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mayo 13, 2012 / Roberto Giaccaglia

Contraseñas

Como la última entrada de este blog fue todo menos amable, trataré en lo posible de relajarme, aunque sea un poco. No es que me arrepienta de lo escrito, aunque hay veces que debería, por las opiniones poco caballerosas que uno llega a verter, sino que, simplemente, hace mucho mal andar enojado. Los problemas acerca de la escritura pueden prescindir de los arrebatos. Hay gente muy tranquila que escribe muy mal, incluso gente feliz que escribe muy mal, e incluso gente con buenas intenciones que escribe peor. Por lo que no es esa la razón principal que me llama a esta calma, sino más bien la salud. Si uno se larga a perorar sobre tal o cual cuestión -la educación en manos de personas que salen a buscar duendes por las noches, por ejemplo, caso de la última entrada de Crítica creación- se da manija mientras escribe, cada palabra es un impulso violento más, otro nervio que se enciende, y al final el corazón se desboca un poco, con los riesgos que eso implica. Tiempo atrás, cuando eran mis alergias lo que más me molestaba, no dejaba de pensar que sería alguna afección pulmonar lo que terminara conmigo. Pero ahora, que las alergias han cedido lugar a otras dolencias, pienso que serán más bien los nervios, o el corazón, a fin de cuentas, lo que en determinado momento diga basta, esto es todo. Por ello, cada vez que me salta algún fusible, no puedo dejar de pensar que es una nueva herida en mi ya de por sí magullado sistema nervioso. Al enojarse demasiado, o estar preocupado, o sentir, en suma, que nada sale bien, se resiente y mucho la salud: se ejerce tal presión en el cuerpo, que éste termina doliendo. Por lo general es la cabeza, o el pecho, o el estómago, lo que antes que ninguna otra parte avisan de que algo no anda del todo bien, y que poco tiene que ver -intuimos- con alguna enfermedad, o virus o bacterias o comida en mal estado. Somos nosotros. O el entorno, que nos ataca. A pesar de la cantidad de libros de autoayuda que estoy revisando o que por lo menos revisé parcialmente en estos días, no creo que pueda acusárseme de esoterismo alguno. Sencillamente, porque las pruebas están a la vista, o no a la vista, ejem, sino dentro de uno. Basta con recordar cómo se ha sentido nuestro cuerpo durante o después de una crisis nerviosa, y cómo se siente durante o después de una buena noticia, o alguna otra clase de felicidad. No somos meramente “lo que comemos”, como se acostumbra a decir, sino también “lo que sentimos”. Estar enojado, en fin, hace mal, daña. Y de más está decir que estar a gusto con el mundo -o por lo menos con un grado suficiente de satisfacción-, ayuda a lo contrario: una salud más fortalecida.
Una señora que suele ir al negocio, que practica meditación, etc., una buena señora, quiero decir, con sus taras, como cualquiera, pero que al menos gasta mucho dinero en sus nietos, y que se demora lo suyo en elegirles buenos libros o juegos, justamente ayer nos habló acerca de cierta experiencia reciente. Al negocio, como tengo dicho, suele ir gente que vaya uno a saber por qué se explaya -apuesto- más que en cualquier otro sitio sobre temas por lo menos difíciles de tratar con desconocidos o parcialmente conocidos, como somos nosotros con respecto a la inmensa mayoría de las personas que nos visitan. Ya comenté en otro lado cómo una mujer estaba convencida de que la hija se había llevado un duende a la casa, y que me habló una hora sobre el asunto, aclarando luego que esto no lo contaba a nadie porque temía que la trataran de loca. En fin… Será que, a pesar de lo que pueda parecer a simple vista -al menos en mi caso- sabemos escuchar o lucimos al menos como interesados, con el tiempo suficiente digamos. Como sea, esta señora de la que hablo nos contó lo siguiente.
A raíz del caño de agua servida que apenas días atrás inundaba de olor la vereda del negocio, y de los negocios cercanos, esta mujer recordó que hacía poco le había aparecido a ella también un problema similar en su vivienda. De pronto, brotaba agua del piso, de la tierra quiero decir, porque su problema estaba en el patio. Un caño se había roto, o quizá las napas habían subido. La cuestión es que antes de indagar para ver de dónde salía el agua, la mujer llevó un tarro con esa agua a analizar. El bioquímico que recibió la muestra le dijo que no se hiciera ilusiones con respecto a la pureza del agua en cuestión, porque seguramente se trataba de agua contaminada, proveniente de los pozos ciegos del barrio, que no cuenta con servicio de cloacas, y que debido a los años y a la mala atención estaban rebosando por todas partes. Al subir las napas, le dijo el bioquímico, la parte líquida -el agua, sí- de los desechos del baño o de los lavaderos, ya no se filtra dentro de la tierra, sino que se escapa, sube, se pone a la vista y corre. El señor sabía de los problemas que habían aparecido últimamente en la zona. Pero la mujer le dijo, muy tranquila, que no podía ser que estuviera contaminada, puesto que allí donde había empezado a aflorar el agua, es un lugar que ella usa para meditar. El tipo, recordó ella, disimuló una sonrisa y dijo que le dejara el agua, que ya le avisaría del grado de contaminación que tenía.
Esta mujer había leído poco tiempo atrás sobre el trabajo de Masaru Emoto, un japonés que según él capta los humores del agua con una cámara de fotos y un microscópico. El agua, al parecer, recibe las emociones humanas circundantes, y lo manifiesta en los cristales de su interior al ser congelada. Sus experimentos son sencillos: Masaru coloca agua en recipientes, cada uno de los cuales luego son expuestos a emociones diferentes, provenientes de personas diferentes o bien de las mismas personas bajo estados de ánimo distintos. Luego, congela los recipientes, para después tomar fotografías de los cristales de cada una de las muestras. La estética, por así decir, de las muestras difieren entre sí: lucen formas retorcidas en aquellas que fueron expuestas a sentimientos negativos, y armoniosas en aquellas que fueron expuestas a sensaciones agradables.
Yo no leí sobre el tema, sino que lo vi en el documental ¿Y tú qué sabes?
Bien.
Convencida de lo leído, la señora reflexionó sobre el hecho de que al estar nosotros conformados por agua en la mayor parte de nuestro cuerpo, lo que pensamos y, es más, lo que piensan lo demás, o lo que nos dicen, o lo que nos hacen, no puede menos que tener un efecto directo en nuestra salud o bienestar: la enorme porción líquida que somos “capta” pues las emociones, y según la cualidad de éstas reaccionará el agua que nos conforma, provocando cambios físicos acordes. Si recibimos “malas ondas”, nos enfermamos; si recibimos “buenas”, lo contrario: nos curamos, y hasta es posible que nos pongamos lindos.
Cuando la señora volvió a buscar la muestra de agua, el bioquímico le dijo muy serio y hasta arrepentido de su sonrisa de días atrás, que el nivel de pureza del agua analizada era tal que se la podía beber allí mismo.
No sé si lo hizo.

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