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abril 7, 2012 / Roberto Giaccaglia

Llamaron a la puerta

Hay un tipo que tiembla y que vive solo en la pensión que comparte patio con la librería. Pasa todos los días, temblando y saludando. Una vez vino su ex mujer a comprarle algo a la nietita, una niña muy simpática cuyos padres atienden un negocio que no está lejos de aquí. La ex mujer habló pestes del tipo. A ese mejor no nombrarlo, nos dijo. Vino a cuento porque la nena en cuestión cumplía años por esos días, entonces, en el transcurso de una semana, vinieron la madre, el tipo que tiembla, y la abuela a comprarle regalos, cada uno por separado por supuesto. Y cuando la abuela dijo para quién era el libro que se llevaba, le dijimos que la conocíamos, que el abuelo había estado unos días atrás… pensando que era abuelo de la otra familia, digamos, pero no, era de ella, o sea su ex marido. Entonces nos dijo eso: A ese mejor no nombrarlo. Y visiblemente fastidiada, haciendo un movimiento con la mano como si quisiera espantar una nube de moscas, agarró su paquete y se fue.
Acaba de pasar el tipo que tiembla. Saludó, como siempre, con una sonrisa, como siempre. Y solo, como siempre. Cuando estoy afuera, barriendo o limpiando el vidrio, o mirando simplemente cómo se desarrolla la vida por fuera de la librería, si pasa me toca el hombro y dice ¡¿Cómo anda amigo?!, o me aprieta el brazo brevemente y me palmea la espalda, con un gesto similar al de, efectivamente, un amigo. No puedo menos que sentir pena por él. Esa pena difusa y un poco ajena -esa pena que uno sabe de otro, pero que se hace propia-, que viene de golpe y se queda, parecida a la que cantan en los tangos, la pena del hombre solo, viejo y despreciado. El hecho de que viva en una pensión facilita mucho las cosas para pensar así, claro, porque es el ambiente de los tangueros, de los perdedores, de los desplantados, el ambiente donde se tejen y destejen las vidas que escriben y describen los John Fante y los Bukowskis de este mundo, la vida del tipo que se plancha solo las camisas.
Y entonces uno piensa Qué habrá hecho para terminar así, A quién le habrá hecho algo malo, Cómo y cuándo se equivocó, etc. Es extraño. Cuando sucede la empatía, por alguna razón uno empieza a verse como el otro, a sentir, en suma, que nunca se está tan protegido de la desgracia, que la soledad y la perdición, el abandono y la enfermedad también nos pueden atacar, convertirnos en eso que lamentamos ver. Recuerdo a Tom Waits canturreando que los desgraciados de este mundo son señales, que marcan un camino por el que no hay que andar, por el que no hay siquiera que asomarse, como un aviso de lo que ocurrirá si nos desviamos.
¿Y la mala suerte? ¿Cuenta? ¿Existe? De lo que llevo explorado de los libros de autoayuda se desprende que no, que la “suerte” o eso que llamamos de tal manera es algo que se construye todos los días. Por supuesto, a estos tipos les conviene decir cosas así, no se vaya a creer el lector que por más que siga el consejo que siga, y que por más que compre los libros que compre, si la mala suerte quiere agarrarlo lo agarrra igual, esté preparado o no. Pasa que esta clase de escritores ven al lector como cliente, y entonces le dan lo que quiere escuchar, o leer, y le dicen, pues, que su destino depende de él mismo, exclusivamente, de él mismo y de las buenas ondas, que a su vez dependen también de él -el lector-, como los buenos pensamientos, etc., la energía positiva digamos, algo que es muy probable que no se dé sola, sino, por ejemplo, con ayuda de estos libros.
Por otro lado, pensar en la influencia de la mala suerte provoca un hueco, un vacío, de similares características al que se produce cuando una persona comienza a cuestionarse la existencia de Dios. Hay algo allí que precisa de explicación. Como decir, Si no existe Dios… ¿entonces qué? Como decir, Si todo lo que me ocurre es culpa de mi puta suerte… ¿entonces qué? Si no hay “premio” por hacer las cosas bien, muchos hombres se desaniman. Saben o por lo menos están convencidos de que hagan lo que hagan sus vidas están en manos de lo incomprensible, es decir de aquello de lo que nadie les habló, para lo que nadie los preparó, aquello que no se puede “ver” porque la imaginación les falla, no les alcanza.
¿Es ahí cuando aparecen o empiezan a gestarse esas vidas retratadas en las novelas de Bukowski, de Fante o la vida del tipo que vive atrás, en la pensión? ¿Es ahí, en el abandono de uno mismo, por darse cuenta de que nada está en nuestras manos y que obrar “bien” no significa nada, cuando empiezan esas vidas a tomar forma definitiva, o es antes, mucho antes, cuando la “mala suerte” era aún lejana, invisible? Es la pregunta del millón, o por lo menos una de sus tantas variantes.
Aunque nos guste vernos como forjadores de nuestro destino -más que nada porque a alguien hay que echarle la culpa, necesidad humana si las hay-, no podemos dejar de temer que se esconda en las sombras alguna fuerza determinante. No hay escepticismo suficiente o ateísmo definitivo que no se haya permitido alguna vez ese miedo, ese horror.

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