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abril 19, 2012 / Roberto Giaccaglia

Mi próximo movimiento

Hoy empecé a leer la última novela de César Aira. Bueno, quién sabe. Tal vez al momento de escribir estas líneas ya publicó cuatro más. O sea, 4. La edita, a la que tengo y creo la última, Mansalva, una editorial que parece medio artesanal. En serio, en el librito Y Pasavento ya no estaba, de Vila-Matas, se nota que a mano, sí, ¡a mano!, alguien escribió la “y” de la palabra “ya” en el lomo, porque se ve que se les pasó por alto en la diagramación. Dentro del libro -ese de Vila-Matas, un español que lo único que sabe es de escritores, y que se hace todo el tiempo el que no escribe- hay más “salvedades” a pulso por el estilo. Pero lo dejemos ahí, diría aquel periodista al que fotografiaron con un huevo afuera. ¿En qué estaba? Ah, sí, la novela de César Aira. Se llama Festival. La tapa es muy fea, la podría haber hecho yo, o alguien con peor gusto. Bueno, no importa. Llevo leído: 36 págs. Es bastante, todo seguido y como apurado. Bueno, es César Aira. Tal vez el único escritor que mientras escribe nos va detallando la teoría en la que se basa su literatura. No cualquiera. Y para colmo lo hace sin querer, o como si. Me resultó muy graciosa porque mientras leía tenía a la revista El Amante en la cabeza, esa de cine. Es mejor nombre para una revista de swingers, es cierto, pero bueno, es de cine. ¿Sale todavía? Por acá donde vivo no se consigue más. No importa, ya no la leería. Como quien dice, ahí escribe gente que no me interpela, viste. Pero bueno, Festival, entonces, me hace acordar a El Amante, la revista de cine. Todo muy snob, pero en joda, en plan de tomadura de pelo. Voy a tratar de resumir las treinta y seis páginas que llevo más o menos incorporadas a mi retina endocraneal. Un cineasta europeo indie a propósito viene a un festival de cine -en Argentina uno supone, aunque no se especifica la ciudad, a no ser que la haya pasado por alto-, y trae a su madre nonagenaria consigo. Esto trae aparejado problemas de movilidad, digamos, y de disponibilidad del cineasta, a quien los organizadores del festival lo persiguen para tomarse un café, mostrarle el libro que alguien hizo sobre su carrera, hacerle mil preguntas, etc. La vieja se queja todo el tiempo. Pero el libro no es sobre las quejas de una vieja madre de un cineasta que hace películas inentendibles que sólo disfrutan los snobs de un país lejano -este-, sino sobre no sé todavía. Porque después de comentar los pormenores que sufre el festival por culpa de la vieja -metiche, mala onda, etc.-, el libro pasa a ahondar sobre el fanatismo que producen en los snobs las películas de este director europeo e indie a propósito -figura con la que se ilustra a otros tantos, europeos o no-, con lo que habla solapadamente o no del amor de la crítica de cine “intelectual” por el cine difícil, al mismo tiempo que casi sin que nos demos cuenta pasa a hablarnos sólo de cómo funciona esta clase de crítica, la clase de “arte” que fomenta y cuán extremistas pueden llegar a ser sus cultores, casi unos nazis del arte o de lo artístico, para practicar luego una suerte de teoría o hermenéutica de cierto tipo de cine, o de arte, ya que estamos, todo lo cual así dicho parece como medio enrevesado pero no, para nada, porque Aira lo que hace en realidad es joder todo el tiempo. Un tipo que escribe tanto no se puede tomar nada en serio, o casi, a no ser, repito, su propio arte, que a fin de cuentas debe de ser lo único que le importa. Hasta ahora me está gustando mucho.

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