Skip to content
abril 13, 2012 / Roberto Giaccaglia

A garrotazos

Bueno, en fin, se vino el otoño. Pienso que en realidad necesito un pie para largarme a escribir y que después voy a quitar esto que acabo de poner, que no le interesa a nadie y menos que menos a mí. Pero después seguro que no voy a tener ganas de sacarlo y que ahí va a quedar. Ni ganas de leer cómo empieza esta nueva entrada en el diario voy a tener, así que… Me voy a ir acostar, seguro, aprovechar los minutos que queden de siesta antes de salir para la librería, o antes de tomarme un té, comer algo y salir para la librería, a ver qué hacemos hoy. Nada, la gente ya no lee.
Leen los niños, por suerte, pero los padres no les compran libros, les compran algo que parezca un gasto en serio, una play station, por poner. Pasa que en sus mentes débiles y facilonas gastar en un aparato que se conecta a la tele -que les da tantas satisfacciones, a ellos y a la Presidenta de Argentina- parece más sensato que gastarlo -aunque menos, mucho menos- en un libro, que al fin y al cabo no son más que hojas y tinta. Vamos, si ellos, los padres, que tienen su trabajo y sus partidos de fútbol gratuitos y su antena de tevé gratuita provista por el Estado y sus fines de semana con asado, pueden pasar de los libros, ¿para qué los necesitarían sus hijos?
Bueno, en parte mejor, porque hoy empecé a ver la segunda parte de Game of Thrones, que debería llamarse Choque de reyes, como el segundo libro de la saga, digamos, pero no. Debo decir, con todo, que los quince minutos iniciales -lo que alcancé a ver hoy por la mañana, antes de cerrar y venirme a comer-, no me han llenado los ojos. El libro está mucho mejor, como casi siempre. Muchos de los actores son poco convincentes, a no ser el que hace de enano. Bueno, en realidad no hace de enano, sino que es enano, debí decir que hace del hermano enano de la reina -que prefiere al otro hermano, el rubio, como los fanáticos de la serie lo sabrán. Este enano es un actor magistral, se roba la pantalla. Los demás son casi principiantes. Creo que ganó un premio el año pasado como mejor actor secundario para serie televisiva, y si no lo ganó pues debería haberlo hecho, porque no creo que haya uno mejor, alto o bajito.
Lo que hace George RR Martin en la novela -o en la serie de novelas- es de una genialidad incomparable. Confieso que a Tolkien -que también era “RR”, ¿qué carajo tienen los autores de fantasía famosos con la doble R?- nunca pude leerlo. Sí pude, no es que me haya estado prohibido, pero vengo a significar que nunca lo soporté. Ahí sí son mejor las películas, digan lo que digan los herederos. Peter Jackson con sus películas le pasa un trapo a la trilogía de Tolkien, y además es Sir.
Por supuesto, no se me escapa que George RR Martin es uno de esos autores que no me gustan. Bah, que no deberían gustarme. Es un empleado, digo, un señor con un horario y un plan de trabajo, con un proyecto para entregar listo o por lo menos perfilado. A uno le gustan más -o hace como si- los escritores locos, malditos, feos, endemoniados, que no se bañan. Qué sé yo, Onetti por poner un caso. O Dick, Philip K. Escritores de los que se dice que comían comida para perros antes de ganar su primer peso. O que se suicidan al otro día en que empezás a leerlos. Esos, de los que uno se hace fanático y no quiere que otros los lean, porque son suyos, ¡suyos! Pero George RR Martin… Este es un profesional, describe y describe y con eso llena páginas y páginas -como hacía Tolkien, sí, pero en Tolkien no había tetas. George RR Martin escribe correctamente, demasiado correctamente. Con clichés y todo, a la usanza, dentro de lo que se espera, pero su obra sin embargo no deja de ser genial.
Hay en él lo que en la mayoría de los best sellers no: trabajo. Y bueno, no es lo único que cuenta, ¿pero cómo hacer para no reconocer que está bueno? ¿Cómo hacer para negarle sus méritos? Es literatura de masas, claro. Atención amantes de la digresión, los rodeos y la pelotudez letrada que no la entiende ni un Raymond Roussel en estado de ebriedad: en la Facultad de Letras les van a pedir otra cosa, incluso en las cenas con sus amiguitos va a caer mejor que digan que leen otra cosa. No pierdan el tiempo.
Lo sé porque yo antes era como ustedes, un flor de boludo.
De George RR Martin, aparte, dicen que se parece a Shakespeare -yo no sé, lo leí cuando niño y ya no me acuerdo-, a Chejov incluso dicen que se parece. Y eso nunca van a decirlo de Tabarovsky, por ejemplo.

A %d blogueros les gusta esto: