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abril 18, 2012 / Roberto Giaccaglia

Escenas eliminadas

Malditos sean todos, diría Levrero. Unos días atrás empezó a salir agua de nuestra vereda. Este tema -el del agua- ha de ser el punto en el cual las brujas que nos odian clavan diariamente sus alfileres, pues nuestros tormentos tienen que ver mayormente con eso: el agua, y no cualquier agua, sino agua servida, es decir con caca, pis, y cualquier otra cosa que el usuario decida echarle. Y como salía esta agua, nos quejamos y hoy aparecieron unos tipos y se pusieron a romper. Y rompieron, ya lo creo que rompieron.
Como dicen los chinos, Si algo está mal, déjalo antes de que empeore. En realidad no decían eso, o decían algo parecido, pero por lo menos es la frase que me sirve ahora. Así que rompieron, los chinos, porque trabajan como chinos realmente, es decir por monedas y sin saber muy bien lo que están haciendo, y el agua pareció entonces liberarse, aflorar en todo su esplendor. Encontraron un caño roto, sí, pero no saben de dónde viene, y ahora este caño, sin la opresión de ese tramo de la vereda sobre él, un tramo que ya no existe, a la vista y nariz de todo el que pasa por allí larga su putrefacción para que todo el mundo pueda verla/olerla. Muy lindo todo, muchas gracias.
Quizá deba aprender de Pilar Sordo, y hacerme fuerte en los problemas, entender, como ella quiere que entendamos, que los inconvenientes vienen a nosotros para hacernos mejores. Pero la verdad no le estoy dando mucha pelota al autoayuda últimamente. Estoy como para eso. Me siento mejor, la verdad, leyendo a Levrero, un tipo a quien también le pasan cosas y que confía, no sé si como Pilar Sordo, ya que estamos, pero sí como muchos de sus colegas, en la percepción extrasensorial. Los sueños le “hablan” a Levrero, así como le “hablan” las cosas y, desde lejos, las personas con las que está más o menos conectado. Me pregunto seriamente qué pensaría alguien como él de esta serie de casualidades que tienen que ver con el agua y que se empeñan en terminar con nuestro negocio. Si el tipo es capaz de “captar” en el aire o en su estómago cuando algo que esperaba está por suceder -por ejemplo la llegada a la librería donde compra de ciertas novelas policiales a las que es adepto-, me imagino que podría ser asemesmo capaz de leer hechos concatenados de forma tal de encontrarles una explicación no-lógica, contraria a la razón, sin buscarle la vuelta a esas aburridas relaciones de causa y efecto.
No sé, pero yo noto que algunos nos miran con envidia, qué querés que te diga. No quiero meterme en algo que no conozco, pero esas miradas torvas a mí me dan mala espina. Pero en realidad no es eso. Uno no le “teme” de por sí a la envidia, o al mal de ojo, o esos deseos ajenos que por alguna razón uno sabe que no son buenos. Lo que sucede, simplemente, es que ante las pequeñas desgracias, y sobre todo las que están a la vista, uno se molesta, entre otras cosas, por el “disfrute” que los dueños de esas miradas experimentan al contemplarlas. Es como verlos triunfadores, encima de una batalla que nunca se dio. Una vez leí un cuento estupendo de un tipo que deseaba mucho matarse, pero no lo hacía para no satisfacer a todas las personas que sabía que lo odiaban. Esos gustos no hay que darlos. Y como por nuestra vereda pasa mucha mala gente -dos o tres, pero eso ya es bastante- al desánimo de encontrar problemas se suma lo que uno cree que está pasando por la cabeza de ellas: Ja, tomá, te lo merecías.
Todo esto no habrá de conventirme, aunque en cierta forma me gustaría -porque en algo hay que creer-, en acérrimo creyente de las virtudes mágicas de la sal, el azufre y el vinagre, sustancias que nombro porque son las primeras que se me vienen a la cabeza, ya que he visto cuánto sufre o cuánto confía la gente que se las encuentra sorpresivamente -en un caso- o las emplea -en el otro. A mi viejo, cuando se compró un auto -un 404 blanco-, un vecino le tiraba sal gruesa en la puerta del garage. La manía le duró unas noches -encontrábamos la sal al otro día-, y mi vieja se ponía como loca. Otro vecino, ya muchísimos años después, tiraba por las madrugadas vinagre a las plantas que había puesto su mujer en el jardín -yo lo espiaba por la ventana de mi depto, tomande mates, que usaba para quedarme despierto a estudiar-, con la esperanza de que su mujer volviera a quererlo. El mismo que se espantaba ante la presencia de azufre, por creer que era una clara señal de que alguien con pretensiones de dañarlo andaba rondando. Lo cierto es que mi viejo nunca chocó con ese auto y que la mujer de aquel vecino nunca volvió.
Hay pocas cosas más pintorescas que el estudio de las supersticiones, así como ilustrativas del género humano. Con todo, al menos para explicar el noventa y nueve por ciento de las cosas -malas, absurdas, terribles- que pasan en este mundo me inclino más bien por analizar esa condición inherente al hombre como bestia que es: la estupidez, la lisa y llana estupidez. Un caño no se rompe porque sí, o por fuerzas extrañas, así como un techo no se abre a la lluvia por hechizos o magia negra, una cámara séptica no inunda un negocio por malos deseos o Cristina Fernández obtiene la reelección.

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