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mayo 4, 2012 / Roberto Giaccaglia

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Soñé que alguien me daba un auto. Era un auto pequeño, viejo, blanco y oxidado. Se le salían pedazos de chapa por todos lados mientras andaba. Le costaba arrancar, y cuando lo hacía llenaba todo de humo. De cualquier manera, estaba contento con el regalo. No era, exactamente, un regalo. La persona que me lo había dado -alguien a quien en el sueño parecía conocer bien, pero de la que no puedo hacerme una imagen ahora-, nada había aclarado en este punto. Tal vez fuera un préstamo, o tal vez quisiera deshacerse de él, no lo sé. Sucede que tampoco era de él el auto, sino de vaya uno a saber quién. Durante el sueño, varias personas -dos o tres, por lo menos-, me reclamaron el vehículo. Entre ellos, un chapista, que me decía -me gritaba más bien- que quién me había dado permiso para andar por ahí con el auto de su cliente. Esas cosas me las decía en plena calle, y a mí me daba mucha vergüenza, pero igual no me bajaba del auto y seguía. En un momento me lo quitó, mientras yo estaba en mi casa. Era una casa grande y vivía solo, con ciertas reminiscencias a la casa donde aún vive mi padre. Yo estaba preocupado porque con ese auto debía ir a buscar a mi madre, que estaba en casa de mi abuela. Las dos están muertas, y una de ellas -tal vez mi madre- me hablaba por celular, que la fuera a buscar, que ya no tenía nada que hacer allí y que se estaba aburriendo. Me lo pedía con cierta firmeza. Pero yo le decía que ahora no podía, porque alguien me había robado el auto estacionado al frente de casa. Así que fui hasta la casa del chapista, y se lo pedí. El auto me lo dieron a mí, le decía. Pero no es tuyo, me decía él, mientras se limpiaba las manos con un trapo sucio. Así que en un descuido del tipo, le saqué el motor al auto, me lo puse bajo el brazo y salí por la puerta, como si nada. Pensaba que de esa manera él tampoco lo iba a aprovechar, o el cliente para el que estaba trabajando.

 

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