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abril 4, 2012 / Roberto Giaccaglia

Aforismos

De regreso vine leyendo La traducción, de Pablo De Santis, un libro que desde que lo tengo -unos diez años- he leído por lo menos cinco veces, no sé si completas cada una de ellas. Pablo De Santis crea misterio y su lectura es fácil, la prosa ágil, justa, sin devaneos, y entra fácilmente en la categoría de escritores que “juegan” en el campo de lo que puede llamarse “erudición falsa”, un juego que ciertamente le gustaba practicar a Borges, aunque él más bien prefería la “erudición sin importancia”, es decir saber mucho de autores que no lee nadie. A lo que voy, antes de que pierda el hilo: Pablito -no sé por qué, pero lo imagino pequeño- tiene las dotes necesarias para convertirse en un autor de éxito. No digo que no lo tenga, pero el que tiene es mínimo comparado al que merecerían sus cualidades. Hablo del éxito que torna en millonarios a los autores: de ese que goza un Dan Brown, por ejemplo, que haciendo más o menos lo mismo lo merece mucho menos. Mientras lo leía -hoy, recién- pensaba que hay en De Santis -o Pablito- ecos de Rodrigo Fresán, y que seguramente estaba equivocado. Pero no, no era eso. Ahora que lo pienso lo que sucede es que hay en los dos un trasfondo similar al que se encuentra en Umberto Eco, que vendría a ser un Dan Brown ilustrado. La única diferencia, imagino, es que seguramente Pablo De Santis dice amar a Umberto Eco, pero en realidad lo odia, y que Rodrigo Fresán dice odiarlo, cuando en realidad lo ama. Cosas, supongo, de la vanidad. No nombro a Guillermo Martínez en estas ecuaciones porque a él se le ocurrió escribir Acerca de Roderer, y a los otros todavía no. Lo demás que han hecho -los tres juntos- es bastante indistinguible y podría estar firmado por uno o por otro, sobre todo cuando han aspirado a ganar premios, tejiendo tramas económicas en lo narrativo, jugueteando en la oscuridad, con toques de perversión, esoterismo y timidez de ir más allá, algo a lo que no se animan ni en pedo, a ver si las señoras los dejan de leer o ya no hay nadie con un libro suyo en los aeropuertos. En fin, La traducción me sigue pareciendo notable, así como, repito, la “carrera” de este escritor, aún más coherente que cualquiera de los otros, es decir desvergonzada.
Por supuesto, leyendo a Pablo de Santis me sentí un poco anticuado. Nadie hablaba de él en la distribuidora, ni llegaban pedidos de algo parecido, sino de Florencia Bonelli. Pilas y pilas amarillas de su último opúsculo cubrían los rincones y el piso. Libros gordos embolsados compactamente de cinco en cinco, creando ladrillos y con esos ladrillos columnas y con esas columnas un castillo sin techo. Uno entraba al depósito y lo único que veía era amarillo, como si alguien acabara de robarse el sol. Todavía no era librero cuando acababa de salir su libro París, por lo que no pude ver la distribuidora en tonos naranja, y ya era librero cuando salió su libro Congo, pero no vi la distribuidora tapizada en verde porque por esos días no la visitaba, pero por lo menos no me he perdido esta maravilla de ver todo un depósito pintado de amarillo al menos por un par de días, gracias a la salida de su libro Gaza -“gaza” porque se terminó al fin la trilogía, le diría yo-, por lo menos hasta que los ladrillos amontonados de cinco en cinco terminaran de salir rumbo a las distintas librerías del país. Si hay algo que está matando a la cultura, es la industria cultural.

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