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marzo 31, 2012 / Roberto Giaccaglia

Ellos chocan sus autos enfrente

Ayer, parapetado en mi mostrador, prestando oídos a medias a las cuentacuentos y otro tanto a los comentarios de los niños, todos fervorosos, aunque no por eso menos atentos y cautivados, recordé lo que hace un tiempo leí en uno de los libros que Juanjo Saéz se dedicó a sí mismo, y que dejé anotado en otro lado, no recuerdo bien dónde, acerca de un tipo que un buen día se da cuenta de que vivimos rodeados de ilusiones hechas realidad. Es así. Es una hermosa conclusión, producto vaya uno a saber de qué hermosa epifanía, y además de hermosa es certera, tal cual, y algo en lo que por demás no se piensa demasiado, tal vez por estar siempre ahí, al alcance. Me parecía increíble, simplemente, contemplar el regocijo de los niños, prestando oídos y emoción a lo que escuchaban, y que el espacio donde todo eso se estaba desarrollando haya sido antes que nada una ilusión nuestra y ahora finalmente una realidad.
Un poco más tarde, por supuesto, ya hoy por la mañana, me olvidé de todo eso cuando vi el quilombo que nos habían dejado en la librería: pedazos de chupetín pegoteados en el suelo, libros colocados en cualquier lugar, pisadas en los muebles, papeles, papelitos y tierra y arena y barro traídos de algún campo de deportes, y un libro arruinado, producto de alguna botellita de agua o de agua saborizada que se inclinó de más, así como manchas en la pared de dedos y de zapatillas, para no hablar de los vidrios. Pero el desaliento se me pasó rápido, trabajando, ordenándolo todo, poniéndolo otra vez en su lugar, quitando la mugre, plumero en mano, escoba en mano, balde y lampazo en mano, armado así mismo con una paciencia que ni siquiera sabía que tenía, viendo a la gente pasar por la vereda y hacer sus cosas, algunos cabizbajos y otros imaginé o quise imaginar que no tanto. El tipo del frente que maneja un colectivo que saca a pasear turistas por la ciudad limpiando las ventanillas y el parabrisas, él mismo munido también de una especie de lampazo y de un balde, con la música puesta, cuarteto, silvando de vez en cuando, cantando encima otras, tan feliz o más que yo, él también, supongo, “preso” de alguna manera de su ilusión hecha realidad.
Hacia el mediodía ya no daba más del hambre y de las ganas de ir al baño, pero restaba mucho por ordenar y limpiar, así que me quedé haciendo eso. Llegaron mi mujer y mi hija, me traían un té y compañía, entraron un par de clientes que no compraron nada, de esos chusmas, que le decimos nosotros, de los que entran nada más que para hacer tiempo y acaso molestar, y mientras mi mujer se deshacía para explicarles o mostrarles tal o cual cosa -es más dedicada que yo con la gente, yo no tengo ese don-, yo pasaba cada vez más furioso el plumero, con la esperanza de que se fueran, pero no se inmutaron y así siguieron, preguntando como si nada.
Volvió el calor, las moscas y los mosquitos se han quedado y supongo que ahora estarán mejor que nunca. Por la tarde no vamos a abrir, el fin de semana se nos hace excaso si abrimos, aunque este sea largo, y además necesitamos un descanso, algo de lasitud y despreocupación, no hacer nada. Algo de tiempo debemos dedicarle a la casa.
Y yo a mi sistema operativo. Tuve un problema con el reproductor, el Banshee, que se saltea canciones ahora, de buenas a primeras. No encuentro los repositorios necesarios para instalar la nueva versión, porque la que tengo instalada es unos meses atrás, aunque no creo que este asunto se soluciones actualizando la versión. Bajé e instalé el Clementine, pero aún con el equalizador colocado de la misma manera no suena tan bien como el Banshee, al cual no consigo volver al estado que tenía apenas días atrás, cuando marchaba como una seda. Es de creer que las fallas en el software no ocurren solas, que siempre es uno el que mete una mano que no debe, pero no lo sé en este caso. Aunque mi confianza en todo lo que traiga Ubuntu quizá esté resultando excesiva.
También debo ver alguna manera de instalar el corrector ortográfico para la suite de oficina que uso. Mi ortografía siempre fue muy mala, para no hablar de los errores de tipeo que cometo todo el tiempo. Supongo que he dejado que mal que mal me educaran los correctores ortográficos, o no que me educaran, porque se ve que nada consiguieron, sino que simplemente me facilitaran las cosas, que yo no tuviera que pensar en qué letra va acá o allá, sino simplemente dejar fluir la escritrura, que saliera lo que tuviera que salir, sin detención. Cuando revise este diario de acá a unos meses me voy a querer matar.
Es raro, pero tengo ganas de tomar Coca.

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