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abril 23, 2012 / Roberto Giaccaglia

Acá falta un Harrier

Anoche me puse a ver Tinker Tailor Soldier Spy, pero habré visto unos veinte minutecos, nada más, porque mi mujer me llamó para ver Lanata. Alcanzó para que entrara en acción -si puede decirse así-, el maestro Gary Oldman, hizo poco, pero su sola presencia, tranquila, hasta pasivamente, llenó la pantalla por un ratito y mejoró la película -que después de todo no había arrancado mal, es de espías, y se sabe lo quietos que pueden ser los espías… Así que… Qué actorazo, Lanata. Ah, no, qué estoy diciendo. Qué actorazo, Gary Oldman.
El programa de Lanata. Mmhh. Su monólogo me gustó menos que el de la otra vez. Esta no me reí. Finalizó con una brabuconada casi: Fumo porque no soy hipócrita, terminó diciendo. A cuento porque no sé qué gobierno -si municipal, provincial, nacional- amenazó con cerrar el canal -no será mucho?- porque el tipo fuma en un lugar cerrado, y… ¿público? Claro, claro, como él “fuma en la vida”, fuma en la tele, que es parte de su vida. ¿Y? Yo me tiro pedos en la vida, pero no delante de los clientes.
Bueno, no importa, pero no se puede hacer de semejante actitud (Ay, yo fumo en la tele, viste) una especie de declaración jurada de su cuantía como hombre. Y digo “hombre” porque cuando un ex intendente de Kalafate -¿se dice así, no?- lo trató de “puto”, se apuró en aclarar que tiene mujer. ¿Y? Primero que se puede ser perfectamente puto y tener mujer, o dos, y segundo que no habría por qué aclarar un carajo con respecto al tema, como si fuera la gran cosa.
Yo quería que me explicara lo de YPF, lo bien o mal que le hace al país la expropiación de la presi, pero no: Lanata se fue a Kalafate, a visitar hoteles cuya dueña sería Cristina. Todos muy lindos. Pero, ¿no cansa ya esto de mostrarnos la suntuosidad en la que viven los poderosos? Para eso está la revista Caras. Yo no sé qué es el periodismo, ¿pero es esto? Decir que un presidente es dueño de tal o cual majestuosidad, no cambia mucho las cosas. (Después de todo la presi nunca se la dio de humilde.) Vamos a ver, que roban ya lo sabemos todos. Que compran tierras, ya lo sabemos todos. Pasearse por ellas no dice nada a nadie. Los payasos de 678 dirán que está en su derecho de comprarse lo que quiera, y que lo que gasta se lo ganó trabajando; los contrarios, en cambio, instalan la sospecha -o la certeza, lo mismo da-, de la cual sólo se hace eco una tribuna parcializada. Los que quedamos en el medio, estamos en bolas: nadie nos dice qué pasa con YPF, si al país le hace bien, le hace mal, o qué viene a futuro, etc., por qué estamos como estamos, a qué aspiramos como sociedad, etc. NADA. Los programas políticos no son pues “programas políticos”, sino policiales, y si a esta actitud de persecución de riquezas le sumamos encima la chanza y las bromas malas, el programa policial termina siendo de chimentos, con lo cual en un fututo cercano los “periodistas políticos” bien podrán competir por el Martín Fierro con esos programas de la siesta que se preguntan si es cierto que Juanita sale con este, mientras la embarazó aquél.
Bueno, pero qué lindo es Kalafate, eh. Eso sí: los que atienden los comercios son en su mayoría una mierda de atentos. Estuvimos allí hará cosa de año y medio. Muy lindas vacaciones, muy lindos paisajes, pero repito: los empleados o bien dueños de comercios atienden con una cara de culo y unos modales que ya quisiera para mí mismo en mis peores días frente a los malos clientes. En algunos casos, lo juro, parecía que entrábamos a molestarlos.
Entre nosotros surgió una explicación en los primeros días, que luego se corroboró con un pequeño trabajo de campo: casi la totalidad de los que atienden mal, vienen de afuera del pueblo, de otras provincias, sobre todo de Buenos Aires y de Santa Fe. Los que atienden bien, son gente del pueblo, que ya estaba de antes del boom turístico-poblacional. Es decir, los comerciantes que hay en Kalafate en plan de aventura comercial, que no saben nada de atención al cliente, y a quienes los turistas en realidad los hartan, no ilustran o son un ejemplo de la gente de Kalafate, sino de lo peor de las provincias del medio para arriba. Cancheros mal, digamos, tipo Narda Lepes y sus amigos, insoportables, superados. Mientras que los de Kalafate en su enorme mayoría son cordiales y atentos.
Y te voy a dar un dato, Lanata, no por ser cordobés superado o canchero mal, sino porque, justamente, la gente de Kalafate nos lo dijo, ante nuestra ignorancia. Hay un lugarcito en Kalafate que te habría sorprendido más que los hoteles que visitaste.
Te faltó recorrer un predio -¿parque? ¿estancia?- hermosísimo, que parece que es de nuestra señora presidenta -la envidio señora, mire lo que le digo. (Ojo que no tengo intenciones de calumniar, eh. Repito lo que se corría en el pueblo: que el predio llamado La Usina es propiedad pues de la presi. Y es grandioso.) Mirá Lanata, si te parecieron gran cosa esos hoteles donde estuviste, Alto Calafate y otro más que no recuerdo -en uno de ellos quedaste medio lelo cuando supiste que debía usarse un carrito de golf para recorrerlo-, no sabés lo que te perdiste al no ir a La Usina. Una ma-ra-vi-lla. Un lugar de ensueño, difícil de describir, con un arroyo que corre manso por las piedras, en medio de un bosquecito con el que ni Caperucita Roja y el lobo soñaron alguna vez, enormes extensiones de pinos y más pinos, un césped a la entrada que parece venir de la cancha del Manchester United, pero mejor, con el agregado de florecillas amarillas salvajes, una casa de té-restaurante construida en chapa y madera, con un balcón en el que sentarse a ver montañas, el arroyo, los pinos, y respirar el aire más puro, y una comida en ese restaurant y casa de té que para qué te voy a contar. Y la atención del personal, otro lujo. En mi vida me encontré con personas más amables. Hasta era demasiado, en serio, estábamos asustados, parecíamos reyes. Uno los veía trabajar y pensaba que o bien están todos locos -estamos acostumbrados a la amargura- o les pagan fortunas.
Bueno, todo eso, que es mucho, parece que es de la presi. Cuando charlando con la gente del pueblo, con los del hotel, por caso, les decíamos que teníamos planeado visitar eso que se llama La Usina, nos decían: Ah, sí, es de la Presidenta, muy lindo, vayan que la van a pasar muy bien. Y ya lo creo. Sorpresivamente, no era caro. Para nada, un regalo casi con todo lo que ofrece y la categoría que tiene. Y más sorpresivamente aún, no había nadie. Pero nadie, nadie. Ni un alma. Muchos empleados, encargados del restaurant-casa de té, de los caballos, de la limpieza, de los paseos en una especie de areneros -que no son areneros-, de las huertas (la ensalada te la hacen con verdura de ahí, man) y de los jardines y de qué sé yo cuánto, pero ningún cliente a no ser nosotros. Estábamos como en el patio de casa -sólo que unas cuantas hectáreas más grande. Lo que quizá tenga que ver, Lanata, con eso que dejaste deslizar: que en Kalafate hay muchos hoteles, pero todos desocupados… ¿por qué? ¡Misterio! ¿Inversiones “fantasma”, quizá? Mmhhh, ¡más sospechas!, ¡más intrigas!
Más novedades en el próximo numero de revista Caras. Periodismo para todos.

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