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abril 14, 2012 / Roberto Giaccaglia

El gato estaba hablando

Anoche un idiota híper idiota estacionó su camioneta de imbécil frente a nuestra ventana -¿para atender un mensaje de texto? ¿para pelear con su novia, para convencerla de algo? ¿porque sí nomás?- con sus ventanillas abiertas y con su música al galope, una música de imbéciles por supuesto. Me levanté, descalzo, fui hasta la cocina, tomé agua, espié por la ventana y allí estaba. No lo veía bien, me tapaban los árboles, la llovizna, y el hecho de no tener los lentes puestos. Por el reloj del microondas había visto, al ir a buscar agua, que eran las 5:17 de la mañana, mala hora para despertarse. Encima había estado soñando un sueño que ahora quedó sin resolución.
Pocas, poquísimas veces, me acuerdo de los sueños. Parece que es una facultad propia sólo de algunas personas recordar sus sueños de cada noche y al otro día poder contarlos en detalle. No es mi caso. Casi podría decirse que no sueño. Sé que no es así, que en realidad no me acuerdo, pero el efecto al otro día es muy parecido. Sólo cuando es una pesadilla el sueño se me hace más presente al otro día, una pesadilla o, como en este caso, algo no resuelto, por lo que se me urgía en cierta forma a darle un término. Y no llegué a hacerlo por culpa del boludo de la camioneta, que me despertó en el momento menos apropiado.
Bien. Yo estaba en un restaurante de comida rápida, muy concurrido, un restaurante enorme, con varias mesas, todas ocupadas. Siento que tengo hambre, que en realidad me gustaría comer en otro lugar pero que no tengo tiempo. Se me acerca el mozo con una carta, y me dice que sólo puedo elegir entre tres platos diferentes, nada más. No me aclara que no haya otra cosa -es un restaurante grande, de comida rápida, vuelvo a poner, comidas fáciles y en abundancia, por lo que el menú debería ser más amplio, pero no: sólo se me permite elegir entre tres platos-, es decir como si sólo a mí se me vedaran todos los demás. El mozo entonces me abre la carta para que sólo pueda ver una parte de ella, pone el dedo para que no pueda pasar las páginas, y allí hay efectivamente tres platos, con sus fotos. Curiosamente, los nombres de los platos son de tres ciudades en las que nunca he estado: Bahía Blanca, Balcarce y la restante no la recuerdo con exactitud, pero creo que era Mar del Plata. Vaya a saber por qué estos platos tenían nombre de ciudades, siendo, repito, que el restaurante era de comida rápida, no de “sabores regionales” o algo como eso. Aclaro que no sé tampoco en qué localidad se encontraba el restaurante, nunca había estado allí. (Para ser justos, debo decir que sí he estado en Mar del Plata, a mis siete, ocho y nueve años, en tres veranos consecutivos, pero como no me acuerdo absolutamente nada de ella y sé que lo que tengo en la cabeza son más bien fantasías de la ciudad y no propiamente recuerdos, bien puedo decir que nunca estuve en Mar del Plata, o que estuvo otro que no era yo.) Bueno, entonces: el mozo me urgía -porque verdaderamente me apremiaba- a elegir entre Bahía Blanca, Balcarce y Mar del Plata -supongo-, me lo decía con mal genio, apurándome, y yo titubeaba frente a la carta, porque ningún plato me parecía apetitoso, por más que tenía hambre. Relojeaba lo que comían otros comensales, que no me prestaban ninguna atención, y todos ellos parecían estar comiendo platos más deliciosos, por lo menos en colores. Las fotos de mis platos, Bahía Blanca, Balcarce y Mar del Plata -creo-, estaban en blanco y negro y no sé bien qué contenían, pero no eran para nada agradables. Entonces estoy a punto de señalar una de las fotos con el dedo, sin convicción pero pronto a salirme del problema, y ahí fue cuando el imbécil estacionó su camioneta frente a nuestra ventana con la música a fondo y el sueño se diluyó.
Si bien carezco de la facultad de recordar mis sueños con detalle, y aún de recordarlos en absoluto la mayoría de las veces, creo tener cierto grado de apreciación para saber qué significan. Sin embargo, esta vez se me hace difícil. Por más que he estado pensando en lo que va de mañana, nada claro viene a mi mente. Que haya tenido que elegir entre tres cosas que parecían no gustarme seguramente tiene que ver con el miedo de que alguna vez se me presenten opciones no queridas para resolver algo en mi vida -a lo mejor en lo inmediato-, ninguna de las cuales me resultará satisfactoria por entero, por más que las elija yo mismo. Pero no imagino qué desiciones podrían ser esas, y al menos en lo inmediato no avisoro tener problema de esta clase -o a lo mejor lo sepulté y el sueño responsable me lo trajo de vuelta. Que el mozo me mostrara sólo tres opciones y el resto de los comensales haya podido elegir entre un amplio abanico de sabores debe de obedecer a que me creo limitado de alguna manera, o bien por mis pobres dotes o bien porque me creo superior: como si el mundo estuviera en mi contra y todos se complotaran para amedrentarme, ningunearme o apocarme. Que haya estado en un lugar desconocido y solo, no puede significar más que miedo, mucho miedo, el miedo de estar atrapado y sin ayuda en una situación hostil: el temor del que encuentra enemigos en todos lados, o bien el temor del que se cree un incomprendido (un miedo o presunción que remite a lo anterior). Que haya estado en un restaurante de comida rápida le da un toque pesadillezco al sueño, porque nunca elegiría uno de esos para calmar mi hambre, pero también puede ser otra cosa: ¿una “ilustración”, quizá, de mis pocas facultades/capacidad de elección/probabilidades de éxito/probabilidades de satisfacción? Ahora bien, el hecho de que los platos supuestamente horribles se hayan llamado como tres ciudades que no conozco no sé a qué puede deberse. Lo que más me extraña es que nunca haya pensado en esas ciudades para un futuro viaje. Es decir, no está en mis planes conocerlas. Aunque dicen que en Mar del Plata se come bien.

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