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mayo 19, 2012 / Roberto Giaccaglia

Esta diversión no se acaba nunca

Vi What About Bob? Gran película. Siempre me encantó Bill Murray. No tanto Richard Dreyfuss, quien por una razón u otra -extrañas todas, seguramente- siempre me resultó insoportable, aunque sé que es una figura importante para el cine americano. Por supuesto, ya había visto What About Bob? miles de años atrás. En un matiné tal vez, o en alguna tarde de sábado, o quizá de domingo, o en algún viaje en colectivo, vaya a saber, pero es seguro que la vi. De ese o esos primeros encuentros con la película recordaba la insistencia patológica del personaje de Bill Murray y pocas cosas más, como el pez que tiene por mascota, Gill, el cariño que le tiene, etc., y el asunto clave de la película, los miedos irracionales del personaje. Sólo eso… sólo eso y un par de escenas aisladas. No recordaba mucho lo que hacía Richard Dreyfuss, por ejemplo. Y hete aquí que encuentro que el personaje de este actor que soporto a medias se parece bastante a mí, o por lo menos a la imagen que tengo de mí mismo, al menos en los momentos oscuros, esos en los que uno piensa de sí mismo cosas terribles. Richard Dreyfuss hace de psiquiatra de Bob -Bill Murray-, y es un ser despreciable, controlador, detallista y varias cosas más, pero sobre todo controlador y detallista. Como si esperara acotar al mundo en una porción manejable, que le permitiera si no manejar los hilos al menos ver qué está ocurriendo en cada rincón. No parece algo bueno, ni una forma simpática de comportarse. Tal vez por eso -recién ahora me doy cuenta, lo juro- me resulte insoportable Richard Dreyfuss: porque cada vez que lo veo inconscientemente “algo” me está remitiendo a la imagen que tengo de mí mismo. Y un espejo casi siempre para nosotros los feos es algo difícil de contemplar.
En fin, las revelaciones soplan donde quieren: después de rezar toda la tarde en la iglesia, en medio de una borrachera infernal o ante una película ligera y de bajo presupuesto.
Bien.
Hoy leí algo acerca de que uno de los fundadores de Twitter vendió, cuando el sitio no valía nada y no lo usaba ni el loro, las acciones que le correspondían por absurdos siete mil dólares, para luego enterarse de que el sitio pasaba a valer algo así como diez mil millones de la misma moneda, en poco tiempo. En fin, pensé, hay gente que tiene más problemas que uno. Pero no, fue una joda. Parece que el tipo vive de lo más feliz y despreocupado. Algo muy similar -y salvando las distancias- había leído tiempo atrás sobre el fundador o el tipo detrás de la idea de Taringa!, el sitio argentino donde se comparten archivos, ideas, noticias, chimentos, etc. Prácticamente lo regaló, y el sitio pasó a ser -también en poco tiempo- uno de los más visitados no ya del país, sino del planeta, con lo que supongo costará lo suyo ahora. Recuerdo pues una frase simpática del tipo este: decía que no estaba arrepentido de haberse desprendido del sitio, porque uno mira a los actuales dueños y se da cuenta de que no duermen bien: tienen ojeras. Fabuloso. A lo mejor son dueños de un negocio millonario, pero no lo pueden disfrutar. No sé si es tan así, o del todo así, pero a mí me parece que el desprendimiento que mostraba el tipo detrás de la idea de Taringa! dejaba ver también cierta placidez que ciertamente no se nota en los dueños actuales, probablemente más interesados en hacer plata que en otra cosa. Como por ejemplo, algo original o algo único, un producto que no viene a satisfacer una demanda, sino a crear una necesidad. Hay que ser un genio para eso, y por supuesto la satisfacción de haberlo conseguido vale más que los posibles millones de pesos o dólares que se ganarían en consecuencia. El dinero, los negocios, demandan mucho de uno, y lo que devuelven en recompensa es muy poco. Sólo la creación vale la pena -¿será por eso que Lanata se la pasa fundando medios (inventándolos de la nada casi, de ahí su genio) para después venderlos? ¿Por aburrimiento? ¿Porque se da cuenta de que lo que generan ya no va a satisfacerlo?
César Aira, un escritor que tiene más ideas de las que quiere contarnos, lo explica a su manera en uno de sus cientos de libros. No es que hable del dinero o de los negocios allí, sino de otra cosa. Digamos mejor entonces que lo que hace es hablar de otra cosa, sí, pero que a mí me sirve para por lo menos explicarme el problema, porque para hablar de eso que quiere hablar él utiliza una ley económica, y esta ley en cuestión nos habla de este asunto tan complicado: cómo funciona psicológicamente el dinero, por qué cuanto más tenemos más queremos y menos conformes estamos. Ahí está, tan loco no estoy.
Bueno, retomando: Aira en realidad viene hablando de los avances de la ciencia, y para ello usa la ley de “los rendimientos decrecientes”. Quiere decir que se van ir obteniendo menos beneficios a medida que se agreguen nuevas cantidades del resto de los factores implicados, por mayores que aquellas resulten. Aira, que es más vivo que yo, utiliza para ilustrar la cuestión un resorte: nos dice: Cuando se suelta un resorte, éste rebota a gran altura en el primer golpe, luego cae y la altura que retoma es menor, y así hasta que deja de elevarse y se detiene por completo. Por eso dice que el avance de la ciencia es cada vez menor comparado con el del primer descubrimiento, que provocó un abismo.
Para mí, esto del “rendimiento decreciente” tiene que ver con la satisfacción experimentada. Pongamos por caso: Vivo sin auto hasta los treinta años, hasta que consigo comprarme un Fiat 147 usado. El salto de no tener nada, y caminar hasta el trabajo o tomar el colectivo todos los días, a pasar a manejar un autito y vivir más relajado y sin apuro es enorme. Cuando después pase a un Fiat Uno, el salto va a ser menor. Y así, incluso si algún día llego a manejar un Mercedez. ¿Qué importa? Nunca va a ser tan significativa la “nueva” experiencia como la “vieja” de no tener a nada a manejar un Fiat 147 que me lleve a todos lados. Comparada con esta, la “satisfacción” de pasar de cualquier auto a un Mercedez es mínima, no significa nada. Así es con la mayoría de las cosas, y sobre todo en las que está metido el dinero en el medio.
Un tipo se mató no hace mucho porque había abierto un restaurante que no tuvo el éxito que esperaba. La cuestión es que este no era su primer emprendimiento, sino que era dueño de otros tantos restaurantes, bares, etc. Seguramente los primeros pesos que ganó con su primera creación, tal vez un bar de mala muerte, le llenaron más de satisfacción o dicha que los miles que estaba ganando ahora. El problema fue que -ahora- estaba invirtiendo demasiado de sí (no sólo monetariamente hablando, que es lo de menos) para obtener en cambio un premio que -ahora también- no podía ser suficiente.
Tengo que seguir indagando en el tema.

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