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abril 3, 2012 / Roberto Giaccaglia

El blues de la mujer dengue

Uf, temí haber cambiado algunos parámetros en mi sistema, por culpa de intentar crackear la red del vecino. Por supuesto, esto lo hago con propósitos puramente experimentales, es decir de aprendizaje, que a eso hemos venido a esta tierra. Quiero ver cuán expuestos estamos todos al ataque exterior, y cómo defendernos. Pago mi conexión legal mensualmente, aunque el servicio tenga sus deficiencias y esté muy lejos de ser el mejor y, es más, merecedor de pago alguno. Pero todo esto no implica, por supuesto, que deba privarme del placer del conocimiento, y lograr “apresar” una red ajena es parte del mismo, pues en pos de lograr dicha presa se deben llevar acabo ciertas tareas propias del programador, es decir introducir códigos, lo que es lo mismo que aprender palabras nuevas y también nuevas sintaxis. Cuando uno instala un sistema como Ubuntu no se queda simplemente de brazos cruzados, escuchando música, navegando por Internet como un bobo o viendo videitos. No señor, quiere usar su sistema para aprender cosas nuevas. Por ejemplo, programación, que es el idioma de los hackers, su idioma universal, el nuevo esperanto, la dicha de poder entenderse con el manejo de un idioma que al mismo tiempo que se practica le permite a uno hacer cosas, construir, modificar, alcanzar objetivos. Por caso, meterse en la red del vecino. No es culpa de uno que sea ilegal. Pero es una ilegalidad chiquita, que ni siquiera molesta, un crimen insignificante, que no saña a nadie. Y uno de esos, de paso, donde el trabajo que cuesta llevarlo a cabo -y el dinero, porque el tiempo no es otra cosa- insume más esfuerzo que hacer lo que la mayoría, es decir evitar la ilegalidad y pagar por el uso de la red propia. Pero es simpático. Cuando lo estaba intentando, cuando veía aparecer en la consola los datos de las redes al alcance -porque hay que decir que llegué bastante lejos-, todos esos números y letras y nombres y columnas, todo muy similar a la revelación del Matrix, números y letras moviéndose, números y letras que quizá estuvieran diciéndome algo, me veía a mí mismo no como una especie de delincuente -palabra que queda demasiado grande para este tipo de travesuras-, sino de espía, pero un espía que es apenas un voyeur, alguien que juega, que mira donde no debe o debería, o un niño que está creciendo y que mira por sobre la tapia entre el asombro y al mismo tiempo el miedo a la vecinita tomando sol. El sabor de estar haciendo algo prohibido nos remite a nuestra infancia, donde, si valió la pena, para muchas de las cosas que hacíamos se necesitaba al menos un cachito de valentía, o por lo menos era lo que imaginábamos y con eso bastaba. Los adultos hemos olvidado ese sabor, lo que se siente, acostumbrados a la normalidad y aun a la decadencia. La leve marginalidad donde imaginamos que nos depositan por un instante las pequeñas diabluras, nos permiten saborear algo parecido a aquello.
Aunque por culpa de esto casi borro -al menos eso creo que estuvo por pasar- lo que me permite estar conectado a mi red paga (aburrida). Por lo menos, cuando estaba en lo mejor del asunto mi conexión de red me avisó que acababa de conectarse. Luego, fue imposible retomarla. Entonces me dije: ja, el largo brazo de la ley me ha alcanzado, llegó el castigo para este pecador, etc. Pero no. Reinicié el sistema y la conexión volvió a establecerse. Fue apenas un susto, pero nada que valga la pena se emprende sin sufrir al menos un sobresalto.
Por alguna razón, aburrimiento quizá -aunque ella dice no aburrirse nunca-, mi mujer leyó algunos de estos borradores diarios. Se rió de mis errores de ortografía, y hasta creo haber percibido algo de reproche en esa sonrisa. El problema de haberse casado con una maestra. Lleva su profesión a las máximas consecuencias. Pero ella no sabe que (una) no corrijo lo que escribo, que (dos) escribo de corrido, que (tres) siempre fui un amargo para la ortografía y (cuatro y principal) que mi procesador de texto no tiene corrector ortográfico.
Siguiendo enganchado con el cine (me cuesta desapegarme de un antojo cuando me agarra en serio), bajé Fargo el otro día, porque recordé que una de mis tareas pendientes era verla de nuevo. No creo haber llegado ni a la mitad cuando me invadió una profunda depresión. Venía de ver películas donde uno se siente bien casi sin querer -Moneyball, De caravana-, y de pronto Fargo. O me estoy poniendo viejo, o boludo, o mis gustos han cambiado, pero me resulta difícil soportar -cada vez más- ciertas cosas en pantalla. El tópico del aburrimiento, el tópico de la tristeza, el tópico de la dejadez y el abandono me resultan primero empalagosos, después soporíferos y ya de última inaguantables. Seguramente abandone la visión de Fargo -que no tiene pocos méritos, aclaro- por From Dusk Till Dawn, esa película bastarda sobre dos criminales que se ven metidos hasta el cuello en un asunto de vampiros y sangre a chorros, después de escapar de la policía. Un desastre de argumento, un desastre, es más, en varios aspectos, pero una película querible. Clase B hasta la médula. Además estoy escuchando mucho su soundtrack, tiene canciones increíbles de los barbudos ZZ Top, de los hermanos Vaughan y por supuesto de Tito y Tarántula. Imposible olvidar, por otra parte, el diálogo -imaginario- entre Juliette Lewis y Quentin Tarantino. Mis ex amigos snobs dirían que la sola escucha de ese diálogo merece ver la película entera. Y quizá tengan razón. ¿Qué habrá sido de todos esos putos?

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