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marzo 29, 2012 / Roberto Giaccaglia

¿Qué fue de ese asunto de la ventana?

Hoy -ahora mismo de hecho debería estar ahí- tenía que ir a la distribuidora, pero anoche a última hora decidí que no iba a tener ganas. Fue, está siendo, una semana complicada, de papeles y de obligaciones, así que se jodan los clientes. “¿Le gusta lo que hay? Lléveselo. ¿No le gusta? Vaya al quiosco y compre el Clarín, puto”.
Ah, me encantaría ser lo bastante valiente como para decir todo eso, pero en cambio me sumo en la más profunda y lamentable de las cobardías y termino bajando la cabeza y prometiendo que lo que no tenemos estará en los próximos días, que vamos a hacer lo posible, etc. Y entonces no sólo hago lo posible, sino lo imposible también, y me vuelvo medio loco tratando de conseguir ese libro que nos pidieron, y hago llamados, escribo mails, viajo, gasto plata, esfuerzo, me desespero por cumplir… y mientras hago todo eso el cliente lo consiguió en otro lado, o se olvidó que lo quería, o cambió de necesidad libresca o en realidad estaba tan al pedo que un día vio una librería -la nuestra-, entró a pedir un título cualquiera para hacer tiempo y después se fue lo más campante a hacer cualquier otra cosa. El 90% de los casos sucede más o menos así, y uno como un boludo trata de “satisfacerlos”.
¿Satisfacerlos? En realidad, no hay nada que satisfacer, a los caprichos no hay que satisfacerlos, hay que olvidarlos, para eso están, para pasarlos por alto, suplantarlos por otra cosa, son deseos efímeros y a veces el comerciante no se da cuenta, asumiendo como verdad esa pelotudez de que el cliente siempre tiene la razón. Por lo general, quien más debería saber de un negocio es el comerciante mismo, no el improvisado súbito que pasa por la calle y entra a ver qué hay. Esos no son clientes, son un despilfarro de tiempo.
Por supuesto, no me olvido de los casos “especiales”, los clientes en serio, los fieles digamos, los que dicen cosas como “Lo vi en otro lado (al libro), pero preferí esperar a comprarlo acá”. Joya, a esos uno tiene ganas de acercarle el libro y preguntarle si no quiere un café o algo así antes de irse. Y se pone a pensar que si tiene un negocio, lo tiene para los clientes así, los que de alguna manera, como uno mismo, se quedan prendados del local, o no lo que se dice “prendados”, que ya es mucho, sino por lo menos levemente fascinados, por la atención, el color de las paredes, la dispocsición de las cosas, la música funcional, lo que sea, pero encantandos a tal punto de “disfrutar” de la compra, y no de entrar sólo para ver si pueden molestar un rato.
Sigo persiguiendo el objetivo de hacer las cosas sólo por las ganas de hacerlas, o tal vez -mejor dicho- hacer las cosas cuando venga en ganas hacerlas. Vadim Zeland dice que no hay que poner ganas en hacer las cosas, porque eso también supone un esfuerzo. Las ganas son algo que se “siente”. Yo digo “ganas” porque hablo mal y pronto, él emplea otro término, que ahora no me viene a la cabeza, pero creo que tiene que ver con el hecho de que el corazón o el alma o cómo se llame el motor que nos mueve por dentro sabe bien cuándo hay que hacer las cosas, de ahí el error de precipitarlo todo. Cuando cometemos esta garrafal metida de pata, lo que nos “propusimos” suele salir torcido. Nuestra desgana tiene mucho que ver con ello, la desgana o la falta de ánimo y al fin de covencimiento con lo que emprendimos esa tarea que en el fondo no teníamos ganas de llevar a cabo.
Es un hombre raro este Vadim. Complicado… o por otro lado puede ser que escriba muy mal, o que su traductor al español sea un desastre, pero no siempre pesco lo que dice, por más que sus consejos sean básicos diría yo, muy simples, básicos y así y todo no muy seguidos, porque como llevo dicho nos han enseñado otra cosa, otra clase de actitud para la vida, tener, si cabe, otra “intención”. El habla mucho de esto y es uno de los puntos en los que me cuesta seguirlo. Hay una intención “exterior” y otra “interior”. No sé bien todavía cuál es la conveniente, o aquella a la que hay que prestarle atención, uno supondría que a la “interior”, pues sería la propia, mientras que la otra correspondería a los intereses de los demás, lo que uno llama “influencia”, que por lo general no trae consigo nada bueno porque -claro está- responde a deseos ajenos, y así, al verse uno “influido” por el otro, o contagiado, termina haciendo lo que el otro quiere, como si en realidad dicho deseo partiera de uno mismo.
Puede que esté errado, pero Ben, el malo de Lost, utilizaba para sus propósitos una técnica muy similar: operaba de tal manera en la mente de los demás -Locke, Kate, Jack, Hugo, whoever- que éstos se convencían de que sus acciones estaban guiadas por intereses propios o por el beneficio personal, cuando en realidad era otra la hisoria. ¿Cómo lo haces Ben -le preguntaban siempre en algún punto-, cómo consigues todo lo que te propones? Fácil -respondía él-, convenzo a los demás de que lo que hacen, lo hacen porque quieren.
Ben, como Vadim Zeland, era pues un transurfer: “caminaba” sobre la realidad, para ir donde tuviera ganas y no donde quisieran llevarlo. Debo insistir en esto…

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