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mayo 3, 2012 / Roberto Giaccaglia

Bigote delator

Parece que el viento corre a la gente. Desde acá veo eso. Por lo menos estoy más tranquilo. Ayer fue un día de mierda. Por culpa de una impresora (Canon PIXMA 410) pensé que me iba a dar un ataque cerebral, o un accidente cerebro vascular, o como se llame esa ¿patología? ¿enfermedad? ¿suceso inesperado? tan de moda últimamente. Hace unos años, en la época del corralito, estaban de moda las úlceras, pero ahora es otra cosa. Vaya uno a saber por qué los nervios de esta época afectan a otras partes del cuerpo. Aunque estoy explorando -a veces a desgano, como una obligación- varios libros de autoayuda, no hay ninguno que me explique muy bien los motivos. Ya dejé dicho en algún momento que el libro de Sergio Sinay hace bien poco por aclarme las dudas al respecto, o las preguntas que tengo. Ahora voy a entrar en un capítulo que se llama “Vocación, Responsabilidad y Espiritualidad, Tres herramientas básicas”. Me temo lo peor.
Sinay habla del alma. Por supuesto, no explica qué cosa es, nadie lo sabe en realidad y no hay después de todo explicación alguna, siendo, como es, una categoría poética de la que nos valemos cuando nos quedamos cortos de palabras. Así las cosas, la palabra “alma” puede decir muchas cosas cuando queremos decirlas usando poco texto o cuando, repito, no tenemos manera de explicarlo. Por ejemplo, Adele canta con “alma”. Por ejemplo, un buen trabajo, algo que nos guste hacer, según Sinay, satisface el “alma”. Eso que llaman “alma”, como todas las cosas, apuesto, debe de estar alojado en alguna ramificación neuronal: la misma que nos tironea para hacernos llorar, o nos da patadas en el orto para hacernos reaccionar o, en fin, nos hace cosquillas debajo de los zobacos para hacernos reír. Sucede, eso sí, que algunos tienen dicha ramificación más entramada que otros. Así, las “emociones” se les confunden, o no son las apropiadas en el momento adecuado, mientras que las de otras personas serán más pobres o penderán de un hilito minúsculo, con lo cual, digamos, no reaccionan ante nada y no hay nada pues que las emocione o les haga mover algún músculo de la cara. Por ejemplo, las cajeras de supermercado, las/os de los Rapipago y las/os de las cabinas de peaje.
Es absolutamente comprensible carecer pues de “alma” algunas veces. Si uno se pone día tras día, hora tras hora, a hacer algo que no le gusta, como sentarse a pasar por un scaner boletas y/o productos varios, cobrando y dando vuelto, así, día tras día, hora tras hora, es muy probable que esas ramificaciones que nos tironean, dan de patadas y provocan cosquillas se atrofien un poco, se sequen, se resquebrajen y al cabo de unos cuantos días con sus horas no seamos capaces de expresar emoción alguna. Ni de saludar siquiera.
Sinay cita a Thomas Moore -se la pasa citando, ya lo dije-, quien decía que el sufrimiento en el trabajo ocurre cuando se lo hace sin amor. Estamos de acuerdo, pero hete aquí que en la enorme mayoría de las ocasiones trabajar nada tiene que ver con nuestros talentos, inclinaciones o aptitudes, sino meramente con el sustento, cobrar un sueldo a fin de mes, obtener un seguro médico, esas cosas. El “amor” no cuenta, no suele presentarse ni pasar de lejos. Cómo es que algunos se las arreglan para ser felices pese a todo esto, es para mí un misterio, y supongo que tendrá que ver con cierta condición inherente a la persona, un gusto por la vida que se encuentra más allá de toda expicación, hombres y mujeres que resultan una extrañeza y que tal vez sólo puedan ser definidos ilustrándolos con el “espíritu” o “alma” -ya que estamos-, que anidaba en Cándido, aquel personaje de Voltaire para quien todo estaba bien todo el tiempo, porque, sencillamente, nada podía ser mejor que lo que estaba ocurriendo. Para Cándido no parecía haber alternativas -las cosas ocurrían porque debían ocurrir, y él estaba donde debía estar-, y de ahí curiosamente su felicidad, su gozo. Por supuesto, esto se traduce en conformismo, palabra cruel donde las haya, al menos en este siglo, al menos en estos tiempos, que no son los de Voltaire y donde los Cándidos son cosa rara. Es difícil conformarse con una Fiat 147 si la publicidad nos dice que seremos superiores arriba del último Corolla, por ejemplo, y nos lo dice todo el tiempo, pero el consumismo es sólo una de las patas del problema, que parece un elefante cruza con cienpiés, de lo grandote e inabarcable que resulta.
En cierta forma, Sinay, como más o menos Pilar Sordo, y como más o menos esas calcos o fileteados en la parte de atrás de los camiones desvencijados y de los taxis o remises, Sinay, digo, propone ser feliz con lo que se tiene. Como quien dice, “No tengo todo lo que quiero, pero quiero todo lo que tengo”. El dinero, el poder, las propiedades y la fama no significan nada. Lo que cuenta, al parecer, es tener la certeza de que se está haciendo lo mejor posible en el lugar que nos toca. Eso es lo que da sentido a nuestra vida, como la película de Spike Lee, “Hacé lo correcto”. Todo lo otro sin esto, no genera más que “vacío existencial”. Para colmar el vacío, nos dicen todos ellos, Sinay, Pilar Sordo, Spike Lee y las pintadas de los remises, hay que hacer del mundo un lugar mejor, para lo cual habrá que emplear a fondo y de la mejor manera posible nuestros atributos, a fin de mejorar la parte de mundo que nos toca. Por ejemplo, si a uno le tocó ser cajero de un supermercado, pues deberá atender a los clientes con una sonrisa plena, preguntarle por su familia, ayudarle a poner los alimentos y los artículos de limpieza en las bolsas, con los huevos arriba, para que no se rompan, y al despedirse, desearle suerte, buena jornada, y dejarle saludos para sus seres queridos. Así día tras día, así hora tras hora, con lo cual, al final, que llegará cuando deba llegar, el cajero de supermercado habrá visto que su vida fue bien vivida, su deber cumplido y su trayectoria exitosa, plena de sentido, pues le alegró el día a un montón de gente.
Se dice fácil. Pero andá a decirle a ciertas cajeras que cambien esa cara de culo.
Sin embargo mi mujer lo ha logrado en no pocas oportunidades. Tiene ese don. Les hace chistes, les bromea sobre tal o cual cosa, sobre un cliente que acaba de irse, por ejemplo, o sobre el clima o sobre lo que se le ocurra en ese momento, en los quioscos donde dice, por poner algo, “No se venden tarjetas telefónicas”, bien en grande, porque el quiosquero está hasta las pelotas que le pidan tarjetas telefónicas, es capaz de pedir, mientras el tipo le cobra lo que fue a llevarse, una tarjeta telefónica, para jorobar nomás… “Ah, y una tarjeta telefónica, por favor”, mientras se caga de risa. A veces funciona, la mayoría de las veces, digo, funciona, y el desanimado o pobre infeliz aburrido de pasarse el día detrás de un mostrador nos despide con una sonrisa, o por lo menos con la cara cambiada, esa que al entrar o ir a pedirle un paquete de yerba parecía con más ganas de putearte que de atenderte.
Pero ya me fui de tema. O tal vez no.

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