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marzo 28, 2012 / Roberto Giaccaglia

Y después tomamos Berlín

No con todas las fuerzas del mundo hoy. Es probable que esté comiendo mal, o siempre lo mismo, sobre todo en el desayuno, a media mañana (segundo desayuno) y a la merienda -café, pan viejo, café, criollitos, café, galletitas-, comidas del día a las que uno suele prestarles poca o ninguna atención, como si no la merecieran. Días, por otro lado, bastante ajetreados, muchas cosas para hacer en la librería, muchas cosas para hacer en casa, y lo poco que se hace, incompleto, a la mitad.
El cambio de tiempo en lo único que me benefició fue en la sequía que trajo, pero el frío repentino me cayó muy mal. Persisto en mi constumbre de dormir con la ventana abierta, a mitad de la noche me da pereza levantarme a cerrarla -aunque sea un poco-, y ya por la mañana con el fresquete y la obligación de levantarme temprano me congelo, empiezo a estornudar y no paró hasta dos o tres horas después, hasta que mi cuerpo se acostumbra a la nueva realidad. Después se olvida y al otro día -como me “olvido” yo de cerrar la ventana antes de acostarme- todo empieza otra vez.
Para colmo de males, me mordí la lengua en medio de uno de los estornudos. Es una de esas cosas -morderse la lengua- que a uno lo hacen sentir el ser más pelotudo sobre la tierra. Parece increíble, y sin embargo. Así que acá estoy, con la lengua hinchada, sin poder hablar, cada vez más dolorido, saboreando ese líquido espantoso que es el Oralzone y que al parecer tiene alguna especie de anestesia y de desinflamante.
Asuntos que van sacando fuerzas. Sin embargo, todo lo que resta por hacer, todo lo acumulado -lo descubrí hoy, en el baño, tal vez porque no me había llevado nada para leer y me puse a hablar solo, mirando los azulejos-, está impedido de realizarse por el miedo a enfrentar todas esas cuestiones amontonadas. Ahora me parece una verdad grande como una casa. Miedo a que resulte en vano nuestro empeño, que las cuestiones no se definan según esperamos, que salgan mal, que se desperdicie el esfuerzo, etc. Miedo, en suma, a invertir en ellas, que en parte es invertir en lo desconocido, puesto que de antemano no puede saberse resultado alguno. La idea del tiempo y el dinero tirados o mal empleados nos detiene a medio camino entre nuestra incipiente desición y el objetivo a alcanzar, en un punto, creo yo, donde todavía es más sencillo volverse unos pasos, para que todo quede en la nada, como si nunca se nos hubiera ocurrido dar un paso al frente.
Bien mirado -bien o mal, de cualquier manera-, es lamentable. La de oportunidades que nos perdemos por todo esto. Así que me dije que me iba a poner en marcha. Sólo hay que dejar de lado el pijoterismo -una avaricia en algunos casos que es más del alma que de otra cosa-, ni tener en cuenta lo que vamos/podemos perder y darle para adelante. Incluso ya tenemos una lista con los ítems a ir tachando, lo cual no deja de ser un avance, un orden de prioridades, una puesta en perspectiva y así mismo un pequeño empuje: si figura allí, es porque hay que hacerlo.
Tal vez, al menos indirectamente, todo esto tenga que ver con mi reciente exploración de los libros de autoayuda. Bueno, del único que me atreví por el momento a revisar. No recuerdo haber encontrado específicamente alguna referencia a esto de “lanzarse” en pos de las cosas todavía no hechas o resueltas, aunque apuesto que es materia de estudio para los escritores del género. Pero hay todo un clima de “resolución” en torno al libro, de ocuparse por fin de las cuestiones, que quizá me haya resultado útil para llegar a la conclusión que acabo de alcanzar.
Sí creo recordar ahora, en cambio, como si esto fuese en desmedro de toda la idea de “ocuparse” de los asuntos pendientes, que nada, pero nada, hay que hacerlo con esfuerzo, sino con gusto. El mero esfuerzo no resuelve cuestión alguna, dice el autor, sino las ganas de hacerlo, cosas muy diferentes. Por eso, si “enfrentamos” algo con desagrado, si, es más, tenemos que “enfrentarlo” al fin y al cabo, con todo lo que la palabra significa, es algo que debemos abandonar más temprano que antes. No es para nosotros. Me parece un consejo más que aceptable. No hay mentira más grande que aquella de que el trabajo nos hace libres, una mentira nazi que sin embargo demócratas de todas las épocas se empeñan en seguir difundiendo y metiéndonos en las cabezas.
Me va pareciendo cada vez más, que los libros de autoayuda tienden a la revolución. Que son en cierta forma anárquicos. Debo seguir explorando, abandonar el recelo que les tenía y seguir explorando.
Pero ahora voy a ver si el deterioro de mi lengua me deja tomarme unos mates.

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