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abril 6, 2012 / Roberto Giaccaglia

Los pósters de la Pelo

Hacía rato que no me sentía tan mal por culpa de la comida. No es fácil, por supuesto, saber cuándo se está a punto de cometer un exceso, pues un límite se conoce sólo después de cruzado. Y aunque ciertamente no hay medida previa, porque no puede haberla, a no ser que la conciencia esté entrenada como la de un monje, y lo que se conoce como “experiencia” no sirva en realidad de mucho, uno no deja de reprocharse el mal comportamiento con respeto al pobre estómago. Esta vez me pasé, y así me fue. Seguramente vaya mejorando en lo que resta del día, pero por ahora lo más que puedo hacer es darme un baño caliente, y esperar a que la digestión vaya haciendo su trabajo, al cual imagino lento y trabajoso. Ni hablar de abrir el negocio. Los invitados, por otro lado, acaban de irse, todos satisfechos, y han quedado pilas de platos por lavar, tarea donde no me meto, es cierto, pero que demanda su tiempo. Entre la comilona, el desastre que hay en la cocina y lo que se me estaba pasando por alto, ¡que es Viernes Santo!, a nadie en su sano juicio se le puede ocurrir ir a trabajar si no hay nada que lo obligue a ello. Me quedo en casa, aguardo a que la digestión haga su trabajo, escucho Led Zeppelin, espero que se descargue I Saw the Devil, y listo. A lo sumo iré a pasear el perro, aprovechando el fresco.
Ayer empecé a leer Los pichiciegos. Edición de marzo de 2012. Leí la novela hace mucho, pero mucho, imagino que la primera edición, dios sabe de qué editorial, tomada prestada de la bibioteca de la ciudad. Se ve que no la recordaba bien, porque imaginaba que empezaba con la frase “Hoy mamá hundió un barco”, que es un gran frase para empezar una novela. Pero no. La frase se ve que la leí en la prensa, en algunos de los tantos artículos que le dedicaron a Fogwill a propósito del “descubrimiento” continuo que hacen de su novela cada dos o tres años. En fin.
Parece, así, a las apuradas, una novela mal escrita, improlija, eso, más que mal escrita, improlija. Pero no. Lo que pasa es que uno se acostumbra demasiado a la corrección, y cree que escribir es eso, ser correcto, escribir como habla la gente educada, o la gente bien, con una sintaxis de la puta madre digamos, y medio como floreándose, ¿no?, analogías de acá, analogías de allá, emperifollando el texto. El otro día nomás, por curioso, agarré ese megaéxito que es El prisionero del cielo, de Carlos Ruiz Zafón. In-so-por-ta-ble. El autor escribe como si le estuvieran sacando fotos, pavoneándose. Llegué al capítulo dos con una desconfianza cada vez mayor en la literatura.
Pero claro, uno agarra después el libro de Fogwill y más o menos se cura, se despabila digamos, la mente retoma por los pasillos que no debería haber abandonado. Se dirá: “son dos cosas diferentes, incomparables”. Sí, sí, todo lo que se quiera, pero no. El aceite rancio y recalentado, el que se usa una y otra vez, al que una y otra vez “perfuman” sabores varios, el aceite ya pesado y cargado de sedimentos, el aceite espeso, nublado y denso, no deja de ser aceite frente a la frescura, limpieza y transparencia del aceite de oliva virgen de primera prensada (en frío). Toda la carga y el abuso de El prisionero del cielo, no hacen que deje de ser “literatura” frente a las cualidades de una obra límpida y clara como Los pichiciegos, cuya cualidad máxima reside precisamente en esa capacidad para mostrarse tal cual es, abiertamente. Como todo, es algo que debo seguir estudiando.

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