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mayo 17, 2012 / Roberto Giaccaglia

Sin ir más lejos

Un cachitín mejor ahora, aunque mal todo el día, y toda la semana: dolor de cabeza, vista borrosa, decaimiento general, poca hambre, cansancio, estómago hinchado, etc. Y seguramente pulsaciones elevadas. Hace desde el domingo, por lo menos, que me siento pésimo. Podría ser la pizza con hongos secos del sábado a la noche, o una acumulación de nervios, o las dos cosas. Como sea, la idea de ir al médico para ver si descubre de qué se trata, me pone peor, así que mejor ni pensarlo. Hay gente a la que no le molesta esperar, van a la clínica y ahí se quedan sentaditos, hojeando revistas viejas, horas, mientras el desgraciado que atiende charla con un visitador médico, hacen planes para un asado, etc., y uno como un boludo ahí esperando a que el profesional se digne a aparecer y diga nuestro apellido, muy sonriente, como si acabáramos de llegar. Prefiero enfermarme, gracias. Eso para no hablar de lo que cobran. O que te cobran por cualquier cosa. ¿Cómo es posible que cobren para firmarte una receta? Esa fue la última vez que fui al médico. O que pisé una clínica, mejor dicho, porque verlo al médico no lo vi. Yo tenía una prepaga -mala como todas, cara e inútil-, y me había quedado sin pastillas para el corazón. Así que hice lo que el médico me había aconsejado: “Acercate a mi secretaria cuando te falte la pastilla, le decís que necesitás tal medicamento, yo te lo firmo y listo, no hace falta que me veas ni esperes. ¿Okey?” Sí, okey las pelotas. Cuando fui, con el papelito en la mano, la secretaria me dijo: “¿Obra social?” Tal, contesté yo. “Bueno, firmame acá la ordencita”. ¿Ordencita? Si el doctor no me va a atender, contesté yo, ¿qué ordencita? A lo que ella, muy suelta de cuerpo, replicó: “Si esto te lo paga tu obra social, ¿de qué te quejás?”. Me quejo de que son unos ladrones, dije yo, ¿cómo va a cobrar el médico por no atenderme? “Siguiente”, dijo ella, y me dejó hablando solo. Así que me volví con mi papelito y sin la receta firmada de mi pastilla. Que revienten, no voy a ser cómplice del choreo generalizado. En realidad, el que va a reventar soy yo, pero en fin, tanto da. Total, mi viejo siempre dice que uno se va cuando le toca la hora.
Continué con el libro de Claudio Fantini. Lo permitió la baja cantidad de clientes, lo que, después de limpiar el piso, ordenar un par de cosas, y baldear la vereda, me dio tiempo suficiente para la lectura -pese al dolor de cabeza (por suerte no se trató de una lectura complicada). Me pregunto seriamente cómo les va a las demás librerías, en estos días comercialmente hablando más bien grises. Hay poca gente en la calle, y los que entran no gastan demasiado.
La nota de color de hoy, como para que mis lecturas de autoayuda y esto de la “visualización” de los objetivos de la que habla el loco de Vadim Zeland, se justifiquen un poco y no sean enteramente tiempo perdido: mientras pasaba el piso del local, vi, porque estaba mal acomodado, un ejemplar de El guardián entre el centeno… Y me dije, sin saber por qué, “hoy lo vendo a este”. No fue la primera venta del día -esa fue “Cuentos de la selva”, de Don Horacio-, pero sí la segunda. Increíble. Esas cosas me asustan un poco, pero bueno, salió así. Entró una madre, de lejos se le notaba que no acostumbra visitar librerías, y me pidió “un libro para un adolescente”. Zas, se fue El guardián entre el centeno. Ni lo dudó la señora.
A Vadim Zeland lo abandoné hace rato, pero debería volver a él. Claudio Fantini mejoró un poco, pero no lo suficiente como para terminar el libro. El tipo se la pasa diciendo obviedades, y la verdad es que aburre un poco. El propio Fantini dice algo parecido de Tomás Abraham. Lo hace sin querer queriendo, porque hablando de Tomás en realidad está hablando de él mismo. ¿Por qué? Porque aclara que hoy en día decir cosas obvias en Argentina es ser valiente, ya que el sentido común es algo que dejó de usarse, y que por ende está mal visto. En un país de fabuladores, o de ciegos a propósito, o de sordos por obsecuencia, hablar de lo que todos sabemos es una rareza. Es una buena táctica elogiar a otro que hace lo mismo que uno.
El problema periodístico de Fantini es diametralmente opuesto al de Lanata, quien, de paso, también dice “obviedades”. Lanata, con su estilo, le habla a una tribuna, a gente que ya viene convencida de antes y que sólo lo escucha para divertirse un poco. Y Fantini, por su parte, no le habla a nadie, aunque diga lo mismo, así de opaco es su estilo, de impersonal. De aburrido, en suma. Lanata podría muy bien trabajar en un vodevil, ser incluso la estrella, el acto principal, pero a Fantini lo relegan su seriedad y la chatura en la que presenta la información. Es el Alan Pauls de los periodistas políticos. Incluso se parecen un poco, esa mirada que tienen, de hombre que busca verdades en el horizonte. A uno le dan ganas de inyectarles un poco de anfetaminas, o algo, o por lo menos de suprimirles el valium, a ver de qué son capaces entonces.

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