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mayo 1, 2012 / Roberto Giaccaglia

El cazador del solitario corazón

Voy leyendo un libro de Fabián Casas, probablemente trucho. No el libro, que presumo estará escrito con toda la verdad y el despojo de los que es capaz su autor, sino la impresión. Lo compré en uno de los puestos de libros de la Av. Santa Fe. Debe de estar hecho en algún taller clandestino. Salió barato y algunas de sus hojas están en blanco. Supongo que me lo merezco.
Por el camino van pasando estaciones de servicio vacías y puestos de choripán. Los puestos de choripán, y de panchos, y de pizzas express, tienen luz. Y gente. Una gomería dice 24 hs. y también tiene luz y gente. Nada más. El resto parece un campo de batalla de una ciudad irreal, de una guerra que ocurrió hace muchos muchos años.
Acabo de tomarme un whisky, nacional seguramente. Pero cualquier whisky está bien si todo está en penumbras y se está yendo a 100 km por hora. Es uno de esos momentos en la vida en los que se puede pedir poco más.
Mi mujer, al lado, mira una película con John Cusack, que hace de padre viudo o soltero o algo, con dos chicas a su cargo. A veces ríen, todos, a veces lloran, todos, pero siempre se están abrazando. Veo la película de reojo porque me llama más la atención la penumbra de afuera. Ahora que dejamos atrás la ciudad, e incluso los suburbios, todo parece haber sido consumido por la nada. La nada creció y es esto donde ahora estamos viajando.
Hay sí un par de luces en mi cabeza que me permiten escribir en las páginas en blanco donde deberían estar los poemas de Fabián Casas que no están. Supongo que mucho no importa, porque yo no leo poseía. Quiero decir, he leído en mi vida algunos poemas, pero sólo eso, y curiosamente o no, todos ellos se parecen a los de Fabián Casas, por lo menos a los que sí salieron impresos. Aunque nunca es tarde para empezar.
Venimos de un viaje de un par de días, placentero y tranquilo. Caminamos mucho, fuimos a la feria del libro, conocimos a un par de autores de libros para niños, la pasamos bien. Y yo hice lo que hacía rato no, compré libros. Ahora que somos libreros los libros los conseguimos de otra manera, así que por ahí quedó esa sensación de rebuscar en los estantes, encontrar algo, ojearlo y llevarlo a la caja, pagarlo y salir con la bolsita. Bueno, acá está, era así. Compré algo de Bukowski, que acaba de salir, algo de Yuri Herrera, algo de Simon Reynolds, algo de Carson McCullers (porque me enteré de que le gustaba a Bukowski), y este de Fabián Casas, donde estoy escribiendo porque vino fallado. Pero claro, al de Fabián Casas no lo compré en la feria del libro, sino al frente, en una feria más bien clandestina, sin Dolina firmando ejemplares y sin glamour.
Me apuro en decir que el de Fabián Casas no me pareció trucho de entrada, sino de saldo, qué sé yo -nadie lee poesía, así que bien podía ser de saldo-, o en el peor de los casos usados, pero no trucho. Aunque debí haberlo visto venir. Había un montón de libros truchos. Se notaban por los colores de las tapas: o demasiado vivos, o demasiado opacos, falsos en cualquier caso, difusos. Muchos de ellos eran directamente una tomadura de pelo. Pienso que alguien debería investigar de dónde vienen y desbaratarlos. Debe de ser una gran industria, es decir una gran mafia. Puede que las editoriales sean unas cochinas ladronas, no digo que no, ¿pero estos tipos qué son? Se llevan plata imprimiendo cosas de otros, pero no le roban sólo a la editorial y al escritor, sino también al lector, que se lleva basura a su casa: tapas con otro color, impresión de cuarta y a veces las hojas en blanco. “Lo barato sale caro”, decía mi vieja. Y si alguna vez la pobre tuvo razón en algo fue en eso. Y aparte es capaz que exista como en cualquier negocio ilegal, trabajo esclavo. Si se venden ropas baratas en La Salada no es porque los vendedores ahí sean más buenos con el cliente y quieran ganar poco, pobres diablos, sino porque los proveedores de esas ropas usan gente desesperada. Andá a saber, entonces, en qué condiciones se trabaja en las imprentas donde salen los libros que compran los avaros y/o los boludos desprevenidos como yo, mientras el dueño de las máquinas o del saloncito seguramente miserable se llena de plata.
Lo nombré a Dolina recién y esa es otra cosa que quería decir: ¡lo vi a Dolina! Por primera vez en la vida. Pensar que era mi ídolo. Y lo fue durante mucho tiempo, y me acompañó durante un montón de noches. Por lo menos del 95-96 al 2000-01 no hacía otra cosa de 12 AM a 2 AM que escuchar a Dolina, a veces tomaba mate, a veces tocaba la guitarra, a veces hacía como que estudiaba, pero siempre siempre escuchaba a Dolina. No me perdía un programa, pero ni uno. Después, a partir del 2002-03, le fui perdiendo el gusto. No sé qué pasó. El siguió siendo el mismo, así que supongo que habré cambiado yo, para bien o para mal. Pero ahora, gracias a mi visita a BsAs, pude verlo firmando ejemplares de su novela -había una cola larga, larguísima-, mi mujer le sacó unas fotos, gritó su nombre para que posara pero no dio bola, gracias a haberlo visto, quiero decir, recuperé de la memoria el cariño que sentía por él, así que voy a ver si lo pesco una de estas noches.
Es cierto que durante estos días pude haber escrito en el blog, no dejar tan abandonado el diario, porque siempre ocurre algo, etc., porque después de todo mi hija llevó su netbook y bien pude escribir desde ahí, y subir inmediatamente, pero una) que las teclas de la netbook son la verdad una porquería, como gomitas de borrar, y ahí no se puede escribir, y otra) que llegaba muy cansado a la noche y no tenía otras ganas que las de tomar algo y dormir. Ahora en cambio es distinto, porque no estoy frente a una pantalla o unas teclitas, con los ojos secos y los nervios colmados de tanto errarle a las letras, sino frente a las páginas en blanco que el tipo encargado de la impresión de Horla City y otros se olvidó de imprimir. Donde debería haber poemas de Fabián Casas hay ahora el diario en progreso de uno que va viajando, lo que son las cosas.
Ahora mi hija duerme al lado de mi mujer, con gusto, los auriculares enchufados en la orejas, con algún éxito pop dentro de sus sueños, y quizá me ponga a dormir yo también.
Acabamos de pasar por un peaje y del peaje han salido niños y mujeres que han pedido comida a los choferes del colectivo. El colectivo abrió sus puertas y le dieron a los niños y a las mujeres una bolsa de consorcio con comida. Les dieron sobras, quiero decir. Y después arrancamos y a los niños y a las mujeres con su bolsa de consorcio los tragó la noche o la distancia. O nos tragó a nosotros.

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