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marzo 30, 2012 / Roberto Giaccaglia

Carlitos, pasame el peine

Escribo de pie. La banqueta de la librería está ocupada por una campera, el bolso de mi mujer y el celular, que se está cargando y no lo quiero dejar en el piso, con el cable tirante. Un pariente lejano tenía la idea, de cualquier manera, que el estar de pie ayuda a la digestión, y yo acabo desayunar. Es más, ese pariente comía de pie. Decía que le faltaba un pedazo de estómago, algo que ninguno de nosotros pudo corroborar alguna vez y algo por lo que no nos preocupamos demasiado en indagar. Y como estaba convencido de que iba a volver después de muerto, dejo encargado a sus familiares directos que no sellaran el cajón, para que pudiera abrirlo sin problemas una vez despierto. No tengo noticias de que haya regresado, o tal vez su familia, por las dudas, dejó el cajón bien cerrado.
Acabo de pasarle el lampazo a la librería, de ordenar unas cosas que nos trajeron ayer, unos juguetes de madera, de los de antes, que son los que nos gustan, y me pregunto por qué he dejado todo tan limpio, si esta tarde tenemos ronda de cuentos y al final la librería va a quedar un desastre. Los niños lo revuelven todo y los padres dejan hacer, total el que se encarga luego del desastre es otro. Es increíble la impavidez con la que algunos miran a sus hijos. Aquella frase de Calabró, “Borromeo, dejá eso”, mientras Borromeo rompía todo lo que encontraba y el padre seguía como si nada hablando con el dueño del negocio, está inspirada en la vida real. La mayoría de los padres son verdaderamente así, indolentes y despreocupados.
Debo -recordar, recordar, recordar- tomar la precaución de esconder en el depósito los Gaturro, los manga, los cómics, todo lo que tenga muchos dibujitos y poco texto, que es con lo que los críos más se prenden para ojear mientras las narradoras se desgañitan contando los cuentos. Hay una franja etaria a la que es muy difícil captarle la atención, la mente se les va a vaya saber qué lugares. Unos le echan la culpa a las computadoras, a los juegos, ect., pero vaya a saber si es cierto. ¿No éramos todos así? Bueno, yo me crié con el Pac-Man y el Space Invaders, entre otras joyas de la programación y, ya en más avanzada edad, con juegos sobre los que estaba todo el día, en mi Comodore C, pero no puedo precisar cómo todo aquello afectó mi percepción de la realidad, o en todo caso mi falta de ella. Dicen, eso sí, que jugar todo el día a los jueguitos fortalece las neuronas que se encargan de explorar el entorno, por lo que uno capta más rápido cualquier movimiento que sucede a los costados o detrás de uno. O sea que darle a los juegos provoca en nosotros una vuelta atrás, a la época en que cazábamos para vivir y debíamos estar muy atentos por si aparecía algún animal delicioso o algún animal que nos quisiera usar de comida. Para esta gente, supongo, no era necesario un pensamiento profundo, sino a lo ancho.
Estimo que es muy probable que estemos atravesando una época donde el pensamiento se da pues a lo ancho, y no tanto en profundidad. Ya no cavilamos demasiado sobre las cosas, y los expertos en tal o cual materia se van haciendo esporádicos, difíciles de encontrar. Abarcamos cada vez más amplias zonas del conocimiento, pero nos quedamos sobrevolándolas, como si con eso nos bastara, como si con eso tuviéramos suficiente. Picamos aquí y allí saberes varios, somos como el pato, que puede caminar, volar y nadar, pero que no hace nada de eso con gracia, elegancia o soltura. Las fábulas siguen enseñando cosas a los niños y cómo no a los libreros que se las venden.
He abandonado un poco el libro de Vadim. Un poco por ocupaciones varias, un poco por haberme visto seducido por otros libros. Uno de ellos, Unbuntu Linux, por un mexicano de doble apellido. No sé de dónde les viene a los mexicanos esta manía de ponerse doble apellido. Mi hija compraba cuando pequeña una revista mexicana de princesas y todas las chicas allí retratadas y emperifolladas como Blancanieves, Cenicienta y demás llevaban doble apellido, indefectiblemente. Los únicos que creo que no los usan son los boxeadores. Y lo bien que hacen. Nadie le tendría miendo a un tipo con guantes y doble apellido y de paso algún mote, como el “terrible”, o “tornado”. En todo caso, a mí por lo menos me asustaría enfrentarme a un tipo de nombre “Perro” Guzmán, y no tanto “Perro” Vázques-Días, por poner un ejemplo, o Vázquez-Díaz con zeta, que para el caso es la mizma coza.
Pero si en México es una costumbre usarlos, supongo que no será para darse diques. En cambio en Argentina… Ay, virgen santa, una vez conocí a uno -un “colega”, porque trabajaba de lo que yo, corrigiendo libros en una editorial, leyendo los manuscritos que iban llegando, etc., un trabajo de mierda en cualquier caso y para una editorial poco seria-, que de sólo acordarme de él me da náuseas. Algo hizo mi mente, eso sí, para olvidar el doble apellido que cargaba, pero juro que si me acuerdo en estos días lo anoto, para referirme a él con más dedicación y bronca. Es -me gustaría decir “era”, pero no me enteré de su muerte- el tipo más repulsivo que yo haya conocido. Muy pero muy pagado de sí mismo, te hablaba subido a un pedestal, dándote todo el tiempo “consejos” de experto, comprendiendo a su vez que no ibas a llegar a entenderlo. Y se presentaba, cómo no, floréandose con su doble apellido, estampándotelo en la cara, dándote una mano fría, leve, como si no quisiera en realidad tocarte, por no estar a su altura. Me pregunto si será de ahí que me entra desconfianza, y un poco de escozor, y otro de desprecio (así de desgraciados son los prejuicios), cuando alguien -argentino, aclaro- se presenta con doble apellido. Uno piensa enseguida: este es un jugador de polo… o bien un pelotudo.

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