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abril 27, 2012 / Roberto Giaccaglia

El alma de Gardel

Qué grande cómo acaba de estacionar su auto el pelado de la pescadería. Yo calculaba, desde mi mostrador, No entra, Mmhh, ahí no cabe, y cosas así, pero me equivoqué, porque maniobrando maniobrando, que adelante, que para atrás, logró meter el Ford Focus entre dos estacionados que ni idea de cómo lo hizo. Parece metido con calzador.
Estacionar hacia atrás es un arte no menor, impracticable para algunos, del cual se ufanaba, por ejemplo, el bueno de George en la serie Seinfeld: incluso decía despreciar a los que estacionan apuntando la trompa del auto, aprovechando un espacio grande, por delante de ellos. Yo soy de esos. Si no encuentro delante de mí unos diez metros libres, por lo menos -si no más-, sigo y estaciono el auto a tres cuadras, no me importa.
El bueno de George se ufanaba de su habilidad y a mí no me parecía despreciable que lo hiciera, en las cosas mínimas hay despojos de realidad inapreciables que no se encuentran en otro lado. Cada cosita de nosotros lo dice todo. Y en todo caso me parecen más creíbles las personas que sacan a relucir habilidades de todos los días que aquellas que nos refriegan grandes epopeyas.
Por otro lado, es mucho más sencillo narrar una gran epopeya que una batalla épica con el manubrio de un Ford Focus. Es más, si se me apura, diría que si me pongo a escribir no es para otra cosa que para rescatar la presunta intrascendencia, esa que tanto molesta cuando uno es joven y ve en la comodidad de los demás la falta de aspiraciones que no quiere para su vida.
No por eso, por supuesto, dejo de fijarme en las grandes obras de la humanidad, la pelea de Bonavena-Alí, o los primeros discos de Iron Maiden. Ante cosas así es difícil que alguien saque a relucir lo bueno que es para estacionar, pero en realidad sería mucho más despreciable que ante ejemplos de grandes proezas se sacara a relucir alguna otra, una de tales cualidades, por ejemplo, que nos hiciera creer que tenemos en realidad algo mayor para comparar. A veces sólo es posible el silencio, aunque sea para no alentar eso tan feo que es la competencia y porque, mayormente, pocos argumentos en contra atendibles habrá para quien está convencido del valor del objeto de su admiración.
No hay nada como dejar que la gente se exprese, hable cuanto quiera, sin presentarle luego alguna otra maravilla que compita con lo que acaba de narrarnos. Es un valor cívico quedarse callado, y demostrar acaso admiración o por lo menos sorpresa ante lo que nos narran, por más mínimo que nos resulte o no veamos en ello mérito alguno. Las buenas charlas -como las buenas novelas- sólo son posibles cuando uno aprende a escuchar. De ahí que ciertos “narradores” produzcan escritos tan insulsos por más que nos estén contando hazañas, amores, guerras o descubrimientos insólitos, y no sólo eso, sino que usen para tal cosa enormes libracos que suceden en remotísimos lugares, París, Congo o Gaza, por poner un par -trío- de ejemplos. Y otros tantos nos mantengan aledados contándonos casi nada, como por ejemplo la historia de un tipo solitario que se roba un paraguas porque lo cree oportuno -afuere llueve.

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