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mayo 11, 2012 / Roberto Giaccaglia

Pequeña digresión en el normal desarrollo de este diario

La Cheeba Education

Aquel sueño de Homero Simpson, cabalgando una bomba arrojada desde un avión, mientras canta vaya uno a saber qué -una canción de vaqueros, seguramente-, dirigiéndose a un fogón en torno al cual unos cuantos hippies cantan canciones y rasgan una guitarra, volvió a figurárseme ayer en toda su plenitud, mientras contemplaba con los nervios que me quedaban sanos cómo el hijo de una chica hippie -pequeño, unos tres o cuatro años- daba vuelta el negocio, y la madre, impávida, seguía buscando libros, como si nada. El chico, pelo largo, cara con mocos, tierra, vestido con ropas que le quedaban grandes, los zapatitos embarrados, volteaba libros de los estantes, los pisaba, desarmaba rompecabezas, sacaba muñecos y los tiraba por ahí, pintaba el piso con un crayón, gritaba, estornudaba, y a mí me salían herpes mientras la madre -veinteañera, muy colorida, feliz, despreocupada, hippie chick en suma, bien vestida, con cartera tejida- hacía como si él no estuviera ahí, sino en su casa, tal vez, ajeno a todo, acostadito en su cama, tapadito con sábanas, soñando con angelitos y sin romper o ensuciar nada.

Ya han venido varios clientes así, y vienen con cada vez más frecuencia. Cada uno trae a sus hijos en condiciones similares -de suciedad-, y todos se comportan más o menos igual.

Pareciera ser que la “idea” de crianza de esta gente es dejar que el chico se “conecte” con la tierra y el aire -pero no con el agua… y esperemos que tampoco con el fuego. Esta “conexión” implica fundamentalmente dejarlo hacer; es decir, que el crío ande a sus anchas, no ponerle límites, no señalarle nada, no guiarlo, a fin de cuentas no educarlo -según ellos, el niño “comprende” el mundo por sí solo, a través del movimiento. Si el niño cree necesario echar a perder cosas -ajenas-, pues bien, hay que dejarlo, porque se está “expresando”, y de no permitirlo -por ejemplo, si uno impidiera que rompiera tal o cual cosa- se le estaría cortando las alas. Por ello, mientras más sucia e inquieta sea la criatura, más natural será, más pura, más espiritual si cabe. Pero la naturaleza, como diría Horacio Quiroga, no tiene piedad. Así que esos niños “naturales” que tanto les gustan a los hippies y a los cultores de educaciones alternativas (los waldorf parents, por ejemplo), son en realidad pequeñas bestias, salvajitos, potros indomados que, para su desgracia, no van a vivir en el futuro en una pradera mascando hierba y conversando con duendes, sino en el mundo real, este, el que necesita de seres más o menos civilizados, y de algunos que hasta se bañen y tengan ciertos modales.

Esta gente acostumbra a decir que la educación tradicional está en crisis. Lo he escuchado cientos de veces en el negocio. Mientras sus hijos andan volteando cosas por ahí, me aseguran eso, que la educación tradicional está en crisis, y me piden un libro de antroposofía. O sea, mientras su hijo va camino “hacia la libertad”, rompiéndolo todo, ellos preguntan lo más campantes por libros para entenderlo y dejar de juzgar sus acciones, las cuales, dicho sea de paso, nunca son malas.

Ven como una garantía inexcusable de su calidad como personas no sólo que no respeten normas -al tener una comprensión más allá de la habitual, se cren en un nivel tal que lo que no está permitido o está mal visto para cualquiera, es posible y aceptable para ellos-, o carezcan de modales -lo dicho: la ética que emplean obedece a su propio arbitrio-, sino que no usen computadoras y aprendan a leer tarde. Repito, todo esto es para ellos “respetar” el normal desarrollo de la criatura. Básicamente, esperan que el niño sea niño todo el tiempo que sea necesario, porque para ser adulto y comportarse como tal hay tiempo, lo cual no es una idea del todo mala, o mala en sí, pero lo triste es que para llevar adelante esta idea le permiten al niño hacer lo que a éste se le antoje -como si tal cosa garantizara de alguna manera un desarrollo pleno, felicidad, dicha. La imagen del niño para ellos es la de un mocoso sucio e indisciplinado, un poco bruto y algo alocado, que use los libros como proyectiles y no para aprender cosas. Esto constituye un niño “normal”.

En cuanto a eso de que la “educación tradicional está en crisis”, lo afirman con la seguridad no del fanático, sino del converso -o sea la del hijo de esa generación hippie que ya babea o delira sobre lo que no fue-, que es peor. Le tienen inquina al Estado, lo ven como enemigo, porque según ellos éste teme que las nuevas propuestas de enseñanza sigan proliferando hasta desbancar a las otras, las supuestamente perimidas. Su “idea” de lo que debería ser la educación es una mezcla entre Paulo Freire y Don Juan, el maestro de Carlos Castaneda, y por supuesto del esoterista Rudolf Steiner, una especie de gurú que entre otras lindezas consideraba a las “ciencias espirituales” como superiores a las naturales; “razón” de más para garantizar que ciertas etnias o razas humanas son mejores que otras, al ser “más espirituales”.

En realidad, lo preocupante no es que la educación tradicional “esté en crisis”, sino que para salir de ella se intentan medidas que tienen más que ver con “ideas alternativas” que lo que los propios impulsores de esas ideas creen. O sea, estas ideas alternativas obedecen a principios bastante parecidos a los que defienden los hippie chick que dejan a sus hijos a la buena de dios, sucios, con los mocos colgando, las manos grasientas y sin orientación alguna: la llamada “filosofía de la libertad”, una idea que no es ni filosófica -la inspiración de su fundador fue de carácter místico- ni mucho menos libre -en la pedagogía waldorf, por ejemplo, a nadie le está permitido cuestionar al gurú Rudolf Steiner, o “avanzar” sobre sus ideas, siquiera para mejorarlas.

Desde hace rato que la escuela viene incorporando taras por el estilo, para supuestamente adecuar contenidos y formas de educar al mundo actual, a fin de poder “competir” con la televisión, Internet, los juegos en red y los celulares. Hay que captar la atención de los chicos de alguna manera, y lo hacen intentando confundir a la escuela con lo que pueden encontrar en otro lado: liviandad, fuga hacia delante, despreocupación.

Va a ser difícil.

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