talla la sentencia en su  anverso y reverso hasta que éste muera. La escritura  no es ni puede ser simple  porque, en tanto que trazo de sufrimiento, debe durar lo suficiente como para no matar enseguida. Doce horas de agonía para pagar la culpa indubitable.

Los Sujetos y el Entorno
Los personajes no tienen nombre propio: son el explorador, el soldado, el oficial, el condenado. Y otros mencionados  como  gente, obreros, señoras del comandante, niños, antiguo y nuevo comandante. Las actitudes, los gestos, los movimientos, cuentan con fuerza inusitada, en tanto rasgos psicológicos individuales  se omiten. Hay procesos con sujetos que no son tales. Hay procesos con criaturas  que son presentadas como estúpidas o  como  entes casi animales. Hay hombres producidos como en cadena. Hay copias.
“De todos modos, el condenado tenía un aspecto tan caninamente sumiso…”; “(…) para llamarlo con un simple silbido…”; “Arroja ese látigo o te como vivo”; “En vida de nuestro antiguo comandante, la colonia estaba llena de partidarios (…)  los partidarios se ocultan;  todavía hay muchos, pero ninguno lo confiesa.  Si usted entra hoy, que es día de ejecución, en la confitería, y escucha las conversaciones, tal vez sólo oiga frases de sentido ambiguo”; “Ya un día antes de la ceremonia el valle estaba completamente lleno de gente;  todos venían sólo para ver; por la mañana temprano aparecía el comandante con sus señoras; las fanfarrias despertaban a todo el campamento…”;  “Muchos  ya no miraban, permanecían con los ojos cerrados en la arena; todos sabían.”; “(…) a menudo estaba en cuclillas, con un niñito en cada brazo, a derecha e izquierda”; “(…) comenzó a lamer  la papilla con la lengua”; “Tal vez el condenado se creía en la obligación de entretener al soldado, y con sus ropas desgarradas giraba delante de él; el soldado se había puesto en cuclillas y a causa de la risa se golpeaba las rodillas.”
Los ejemplos se multiplican. Siempre el elemento visual como predominio del gesto. Y los gestos desdibujan la frontera entre lo humano y lo cósico; entre lo humano y lo animal. El explorador  se evade de esta caracterización, en tanto que  pertenece al círculo de esos personajes kafkianos que se mueven como enviados, mensajeros. Aquí un espectador  ajeno, un espectador  que, aunque metido en el lugar y por momentos  activo, siempre es el otro extranjero, el otro de paso, el que tiene otra lengua. Vacila, observa críticamente pero,  actúa -mínimamente- cuando los hechos están consumados para escapar horrorizado, amenazando con una soga a los que lo siguen. La soga para los perros.
El entorno es sórdido. Aunque a cielo abierto, es una madriguera.  Madriguera donde todo se expone,  sin secreto, sin intimidad. Y todo rodeado, mezclado con la suciedad. Hay manos sucias de aceite, hay un recipiente inmundo donde se lava otra suciedad, hay un espacio con escupidas, vómito, sangre mezclada. Una colonia penitenciaria centrada en el espacio de la Máquina, cuyo único defecto es que se ensucia mucho  -según lo dice el oficial y lo comprueba el viajero-. Los riscos profundos y arenosos del valle, están desnudos. Los condenados intercambian desnudez, ropas rasgadas, suciedad. Una confitería o cantina final, cavernosa, ennegrecida por el humo y que conserva en su interior la tumba del antiguo comandante. Un palacio que igualmente se vislumbra en mal estado. En el exterior y en interior: sordidez.

El Poder y sus políticas
Como no podía ser de otra manera, el Poder también escribe. Hay dos sentencias que aparecen en el cuento, como efectivas inscripciones. La primera, Honra a tus superiores. Sobre el cuerpo del condenado, el Poder hace saber acerca de la Ley que se ha violado. Efectivamente, el condenado al haberse dormido frente a la puerta de su superior, no sólo no cumplió con el saludo usual, sino que también intentó atacarlo. Ninguna duda entonces de que ha faltado a la Ley. La inscripción mencionada es breve como texto; por eso, va acompañada de ornamentos que al ser también grabados dilatan el tiempo de la tortura y muerte. El Poder tiene en la Máquina la facultad de hacer justicia frente a la injusticia ocurrida. Un Poder totalitario  y  cruel que al mantener vigente este sistema punitivo pretende a la vez que sea una fiesta; un espectáculo masificador que garantice el funcionamiento social.
Es  preciso que la sangre corra y que la crueldad se exponga. En este daño que padece el cuerpo se advierte la cuestión de la comunidad y de lo político. Se  recuerda la reflexión nietzcheana acerca de que las costumbres, las normas y las leyes se inscriben con sangre en el cuerpo mismo de los acusados.
La segunda inscripción  (luego del fracaso  en la ejecución anterior) dice: “Sé justo”. El hecho de que este castigo sea aplicable al oficial, en un increíble trueque, nos deja pensando en las complejas conexiones  que se dan en el ámbito de la maquinaria represiva y sus necesarias conexiones e intercambios. Este sujeto, que no es tal; este hombre capturado por una fe ciega en la maquinaria, modelado por su trabajo; este partidario del antiguo régimen  se  entrega a un Poder que debería justificarlo con el éxtasis. Nada de eso sucede ya que se ve privado del instante fugitivo  de la redención. Doble fracaso.
Con la continua mención de: Antiguo Comandante, Nuevo Comandante, se pone en juego un Poder que respondería a dos tipos de políticas diferentes. La del Antiguo, con un origen  no solo muy anterior, sino  con características primitivas que se sostienen fuera del continente (estamos en una isla, fuera del centro). El Antiguo Comandante no hubiera invitado al Observador extranjero. El Nuevo Comandante que desestima esos métodos, todavía no los ha desautorizado pero está en vías de hacerlo. Hay un nuevo consejo que delibera y, seguramente, la invitación  hecha al extranjero que pertenece al centro, es augurio de un tiempo de cambios. Una anticipación que el oficial prevé, intentando persuadir al viajero para que lo ayude a preservar el viejo procedimiento de justicia. Frases alucinadas que defienden la pena capital y  visualizan  futuras asambleas públicas con algunas características posiblemente diferentes.
¿Se tratará realmente de diferencias? ¿Se tratará  de cambios profundos, o  se mantendrán dominios con lógicas diferentes, uno para la justicia, otro para la política? ¿Habrá un Poder con una lógica  en la Justicia y otro Poder con otra lógica para los hechos políticos? ¿Y si así lo fuera, cuál sería la relación entre la Justicia, lo penitenciario, y lo Político, lo civil?

Conclusión no conclusiva
Con Kafka  no hay conclusiones. O si las hay, son dudosas. Volvemos a la incertidumbre del principio. Tal vez frente a la inminencia de una época inhumana, su posibilidad profética le permitió trazar el lenguaje de lo intolerable. Hablar de la penosa condición humana,  de la crueldad  tal como la experimentaba y como la anticipaba.  Tal vez, al hacerlo,  incursionó mejor que nadie en la  oposición  inefable y cierta, entre el deseo y las máquinas  de todo tipo que lo fagocitan.  Lo  individual que busca liberarse frente a los poderes que buscan una manipulación alienante.
La lectura kafkiana no termina, es inagotable. Y es también verdad, siguiendo a W.H.Auden [4], que se trata de un autor condenado a tener lectores equivocados. Aquellos sobre los cuales podría tener un efecto benéfico, lo rechazan; y para aquellos a los que nos fascina, puede resultar peligroso, tal vez dañino.
“En la colonia penitenciaria” expone una  desesperación y  una angustia aterradora. Todo en un lenguaje elusivo, con una economía discursiva que habla también de la cuota de silencio que Kafka se autoimponía. Habla del miedo que sentía. Una cita que le pertenece podría  dar cuenta:
“Las alegrías de esta vida no le pertenecen, sólo el miedo de ascender a una vida más elevada; los tormentos de esta vida no le pertenecen, sólo el propio tormento a causa de ese miedo”.
Escribir  el tormento de ese miedo es su obsesión y así dice de su escritura:
“Es como si se clavase una mesa con dolorosa y  metódica habilidad técnica, y al mismo tiempo no se hiciera nada; pero no de una manera que haría decir a la gente “Clavar una mesa, para él, es realmente clavar una mesa, y al mismo tiempo no es nada”; y mientras tanto, el clavar se va volviendo cada vez más afinado, cada vez más seguro, cada vez más real, y si se quiere cada vez más automático”.
Escribir, como clavar dentro de sí, como hacer y no hacer. Una forma de plegaria técnica, automática y  dolorosa. Plegaria sin ilusión.

[1] J-F. Lyotard,  Lecturas de Infancia, Bs. As., Eudeba, 1997.
[2] T. Adorno,  Apuntes sobre Kafka, en Crítica Cultural y Sociedad, Bs. As. , Ed. Ariel, 1969
[3] Esther Díaz, La filosofía de Michel Foucault,  Ed. Biblos,  Bs. As., 2003.
[4] W. H. Auden,  “El yo sin sí mismo”, en La mano del teñidor, A. Hidalgo Editora,Bs. As., 1999.

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