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abril 5, 2012 / Roberto Giaccaglia

Estamos con vos

Así son las mujeres, no se puede putear tranquilo que enseguida se enojan. ¿No saben que es un recurso del sistema inmunólogico el putear cuando algo sale mal o por lo menos no como queremos? Es simple. Uno quiere ir al baño, por caso, al baño del negocio, me refiero, y resulta que no encuentra la llave por ningún lado. Entonces llama por cel fon a la mujer, que quedó en casa, limpiando, porque mañana recibimos gente, en honor a la bagnacauda, que no viene al caso. Bueno, entonces, la llama y aquella ¿qué dice?, dice: Ay, sí, está en mi bolso… Y uno -a quien le urgen las ganas de ir al baño, para ponerlo bien- reacciona bajando a los dioses del Olimpo. Pero tranquilo eh, respetuosamente, bajando dioses nomás, no dirigiendo su repentina bronca a alguien en concreto. Y sin embargo la mujer se pone a decir que cómo es posible que se reaccione así por tan poca cosa, etc. ¿Poca cosa? No hay “cosa” más necesaria que satisfacer ciertas urgencias. Bueno, como sea, se deja el negocio solo por unos segundos, se camina unos metros y se pide prestada la llave a las chicas de la veterinaria. Listo, a la fin no era para tanto.
Pero esto del putear para desquitarse de la mala suerte o de eventuales contratiempos es sano, quirúrgico sin necesidad de pasar por el visturí, estirpa tumorcitos en forma de bronca, que de no ser sacados a tiempo provocan quistes, hinchazón, malestares varios, hasta mareos inclusive. O sea, no putear cuando corresponde hacerlo -una molestia para los demás, confieso-, acarrea pues molestias peores. Es más, durante la temporada de verano hubo un tipo en un teatro monologando acerca de las virtudes terapéuticas de las malas palabras. No sé cómo le habrá ido. En cuanto a cantidad de espectadores, quiero decir, pero puede que haya sido interesante. Enrique Pinti basó su carrera prácticamente en eso: en putear sanamente. Su personaje era un hombre normal y corriente que ante los desplantes de la vida no puede más que recurrir al insulto sistemático. Desplantes laborales, desplantes amorosos, desplantes de la salud, desplantes en la quiniela, pero también políticos, es decir burlas de los poderosos de turno, que sin usar malas palabras se la pasan cagándose en uno. ¿Qué hacer frente a todo ello? Algo útil, dirá alguien, algo provechoso, seguir trabajando, seguir intentando, etc., en vez de ponerse a putear a diestra y siniestra, con lo que no se consigue nada. Bueno, bueno, sí, es cierto, “no se consigue nada” puteando, pero es que hete aquí que el puteador no espera realmente “conseguir algo” puteando. Es decir, sabe que su suerte no se va a revertir por cagarse en la virgen santa, quien, asustada, no va a bajar del cielo para solucionarnos el problema… Nadie exterioriza su disconformidad con un par de palabras digestivas esperando encontrar en ello la salida a su inconveniente. Veamos, ¿se materializó la llave que yo necesitaba para ir al baño y calmar la urgencia que reclamaban mis intestinos? Ciertamente no, pero una vez alzada mi voz de protesta y puestos donde corresponden los ángeles divinos por jugarme tan mala pasada -es decir que mi mujer se dejara la llave en el bolso y que tanto el bolso como mi mujer estuvieran lejos-, pude pensar con la claridad necesaria para encontrar la respuesta: ¡pedir la llave a las chicas de la veterinaria! ¿Se me hubiera ocurrido de otra forma, sin apelar al insulto? Creo que no.
A ver: recibo una mala noticia, algo que no quería escuchar, y algo, sin embargo, para lo que puede haber una solución, sólo que el “golpe” de la novedad me nubla por un momento y no consigo ver con claridad. La bronca hace eso, lo oscurece todo. Puteando, uno abre una puerta por donde empieza a entrar luz. Se llama “la calma”.
No es todo lo que hay para decir sobre el tema, y apuesto a que debe de haber por ahí algún libro de autoayuda que se plantee estas cuestiones. Hay libros sobre el respirar, por ejemplo, sobre el soñar, sobre el hablar de los problemas, sobre el compartir, sobre el querer, sobre el olvidar, ¿por qué no habría de ser escrito un libro sobre el putear? Yo creo que es más que necesario y si todavía no salió a alguien debería ocurrírsele.
Hablando de libros de autoayuda, debo decir muy a mi pesar -porque fue una “tarea” que me planteé, que me “impuse” a fin indagar qué es lo que hace sentir bien a la gente que lee estos libros- que tengo abandonado el libro de Vadim Zeland sobre el transurfing. He encontrado tan poco placentera su lectura -hasta Papá Pitufo tiene más estilo- que se me ha hecho muy pesado. Encima, han llegado a la librería novedades en principio más interesantes. Pero no sólo eso, sino que dichas novedades implican trabajo, ordenarlas, catalogarlas, ponerles precio, etc., con lo que si queda un huequito para leer uno lo aprovecha en otras cosas, que le brindan por lo menos un placer directo. Y hay otras -novedades- a las que simplemente uno se acerca por curiosidad. Por caso, lo último de esta chica Bonelli, de la que algo hay que saber, porque no falta el cliente que pregunta “¿Qué tal es?”. Veamos… Hay un tipo que se dedica a probar o evaluar aviones, y que por alguna razón se entera de que Saddam Hussein está interesado en robarse uno de ellos -un caza, supongo-, o algo así, por más que la prensa que saca a relucir lo del avión robado -una página más adelante- no tiene la menor idea de quién o para qué lo robó… Tres páginas y media, sin contar con los agradecimientos, que me salteé.
Hasta ahora no ha llegado gente en masa a pedir el último de Bonelli. Imaginé, al ver ayer, entre sorprendido y admirado y algo asustado, la cantidad de ejemplares de este su último libro -el amarillo-, ejemplares listos para salir hacia todos los puntos de la provincia, en plan de invasión, que efectivamente los lectores entrarían a los gritos, desesperados, pidiendo la novedad bonelliana, hambrientos, famélicos, como yonquis literarios. Más o menos como en la película de Carpenter, In the Mouth of Madness, donde la gente se volvía dependiente y al fin zombie por culpa de seguir la saga de novelas de Sutter Cane, un escritor que maquinaba un plan malvado para quedarse con las almas de todos nosotros. Los best sellers, amigos, son peligrosos. Miren, si no, lo que está haciendo Gaturro con nuestros niños.

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