Skip to content
abril 16, 2012 / Roberto Giaccaglia

Abril morado

Habré visto unos cuarenta minutos del programa de Lanata, o casi. Muy gracioso. Había un tipo que imitaba al vicepresidente, calzado con una guitarra, la sonrisa y la cara de piedra habituales en el verdadero. Se paseó con el periodista por Madero Puerto, cagándose de risa de lo bien que la estaba pasando, etc. Después mostraron a un jubilado que aparece como apoderado de no sé qué empresa gráfica que será la encargada de emitir billetes, por gracia del gobierno argentino, que le encomendó la tarea. Luego una periodista -también muy simpática- nos anunció que el departamento del vicepresidente en realidad es más caro de lo que él dice que es, y que cobra por él un alquiler que tendría que ser -también- más caro de lo que en realidad es, etc. Chocolate por la noticia. Vi hasta ahí. Lo que sí me gustó mucho fue el monólogo. Recordó su primera denuncia de corrupción contra el gobierno actual -el del marido de la Jefa, pero bueno, es igual: es el gobierno que todavía está-, su relación con la televisión, la cantidad de martinesfierro que ganó, y una buena frase: que quienes lo premian son los mismos que después lo echan. Además de eso, los “cambios” sufridos por varias personalidades del gobierno, que antes estaban en contra de Menem y ahora no, que antes estaban con Magnetto -el villano de los X Men- y ahora no, que Duhalde esto y Moyano lo otro, etc. En resumen, habló de sí mismo, porque hablando de lo “mal” que se portan los demás, hablaba de lo “bien” que los señaló él oportunamente. Es un adelantado, y lo demuestra en el presente, mirando hacia atrás. Algo como ¿Viste?, yo sabía.
El problema del periodismo -al menos en Argentina- es que sólo puede convencer de sus virtudes al que ya está convencido. O sea, del “chiste” disfruta el que va a la sala a reírse. El otro no, el otro sigue amargado. Si Lanata habla de que es una pelotudez hablar bien de Cámpora y después joderle la vida al único tipo que había estado con él -Righi-, para defender a otro que desde su ideología estaría a varios kilómetros de distancia en la vereda del frente -Boudou-, sólo se van a reír y aplaudir los contreras del gobierno (o por lo menos los que sepan quién fue Cámpora). A los otros les importa tres pitos, a los fervorosos del gobierno y a los demás, la gente de a pie, que a esa hora ve el resumen de los goles de la semana.
Ah, y durante el monólogo se rió de Florencia Peña (con un chiste malo).
Cuando veía a la tribuna que lo había ido a ver, a Lanata, digo, y los veía celebrar sus chistes -a algunos tardaron en cazarlos, como cuando dijo que deberían darle YPF a Analía Francín… quizá porque nadie sabe quién es, yo incluido-, no podía dejar de pensar en otras tribunas celebratorias, muy vergonzosas… también. ¿El periodismo se trata de esto, de tener una “hinchada”? No sé, pero yo siento que Lanata no le habla a todo el mundo -así como, claro, los de 678 tampoco le hablan a todo el mundo-, sino sólo a sus adláteres, que podrían resumirse en, digamos, la clase media con pretensiones o media/alta de veintipico hasta cincuenta y tantos, ilustrada, de gustos más o menos refinados, que vive en grandes ciudades y habita de esas grandes ciudades barrios no precisamente marginales. Así, cada cual por su lado, 678 y Lanata no terminan siendo otra cosa que bufones de determinada clase social, separada estas clases en parte por los ingresos mensuales de cada una y en parte por su formación.
El bufón en la Edad Media era el tipo -el tipito, por lo general-, que, graciosamente, le hacía llegar la realidad del mundo exterior al poderoso que lo empleaba o lo mantenía. O sea, el “cliente” se divertía mientras se informaba, para lo cual, por supuesto, el bufón debía encargarse de no contarle al cliente cosas de más, o sea de no hacerle saber nada que pudiera molestarlo, tarea para la cual -para amenizar las noticias- hacía uso de chistes, frivolidad y, en fin, de estupideces varias. Todo muy sano, inocuo y divertido. Sobre todo inocuo.

A %d blogueros les gusta esto: