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mayo 28, 2012 / Roberto Giaccaglia

Cuentos completos

Gracias a que pertenezco a un foro de música (en inglés), he conocido a mi nuevo grupo favorito: Die Antwoord. No sé mucho de ellos, a no ser que son sudafricanos, un trío, que uno de los integrantes es una chica (con un feo corte de pelo) y que sus videoclips son tenebrosos. En la onda de Aphex Twin, digamos, a quien dicho sea de paso probablemente hayan escuchado bastante. La música de este trío es bastante más llevadera que la del loco británico, eso sí, sirve al menos para mover los pies -no siempre, a veces da un ligero dolor de cabeza- y uno hasta se aprende enseguida los estribillos. Son frikys con vocación pop, a la manera de un Marilyn Manson, vamos a decir, cuya extrañeza nunca llegó al extremo de espantar lo suficiente como para que no lo pasaran en MTV. Este riesgo, que los pasen en MTV, no lo corren los Die Antwoord -nacidos en otra era-, sobre todo porque la cadena de videos ya no es eso, sino una cadena de realitys estúpidos sobre las estúpidas vidas de jóvenes estúpidos (para espectadores ídem). Tal vez, en los buenos tiempos -que los hubo- de dicha cadena, Die Antwoord hubiera causado una buena -es decir mala- impresión, algo de lo que en su momento supo gozar y aprovechar para vender Prodigy, que de todos los grupos que vengo nombrando quizá sea el menor y a fin de cuentas el que menos nos ha asustado.
Fácilmente, toda esta gente podría participar en las películas de Harmony Korine, un recolector, como todo mundo sabe, de gente extraña. Y me pregunto, escuchando a Die Antwoord, y me pregunto, como siempre lo hice frente a las películas de Harmony Korine, si toda esta gente es real. Es decir, si no son mera pose, si lo suyo va más allá de la actuación, de la venta indiscriminada de artículos de cotillón que ellos producen y muestran al mismo tiempo que nos meten las manos en los bolsillos.
Si bien campeó en años anteriores la idea de que cualquier historia merece ser contada -cosa que comparto, pero que no veo que haya que llevar al extremo-, con lo cual aparecieron todas juntas montones de novelas y de películas cuyos personajes eran de lo más normales, comunes y corrientes, y hasta aburridísimos -como por caso los estúpidos jóvenes cuyas vidas dejan ver por MTV-, hay que decir que el arte sobre todo habla de gente extraordinaria. Es o fue casi casi su razón de ser. Tiempo atrás, si alguien se ponía a escribir un cuento o a filmar a alguien, éste y aquél debían ser especiales. Exclusivamente. Marginales las más de las veces -porque se trababa de delincuentes, o de locos, o de feos por demás-, y algunas pocas dotados de poderes sobrehumanos -bien porque podían volar, bien porque eran bellos o ricos, “especiales” bah, o valientes-, lo único que hacía que el lector y el espectador se detuvieran a prestar atención era que frente a sus ojos estuviera pasando algo memorable, para bien o para mal, pero que iba a permanecer en sus retinas por lo notable, por lo “distinto”. Quizá estemos volviendo a esto.
Ahora ya no recuerdo si fue Aira o Chejfec quien dijo -en uno de los ensayos o novelas o qué sé yo de todo lo que escribieron-, que el enano lleva consigo la certeza de que al mirar los ojos de quien lo contempla en la calle sabe lo que dirá esa persona cuando vuelva a su casa: “Hoy vi un enano”.
Y es cierto. Aunque para decir qué es “raro” y qué no debamos definir primero lo que es “raro”, a fin de que nadie se ofenda, o decir si acaso que lo raro no es malo -malo de por sí, quiero decir-, hay por lo menos cierta innegable condición humana para la sorpresa y el asombro cuando irrumpe lo que escapa a la costumbre -cosa que no voy a ponerme de ninguna manera a definir, y que cada uno tome o se explique como quiera. Pues bien, de esta facultad humana se aprovechan creo yo los videastas de Aphex Twin, de Marilyn Manson, de mi nuevo grupo favorito Die Antwoord, ese “artista” que es Harmony Korine y otros ¿dementes? por el estilo… Dementes, en definitiva, que uno no sabe si son o se hacen… lo que constituye todo el quid de la cuestión.
En el rock, cuya esencia no tiene que ver sólo con la música -como de alguna u otra manera lo comprenden los fans y lo saben los críticos que no escriben sobre ello-, el asunto de qué es real o no, sigue siendo importante. Si uno es “raro” en los videos, tiene que serlo también fuera de ellos.
Yo creo que esto también vale para la escritura. Como dejé dicho en algún lado, me revientan los escritores que se las pasan de malditos escribiendo sobre lo que nunca experimentaron. No digo que haya por lo menos que acuchillar a la mujer, como Norman Mailer, para sacar luego un libro que se llame Los hombres duros no bailan, sí, como Norman Mailer, pero si no se experimentaron alguna vez de una u otra forma la violencia, la locura y la fealdad del mundo, mejor escribir sobre otra cosa.
Para ver gente rara, por supuesto, basta con salir a la calle. Y ellos no están vendiendo nada, ni publicitando producto alguno, artístico o no. (Algunos sí, como los hippies de San Marcos Sierras o de El Bolsón, pero esos no cuentan.) Con eso, con salir a la calle, o con pararse en alguna vereda concurrida, por ejemplo donde se encuentra nuestro negocio, basta y sobra para toparse con cosas realmente extrañas, algunas de las cuales harían palidecer hasta a los integrantes de Die Antwoord. O por lo menos hacer que los persiguieran, para conseguir material con el que inspirarse.
El otro día vimos pasar un indio. No un hindú, o un habitante de la India… sino algo así como un piel roja. Pero no, porque era más blanco que el Geniol, y con barba, además, barba blanca. Llevaba un atuendo similar al de los indios que se ven en las películas de vaqueros, pantalones con flecos y rombos, un chaleco con flecos y rombos, color caqui, y en la frente un par de plumas de colores varios. Cargaba una especie de mochila tejida en la espalda, unas bolsas de supermercado en la mano, iba con la vista en el piso y no le prestaba atención a nada.
Eso para no hablar de la cantidad de gente que vemos hablando sola. Algunos parecen estar explicándose cosas a sí mismos, y otros en cambio discuten con sí mismos, como si el otro que también son ellos no quisiera entrar en razones.
También están los que vienen a contarnos sus experiencias con duendes y los que disfrazan a sus hijos. El otro día entraron dos mellizos -pequeños, cinco o seis años a lo sumo- con sus padres, los padres preguntaron por un libro de mandalas para niños y yo les ofrecí uno de princesas, porque los “niños” en realidad me habían parecido “niñas”. Llevaban el pelo como chicas, y sus ropas también hicieron mucho por confundirme. En fin.
Hablando de gente rara. Ayer veníamos en auto por una ruta. En un cruce, se mete así como así un Ford Falcon. Y una vez en la ruta, el Ford no acelera, sino que se queda casi estacionado, andando apenas, mientras sus ocupantes permanecían más atentos a los arrumacos entre sí que a pisar el acelerador o mirar si no venía un auto detrás, que venía: nosotros. Nuestra velocidad era la habitual de una ruta, no la de andar paseando por un barrio en plan turista, sacando fotos. Por suerte no venía nadie del otro lado, alcancé a disminuir un poco la velocidad, y pasarlos. No sin tocarle bocina y que mi mujer aprovechara, cuando les pasamos al lado, decirle al tipo que manejaba que era un boludo. Con la señal clásica para tal cuestión. Después el auto nos siguió un par de kilómetros, se nos puso al lado, y según parece también nos puteó. La que miraba la reacción de los loquitos estos era mi mujer, yo estaba ocupado en manejar y, claro que sí, apretar el acelerador para perderlos, cosa que al final hicimos.
Bueno, ahí hay raros, marginales, locos y probablemente delincuentes. Aunque puede decirse que la violencia, la estupidez y al fin de cuentas la locura son asuntos de lo más normales hoy en día, y casi la regla, no dejan de sorprender cuando uno se los topa en la calle, en una ruta o donde sea, por caso en los videoclips de un grupo sudafricano recién descubierto.

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