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mayo 9, 2012 / Roberto Giaccaglia

Bien rica, bien chébere

¿En qué pensé ayer? En que me parece increíble que se haya muerto el bajista de los Beastie Boys. Cuando despierto por las noches, en medio, digamos, de una de mis habituales pesadillas, casi lo primero que se me viene a la cabeza es que el bajista de los Beastie Boys se murió. Uno tiende a despertarse pensando o bien en problemas o bien en cosas raras, que no pueden pasar. Y se dice: ¿estoy soñando, o es cierto que pasó lo que acaba de venírseme a la cabeza?
No sé cuánto hace que los escucho. Quizá desde siempre, con idas y venidas, eso sí, porque yo era heavy, you know, y los Beastie Boys estaban muy mal vistos dentro la comunidad, así como The Cure, a quienes directamente se despreciaba. Cuando iba a recitales de Hermética, por caso, ni en pedo sacaba a relucir que me gustaban los Beastie Boys, y menos que menos The Cure. Lo “ni en pedo” no es un aforismo o una ilustración: podía emborracharme completamente, pero ni así se me escapaba que me gustaban esos dos grupos. Me hubieran empalado allí mismo con las botellas de cerveza que nos tomábamos. Una vez uno me quiso trompear porque tenía puesto un buzo Adidas, así que…
Vuelvo.
Los descubrí, por decir algo -porque ya eran famosos antes de que supiera de ellos-, en una Popular 1, gran revista musical española, o casi, o que por lo menos por entonces -fines de los ochenta- me parecía tal cosa: la mejor publicación del mundo -título tal vez compartido con Micro Manía. De esas revistas que uno no se cansa de leer una y otra vez, y que después ojea, recordando más o menos cada palabra.
En la Popular 1 escribía un tal César Martín. No sé si la revista sigue saliendo, no sé si el tal César sigue vivo o qué -al menos escribía con la acidez del que se va a morir mañana-, pero recuerdo con cariño esas lecturas. César era un crítico jodido, de él son las primeras críticas que llegaron a mis manos y que parecían firmadas por alguien, las otras eran puro blah, blah, nada de compromiso, pero César se tomaba su trabajo en serio, le importaba, y lo hacía desde dos secciones que si no me equivoco eran las del correo y otra más, donde firmaba una columna sobre gente extraña. O sea, no sé si era concretamente un “crítico”, si evaluaba o puntuaba discos, pero estoy seguro de que se las arreglaba para hablar de ellos en alguna parte. Tenía un par de virtudes extrañas: le importaban un carajo los lectores y tenía sentido del humor. Además de eso, sabía de lo que hablaba. Creo que empecé a escuchar a The Cult por él, ahora que me acuerdo. Y capaz que no esté arrepentido.
Y bueno, a lo que iba: uno de los números de Popular 1 -las compraba de saldo, por ahí, con meses y meses de atraso-, venía con un especial sobre esta banda tan pero tan extraña, los Beastie Boys. Algo de ellos me atrajo, con cierta vergüenza, porque hay que decir que se vestían raro, y para colmo usaban el pelo corto, pero como parece que coqueteaban con el hardcore… bueno, tan tan lejos de mis gustos no parecían estar después de todo. Si bien la revista decía que eran medio gilipollas, recomendaba escucharlos y que uno sacara sus propias conclusiones.
Escuché License to Ill al poco tiempo, y la verdad me decepcionó: no parecía haber nada para mí en ese disco, a pesar de canciones como “Fight for Your Right” o “No Sleep Till Brooklyn”, pero es cierto que yo era un cabeza dura. Después sacaron Paul’s Boutique, y me lo perdí; cosa extraña, porque hay quienes no dejan de asegurar que es el mejor disco de su carrera. En fin. El encanto vino un par de años después, con Check Your Head, uno de los discos que más he escuchado en mi vida -bueno, en realidad que más escuché en el año que salió y tal vez el siguiente. Vivía solo por entonces, y estaba todo el tiempo dándome manija con Check Your Head, tratando de averiguar por qué me entusiasmaba tanto, siendo que yo venía de Maiden, Metallica, Megadeteh y dale que va.
La tapa de Check Your Head tuvo mucho -muchísimo- que ver para que al fin me acercara a los Beastie Boys. Si hubieran puesto otra cosa, y no ellos con las fundas de sus instrumentos, vestidos así nomás, como me vestía yo y como me visto actualmente, sentados en el cordón de la vereda, esperando nada o descansando, no lo hubiera comprado. ¡Lo que me habría perdido! En la primera canción samplean a Jimi Hendrix. Ahí ya se me habían ido los prejuicios al carajo.
Es un disco sanguíneo, y por momentos impresionante, ruidoso, emotivo, y técnicamente perfecto, y no porque toquen jazz en algunos pasajes. Honestamente creo que si no como mejor disco musicalmente hablando, sí debería pasar a la historia por su sonido, que es magistral.
De más está decir que cuando salió Ill Communication lo compré casi temblando, extasiado con lo que me iba a encontrar. No me desilucionó, como sí lo hizo, en cambio, Hello Nasty, un disco en el que parecieron abandonar lo que me había cautivado de ellos en los dos discos anteriores. Resultaba que ahora el trío de rock que sabía tocar sus instrumentos era suplantado por unas máquinas y unos ritmos latinos poco convincentes. Ahora parecían, más que antes, más, incluso, que en su primer disco, practicar la comedia. Por momentos me hacían acordar a Frank Zappa, al menos a un Zappa poco inspirado, con ganas de hacer reír y tocar música al mismo tiempo, sin que ninguna de las dos cosas terminara de salirle.
Así que los dejé por un tiempo. En concreto, no llegué a enterarme de lo que fueron sacando. No fue mucho, de cualquier manera, y por otro lado estaba convencido de que no podían hacer nada mejor que Check Your Head y Ill Communication, a los que regresaba una y otra vez, un poco triste de que el grupo, para mí, se hubiera terminado. Actualmente, que ya no vivo solo, son de los pocos discos que puedo escuchar en casa sin que me tiren la bronca -incluso mi mujer y mi hija tararean un par de sus canciones.
Después no sé si pensé mucho en otra cosa. El resto del día quiero decir.

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