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mayo 15, 2012 / Roberto Giaccaglia

El hit del verano

Tendría que escribir con mayor frecuencia, al menos si quiero que esto se parezca más o menos a un diario, que de eso se trata llevar un registro de los días, los fracasos y las cosas que se hacen para no sufrirlos, pero últimamente llego cansado del negocio -para colmo mi salud se ha resentido un poco en los últimos días, desde el domingo por lo menos-, o me pongo a ver Homeland, una serie yanqui que pinta bien, sobre un tipo -soldado, marine, francotirador- que vuelve de Irak medio loco o algo, después de haberse pasado unos años preso en un agujero.
Ayer me puse a leer La gravedad del silencio, el último libro de Claudio Fantini, un título horrible con una tapa espantosa. Seguramente desde la editorial no esperan vender libros por el arte de sus diseñadores gráficos -si así fuera, serían unos ilusos bárbaros o estarían completamente ciegos, porque la tapa, la verdad, da ganas de leer otra cosa. Sobre el libro: unas ochenta páginas leídas, poco más, poco menos. Por ahora, lo único que puedo decir es que Fantini ha visto mucha televisión y que no le ha gustado. Eso es todo. Se queja de la pobreza del periodismo argentino -aún del crítico u opositor-, y de la pobreza de los medios en general, a quienes ve básicamente como idiotas útiles, repartiendo baratijas para entretener a la plebe, mientras el poder político hace estragos -no nombra a Tinelli, por pudor, como no nombra a casi nadie, pero todo el tiempo sabemos de quién está hablando… o más o menos. Por supuesto, también critica al discurso oficial, el bendito “relato”, y a quienes le hacen la corte -aportando más que ideas chicanas a la causa-, sobre todo a los intelectuales orgánicos -¡tampoco nombra a ninguno!-, de los que tristemente se ha llenado, como todo el mundo sabe. Pero eso es todo. Nada nuevo. Es, hasta ahora, un resumen de la bronca que puede sentir cualquiera que sienta asco por cosas como 678, la revista Veintitrés o porquerías por el estilo -ninguna de las cuales aparece por el momento mencionada en forma directa en las páginas, como si el autor temiera o bien quedar mal con alguien o fuera por demás caballeroso. O sea, la de Fantini es una bronca bien expresada, en vez de putear cita a filósofos, escritores y toda esa gente que conoce o ha leído, muy pero muy medido en sus expresiones. Sus lecturas le dan argumentos (de altura) para explayarse sobre esto del discurso oficial, sus adláteres y la pobreza intelectual de la enorme mayoría de sus críticos, pero también vuelven poco riesgosas sus palabras, y hasta un poco inocuas.
Bueno, hoy salió el muchacho nuevo de la despensa vieja -que pronto será nueva, porque la están pintando- y, asomándose al negocio, me dijo: Joya el libro de boxeo, eh, no lo puedo soltar. Lo tenía en la mano, lo llevaba a algún lado, a tomar el colectivo, seguro. Y yo le respondí: Lo quería para mí, pero primero los clientes. Y es cierto, lo quería para mí. Pero en fin. Ya conseguiré el de Julio Ernesto Vila, que debe de estar bueno. Este que le vendí es de entrevistas. Están todos ahí. Bueno, no todos. Pero por lo menos Martillo Roldán y Mike Tyson.
Martillo… Nunca me voy a olvidar cuando estuvo así de ganarle a la Cobra de Detroit, Tommy Hearns, y… ¡dejó de pegarle! Yo estaba en el barcito de un hotel, mirando la pelea con mi viejo, porque la pelea nos había agarrado en medio de un viaje. Mi madre no sé dónde estaba, en el casino, a lo mejor, o en la pieza, pobre vieja, haciendo las camas, pero sí me acuerdo de que viendo la pelea con nosotros había un viajante de comercio de Santa Fe, que decía conocer a Martillo… y que le tenía una fe bárbara. En el primer round y el segundo, con mi viejo pensábamos que la Cobra se lo comía crudo a Martillo, que lo despachaba ahí nomás. Roldán fue al piso un par de veces, pero en el tercero le hizo pasar vergüenza al negro, que soportó el round a puro clinch. Lo hizo deslucirse bastante, hay que decir, y tal vez, por qué no, el árbitro de la pelea haya ayudado un poquito a Hearns, lo que engorda un poco más el mito de que a los argentinos nos hacen trampa ahí donde vayamos, porque de otra manera no nos ganan… Pero eso es otro tema, y por lo general no más que una justificación tanguera, de tipo que recuerda cosas que no fueron, llorando, abrazado a un farol, y que en este caso deben de ser totalmente improcedentes. Martillo pegaba duro, pero Hearns aparte de pegada tenía técnica, o viveza, o más recursos, como quiera llamarse a esa capacidad de escapar vivo de los peores momentos. Como sea, el cuarto round de esa pelea es uno de los mejores de la historia. Fue un continuo tome y traiga, intenso. Si así no fuera no recordaría la emoción que sentí en los tres minutos que duró, y la bronca letal que me agarré con Roldán… En los primeros segundos de dicho round, apenas comenzado, Martillo le encajó un gancho de zurda a Hearns que lo dejó tambaleando… ¡y en ese momento dio un paso atrás! En vez de caerle encima con lo que le quedaba -una sola trompada habría bastado, un toquecito siquiera-, ¡dio un paso atrás! ¿Qué hizo? ¿Midió el golpe que no tiró? ¿Se asustó de lo que estaba consiguiendo? Nunca lo sabré, y me revienta. Hearns trastabilló, bajó la guardia, buscó equilibrio con esos brazos de metro y medio que tenía, sonriendo -como sonríen los boxeadores superiores cuando saben que los tocaron bien tocados- dio también un paso atrás y… ¡Martillo no lo alcanzó cuando le tiró nuevamente! Creo que después de caer en la cuenta de lo que había estado a punto de lograr, en esa milésima de segundo que le siguió al momento de su vida, ya había perdido la pelea… Hearns lo noqueó un minuto después con un mazazo de derecha. Fin.

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